VI Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas II)

Espero un tren, mi Laura

Autor: Carlos Buisán

No es fácil llenar una maleta. Supones que basta con vaciar los cajones y sacar algunas prendas del armario, pero no siempre es así. A veces un simple par de calcetines puede retrasar el proceso como no te imaginas. Los sacas del cajón y ya percibes su resistencia. Intentas echarlos en el fondo de la maleta, pero los malditos se te enredan en las manos como si tuvieran vida propia. Por fin, cuando consigues dejarlos en su sitio y te vuelves a coger otra cosa, escuchas detrás de ti una vocecilla que te hace estremecer. Ah -piensas-, no callarán esos calcetines. Imagina que tal proceso se repitiera además con las camisas, con los pantalones, con alguna corbata malévola que se te tirara al cuello. Necesitarías una tarde entera para una simple maleta. No es fácil, no.

Dicen que la culpa puede producir efectos increíbles. Cuanto más te afanas por pasar página, más se afana ella por volver atrás. No es que mis calcetines hablaran cuando los dejé en la maleta y me volví, hablaba la culpa. Laura nos compró para ti, no tienes derecho a alejarnos de ella.

Algo así decían los bribones. La mitad de los objetos que metí en la maleta pronunciaron frases semejantes, casi siempre con desprecio. ¿Adónde te crees que vas? -me dijo el libro de poemas que me regalaste en marzo-. Sin su luz plateada nunca encontrarás tu sombra.

Necesitaba terminar con esta tortura, aunque supiera que nadie en el mundo iba a comprender a qué tortura me estaba refiriendo. Tortura tu nombre pronunciado a todas horas, escrito en el vaho de los espejos, deletreado una y mil veces con la tenacidad del niño que aprende a hablar. Tortura el olor de piel que se mete dentro de los huesos y allí germina. Tortura tu risa afilada, los gestos de tus manos, la blancura cerámica de tus pequeños pies. Y para tal despliegue de crueldad, una única víctima obediente y devota hasta ayer mismo, cuando se miró al espejo y supo que aquel rostro que observaba ya no era suyo, ni suya era su vida de buen esclavo. De ahí a la maleta sólo hubo un paso.

Necesitaba encontrarme, ¿lo entiendes?

Cuando leas esta carta estaré lejos. Aún no se dónde exactamente, pero seguro que en algún lugar lleno de ruidos, de olores, de gestos infinitos que me distraigan. Siento la necesidad de salir a la calle y mezclarme con la gente, quiero entrar en las tiendas a coger y dejar cosas para que mis manos recobren el tacto de las viejas texturas. No centrarme en nada, no excluir nada ni sentir preferencia alguna. Una gran ciudad, por supuesto. Con largas avenidas llenas de curiosos y mendigos, de parejas con niños, de vendedores de objetos inútiles cuyo precio preguntaré por el simple placer de no recordar ninguno. ¿Lo entiendes?

Creo que no. Hasta es posible que, en lugar de hacer comprensible mi acto, esta carta multiplique la perplejidad que empezaste a sentir ayer al llegar a casa y no encontrarme. Recorriste las habitaciones buscándome y llegaste a nuestro dormitorio con los cajones abiertos, sin maleta, sin el libro de poemas en mi mesita de noche. Seguro que pusiste un nombre a aquella escena, y que no fuiste capaz de comprenderla. Por eso escribo estas líneas: para ayudar a tu perplejidad a transformarse en odio. El odio es bueno, créeme. Te da una perspectiva brutal.

Yo deseo todas las perspectivas para, dentro de algún tiempo, poder recobrar la que me pertenece. No me la quitaste tú, eso sería simplificar demasiado, pero de alguna manera provocaste que saliera el esclavo que todos llevamos dentro. Una pastilla y tendrá el paraíso. ¡Cuántos seres humanos firmarían ese contrato! Sin demasiadas dudas, sin más dolor que el roce de las argollas uncidas a los pies. El paraíso a cambio de unos gramos de orgullo: parece un trueque difícil de rehusar. Yo no pude, ni quise, y tal vez ahora me daría cien capones diarios de habérseme ocurrido semejante estupidez. Quién sabe, hasta sería aún más esclavo de tu nombre de lo que llegué a serlo en realidad. Laura…, Laura… Me hubiera vuelto loco de melancolía.

El cambio fue sencillo. Yo nunca he sido gran cosa, un sillar más en el gran edificio del mundo. Me levantaba, iba a trabajar, comía…en fin. Mi única excelencia era juntar palabras y apilar versos con cierto sentido. Cinco o seis poemillas al año, no muchos más. Por eso no tuve que renunciar a casi nada -eso creí hasta ayer mismo- a cambio de mi propio paraíso. De sillar numerado a clave de un arco infinito que eras tú. De poeta sin musa a esclavo en el edén. Como respirar, así de fácil.

Tres años de naufragio voluntario en esa isla con la que todos los hombres sueñan alguna vez. Y ahora, de repente, me voy corriendo a la playa, ato unos troncos de palmera y me hago a la mar con mis calcetines parlantes y esta cara barbuda que no soy capaz de reconocer. Un barco, un puerto, una gaviota solitaria con una rama de olivo en el pico. Es para matarme, ¿verdad?

Y por si fuera poco, te quise con toda mi alma, y te quiero aún, y creo que te querré siempre con una cara o con otra. Ódiame, pequeña. Desprecia al hombre-sillar que prefiere la rutina de las cosas y sus tres o cuatro poemillas anuales. Escupe a quien con tanta dedicación subiste al cielo y ahora se escabulle por la puerta trasera hacia cualquier gomorra de vendedores ambulantes. Llámame loco, payaso, desagradecido… pero no te olvides de comprenderme un instante aunque sólo sea por los viejos tiempos. A los esclavos que huyen siempre hay que apoyarlos un poco, aunque su señor sea rico y bello y justo y les haya tratado como a príncipes. Hay algo decente en su rebelión. Y si me amaste y me sigues amando sentada en la cama con esta carta sobre las piernas, niña, déjame huir también dentro de tu memoria.

Espero un tren. Ha sido una noche muy larga y ahora, con la tímida luz de la mañana, llega la hora de partir. Tengo miedo y la culpa me muerde los huesos. Cada segundo que pasa siento la tentación de desandar el camino y volver a casa de rodillas. Laura te espera -murmuran los calcetines dentro de la maleta-. Ve, tonto, ella sabrá perdonarte. Cada segundo que niego soy un poco más fuerte, un poco más sordo en realidad. Supongo que en dos o tres meses sólo escucharé un runrún de fondo en el barullo de gestos y olores de esa gran ciudad a la que marcho. En dos o tres años, volveré a ser ese sordo perfecto que siempre fui antes de conocerte. Un sillar más en el gran edificio del mundo.

Espero un tren, mi Laura.

Carta finalista de la VI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Azul

Autor: Paula Coll Lapido

Antes del dieciocho de octubre, justo tres meses después de que te marcharas, mi vida se reducía a trabajar, comer y dormir. De vez en cuando me encontraba con algún libro tuyo en sitios tan raros como el armario del papel higiénico, o un CD metido en la carpeta de las facturas. Entonces cerraba los ojos para no mirarlo y lo guardaba en una caja con los demás.

A veces no podía evitar pasarme la tarde dándole vueltas a una frase de alguna novela que dejaste a medias, preguntándome si habría sido la última que leíste o la primera que dejaste sin leer. Así que acababa regresando a la caja y leyendo la página, el capítulo, el libro entero. También me quedé sin saber por qué no tirabas tu vieja pluma estilográfica, siempre te dejaba los dedos manchados de tinta. Justo como los tengo yo ahora mientras te escribo, Natalia. Pero entonces llegó el dieciocho de octubre.

¿Te acuerdas de aquel espantoso jarrón rojo que nos regaló tu tía Mónica cuando nos casamos? El día que lo desenvolvimos estábamos sentados en el suelo del salón. No le encontrábamos sitio. En la cocina se daba de bofetadas con los muebles y en el dormitorio parecía una mancha de sangre encima de la cómoda blanca. Hicimos el amor sobre el plástico de burbujas del envoltorio. Te dejó el cuerpo lleno de marcas redondas que yo luego quise eliminar con besos y mordiscos. El jarrón se nos olvidó en el último sitio en que lo dejamos.

Todavía está allí, encima del aparador, pero ahora es azul. Es lo que quería decirte, Natalia. El jarrón se ha vuelto azul. Sigue siendo feo, pero destaca menos. Lo vi cuando me senté a cenar, el dieciocho de octubre. Es de un azul tirando a eléctrico, como las plumas de un guacamayo, como el fondo de un cuadro de la época azul de Picasso, como aquellos vaqueros que compraste en Londres y que hacían que todo el mundo se volviese para mirarte cuando los llevabas puestos.

El día veinte fui a la cocina a desayunar. Tenía el pan de molde en la mano cuando me di cuenta de que el tostador amarillo se había vuelto azul. Igual que las toallas de aquel hotelito rural donde fuimos a pasar nuestro primer fin de semana juntos. Me acordé de la vergüenza que nos dio vernos desnudos el uno frente al otro por primera vez y de cómo crujía la cama, tanto que acabamos tirando el colchón al suelo. En la calle nevaba y nosotros echábamos vaho por la boca. Queríamos dibujar aros como los que fuman en pipa pero no lo conseguíamos.

No era el mismo frío que sentí en la cocina esa mañana mientras miraba el tostador azul. No se le parecía. Pero había dormido muy poco y pensé que lo del jarrón me había obsesionado. Guardé el tostador en una alacena y me fui sin desayunar. En el trabajo me olvidé del azul en medio de trajes grises, corbatas rojas y mesas de madera lacadas en negro.

Ahora tengo que saltar al tres de noviembre. Me había acostumbrado al jarrón y el tostador seguía guardado a buen recaudo. Ese día me dormí viendo una película japonesa subtitulada, no recuerdo el título. Cuando me desperté, el reloj del vídeo marcaba las dos y media con sus números rojos. El único ruido era el de la televisión y el del camión de basura que rondaba el barrio. Decidí irme a la cama. Tal vez, si no se me hubiera ocurrido encender la luz del dormitorio, no habría pasado nada. Habría metido la cabeza entre el colchón y la almohada y habría imaginado que dormías conmigo. El día siguiente me habría devuelto a tu taza de desayunar vacía y sucia en el fregadero, a la última lavadora que pusiste y que todavía no he sido capaz de planchar. Pero encendí la luz y vi que el edredón de rayas se había vuelto azul, una mezcla entre túnica de virgen de Murillo y mar tropical.

Fui corriendo al baño. Vomité y después me lavé la cara. Me miré en el espejo. Seguía siendo yo, con mi pelo castaño lleno de canas, mis ojos marrones y mis tres lunares en la frente. Nada de otro color. Si hubieras sido tú quien me mirase en lugar del espejo, quizá me habrías encontrado más delgado, más ojeroso, y yo te habría dicho que estabas igual de guapa que siempre. Te habría hecho cosquillas en la tripa hasta hacerte reír y te habría dicho lo bien que hueles, Natalia. Que olías.

No quería volver al dormitorio. Cerré los ojos y caminé a tientas por el pasillo. Al rozar el gotelé de la pared me vino a la cabeza aquel guante de masaje con el que me frotabas la espalda cuando nos duchábamos juntos. Sigue en el baño, al lado de tu champú con olor a limón. Llegué al dormitorio y apagué la luz de un manotazo. Me metí en la cama y me tapé, pero no conseguí dejar de temblar. Parecía que ahora el edredón abrigase menos que antes. Recordé aquel enorme pijama de franela verde y marrón que compraste en un mercadillo y que me excitaba más que cualquier conjunto de encaje, solo porque lo llevabas tú.

Durante casi dos semanas, ningún otro objeto se volvió azul. Los que ya lo eran siguieron siéndolo y yo hice lo que pude por no mirarlos demasiado. Compré galletas para no tener que tostar pan. Pensé en empezar a ir a correr de nuevo y en ordenar la casa. Llegué a sacar tu ropa del armario y a amontonarla sobre la cama. Sí, sobre el edredón azul. Estaba allí aquel vestido de Nochevieja que se te enganchaba con cualquier cosa hasta que se rompió y tuvimos que irnos a casa corriendo para no montar un strip-tease. Y tus veinte camisetas, todas iguales, cada una de un color. La naranja, la última que compraste, aún tenía la etiqueta del precio. Lo dejé todo sobre la cama, un poco porque tapaba el azul del edredón y otro poco porque olía a ti. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien como esas noches que pasé debajo de tu ropa.

Pero un viernes por la tarde volví a casa y descubrí que todas las alfombras se habían vuelto azules. El felpudo de la puerta, la grande y peluda del salón, la alfombrilla del baño. Todas azules. La del salón parecía un nido de anémonas. Me senté sobre ella y acaricié los flecos con la mano. La compramos en color crema porque no había otra en la tienda, porque ninguna pegaba con el sofá naranja, porque tu madre se había empeñado en que lo elegante eran los colores pastel, no me acuerdo. Ahora ya no me preocupa nada, ahora todo combina.

Hoy es dieciocho de diciembre. Recuerdo pocos detalles de las últimas semanas, salvo que, cada vez que regresaba del trabajo, algo más se había vuelto azul. Un día las cortinas, al siguiente mi ropa interior y no hace mucho tu taza de desayuno, que sigue en el fregadero. Hasta los posos del café han tomado un tono índigo. Esta tarde he visto cómo poco a poco las paredes iban cediendo el crudo que elegimos cuando pintamos la casa y se volvían azul cielo.

El reloj del vídeo marca las once y cuarenta y dos con sus números azules. Estoy escribiéndote esta carta con tu vieja pluma de la universidad, aunque tú nunca me dejabas usarla, decías que estaba hecha a tu mano. Es de lo poco que queda que era azul cuando tú todavía estabas aquí, Natalia. El resto -el jarrón, la tostadora, la colcha, las paredes, la bañera, los libros, las alfombras-, es todo falso, teñido. Como mis dedos manchados de tinta. En las fotos de la boda tu vestido ha pasado del blanco al turquesa y a través de los cristales de las ventanas veo un mundo que parece el fondo del océano.

Esta noche me tumbaré en la cama, apagaré la luz y me quedaré mirando a la oscuridad hasta que me venza el sueño. Intentaré acordarme de tu pelo rubio y de tus ojos castaños. Pensaré en la última vez que te vi, en aquella blusa de flores que llevabas, en los lunares rojizos de tu espalda. Recordaré el olor a mandarina de tu perfume que quedó en el aire mientras te alejabas en busca del autobús y el sabor a fresa ácida de tu brillo de labios, que me dio ganas de perseguirte para robarte otro beso.

Mañana lavaré tu taza del desayuno y me haré unas tostadas. Luego guardaré esta carta en una caja con tu ropa, que ya no huele a nada, las fotos, el jarrón y la pluma. Casi no le queda tinta. Después iré a comprar pintura. En el catálogo hay un bonito color rojo inglés. Creo que quedará bien en las paredes.

Carta finalista de la VI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Hikaru

Autor: María Jesús Silva García

Mi querido amigo: Hikaru ha muerto. Alguien lo dijo esta mañana a la salida de misa. Cuando empezaron a tocar las campanas, con esos golpes sordos, como de gong. La anciana japonesa que nunca logró pronunciar la “r”, nos dejó de madrugada, cerró su puerta a la vida.

¿Te acuerdas cuándo llegó al pueblo? Teníamos quince años. La vimos bajar del coche, parecía una princesa fuera de su palacio. Su kimono de seda negro, con ramilletes de grosella roja, me pareció el vestido más bonito que nunca había visto. Don Ramón, el maestro de la escuela de secundaría, al cual tú odiabas, se había casado con Hikaru en el país del sol naciente. Donde tú querías vivir. Recuerdo verla pasear por el camino de San Benito, con su sombrilla abierta llena de pájaros de colores entre cerezos blancos. Llevaba el moño adornado con pequeños elefantes de jade. ¿Recuerdas su cara? Estaba siempre muy blanca por los polvos de arroz. Se inclinaba al saludar en forma de pequeña reverencia. Dejaba escapar una sonrisa en la que no se veían los dientes y sus ojos rasgados casi llegaban a cerrarse.

Hikaru se hizo nuestra amiga. Íbamos a dar clases extras, de lenguaje, con Don Ramón y al final siempre nos quedábamos un rato más. Creo que estabas enamorado de ella. Nunca me lo dijiste, pero lo sabía. Me di cuenta una tarde cuando te pillé expiándola. Mirabas cómo se peinaba. El espejo reflejaba su imagen. Observabas como se recogía el baigani* y se lo sujetaba con el kogai*. Tus ojos, al mirarla, tenían luz. Confieso que tuve celos. Yo te quería a ti. Sí. Como se quiere a los quince años, con un nudo en el estómago y sensación de vértigo permanente cada vez que estabas junto a mí.

Nos enseñó a preparar el té. Hoy lo sigo preparando igual. ¿Recuerdas la ceremonia? Sólo la hacíamos alguna vez. Podía durar cuatro horas. Era todo un ritual. Como una danza en la cual las manos, las miradas y las palabras están estudiadas para actuar en el momento justo. Era la ceremonia de la convivencia, nos acercábamos unos a otros.

Nos poníamos un Kimono dorado que nos regaló y nos sentábamos sobre los talones para tomar el té caliente y oloroso. Ella recitaba las palabras sagradas en japonés y el agua entraba y salía de una jarra a otra. Añoraba su país. Cuando nos relataba historias de su vida allí los ojos se le velaban de lágrimas que no llegaban a caer, se quedaban escondidas entre sus párpados. Cuando he oído la noticia he corrido a escribirte. Algo de cuento de geisas termina con ella.

“Mi nomble, quiele decil cielo en vuestlo idioma,” nos dijo una tarde mientras nos enseñaba palabras en japonés. He encontrado la lata en la que guardó los vasos del té cuando te fuiste. La tenía en su armario, envuelta en el kimono con el que la vimos la primera vez. Al abrirla se ha desprendido un olor a vainilla y a rosa que quedó colgado en mi memoria para siempre. En la lata también estaba la pulsera de juncos que hiciste para ella. La piedra negra que encontramos una tarde en el río y le regalaste. Los dibujos que le hicimos una vez por su cumpleaños. El trocito de pelo que nos corto cuando le dijiste que te marchabas del pueblo y lo colocó junto a otro suyo para simbolizar que siempre estaríamos juntos. Y una bolsa de peladillas, sin abrir, que le trajimos de aquella excursión. Al fondo, doblada por cuatro partes, estaba la carta que le escribiste cuando llegaste a Japón. Lloramos juntas durante mucho tiempo. Supongo que yo te añoraba a ti y ella añoraba el país al que tu ahora pertenecías. Todavía me produce angustia ese recuerdo. También aparece el libro de haikus que Hikaru nos leía en japonés. Aquellas palabras que aprendí de memoria.

Sin mi viaje
y sin la primavera
Me abría perdido este amanecer
(Shiki)

Nos leía estos pequeños poemas con los ojos ausentes y lejanos. Las ilustraciones de flor de loto, de lunas y montañas han perdido el color. Al final su corazón dolorido y rezagado volvía a nosotros.

Ahora tendrán que recoger los farolillos de papel rojo que han quedado colgados del porche de su casa. Y en primavera, los cerezos del jardín volverán a florecer, y parecerán cubiertos de nieve recién caída.

Me ha llamado el alcalde, Manuel, y me ha dicho que está todo dispuesto para devolverla a su país. Lo había dejado escrito nuestro viejo profesor. Tanto la quería. Siempre supo que sentía una gran nostalgia por los suyos, pero se quedó con él. Será enterrada a la sombra del Fuji Yama, entre Oriente y Occidente, como siempre vivió.

Espero que esta carta llegue a tiempo para que puedas ir a recibirla y acompañarla en el último tramo del viaje. Se ha ido, pero siempre permanecerá en nuestras vidas.

Desde que te fuiste
Ya no hay flores en la tierra.
(Soseki)

Como siempre… muchos besos y muy fuertes desde aquí.

Sayonára, Hikaru.

*Baigani: moño

*Kogai: algo parecido a las horquillas, para sujetar el moño.

Carta finalista de la VI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.