VI Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Platónica

Autor: Maite Dono

Algún Lugar 27 de Enero 2007
R.: Te escribo desde la calidez de unas sábanas blanqueadas al rocío tantas veces por mi abuela paterna. A mi lado, justo un poco más arriba, la luna esplendorosa y tópica mirando lo que me dispongo a escribirte. ¿Debería cerrar la cortina?

Soy niña y te amo. Aún te amo. Nadie debería saber esto. Esto se llama secreto.

Aquel bendito día me abrí el labio inferior contra la defensa de un coche. Me llevaron a urgencias. Me cosieron. Al volver a casa, cogí fiebre, y deliraba. Mi familia se acercaba llorando al borde de mi cama. Todos llevaban máscara anti gas y me miraban a través de una reja.

El primer día de sol y bienestar salí al balcón y te vi. Te vi, R.

Amor.

Desde entonces simulé mil y una razones para ir al baño por las noches; para subirme a la taza del váter y mirar tu ventana desde mi ventanuco-naipe. Mi padre abría botellas de Codorníu por las noches al venir de la pescadería; decía que se las merecía después de trabajar todo el día como un esclavo. La excusa perfecta: Un culito de champán, papá, un culito de champán, nada más, de paso voy al baño… Y entonces me subo. Y encendía la luz, y tú encendías la tuya, que era roja, rojísima como el sarampión, como mi amor entero. Y no te llamabas R., te llamabas Helena, sí, Helena con H que es más bonito. Así mi amiga Marisa y yo hablábamos de ti sin que se enterara mi madre.

¡Oh, R., R., sálvame, sálvame! Llévame lejos. Llévame a ver las amapolas a la orilla del tren, o el mar, llévame a ver esto, el mar.

Es esta una historia de medio cuerpo, porque nunca vi tus piernas. No. Nunca las vi. Nuestros balcones de barrotes tapiados para niños suicidas. Nuestro cuerpo a la mitad, truncado. Tapiado. Tapiadísimo. Y mi padre vino un día y dijo: “Que nos vamos.” “¿A dónde? “A otra ciudad, a la comarca de origen, a la tierra madre.” Y como no estabas en aquellos días me marché sin despedirme. Qué triste. ¡Ay, qué cosa triste! La Sava amarilla se tragaba renqueante los mundos de dios. Llegué pálida y sin esperanza: “¡Ay, qué blanquitas estáis no fuisteis nada a la playa!”, decía mi tía por mis hermanas y por mí. Pasaron los años y me conservé en ti. Pensé en acudir a alguno de esos programas chorras que contactan con personas amadas; ya sabes, todo eso. Pero no, qué bochorno.

Tengo cuarenta años. Soy virgen. Aún sigo soñando contigo.

Me he puesto de acuerdo con mi vieja amiga Marisa para que haga llegar esta carta a tu casa familiar. No sé si tendré valor para soportar el trance de que ya no me reconozcas: “Una loca cualquiera”, dirás. Haré un breve retrato para que te hagas una idea de mi hoy en día: Tengo el pelo blanquísimo, hasta la cintura, y una mirada de pozo, hermosa:

“Pareces un hada buena”, esto me lo dijo mi psiquiatra la primera vez que fui. Tengo manos largas, cada vez más si no hallaran el tope de tu cuerpo. Manos grandes, de vieja, en un delgadísimo cuerpo de niña.

Trabajo en un vivero de camelias, azaleas y rododendros preparando los pedidos internacionales, pero en realidad me dedico en cuerpo y alma a la esperanza de este amor.

¡Oh, R., R., sálvame, sálvame!

F. I.

Carta finalista de la VI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Carta a un pez azul

Autor: Mar Rodríguez Coya

Qué extraño se me vuelve hablar otra vez contigo. Ya son 19 años desde que te dejé en aquella playa nuestra de paseos interminables y vomitonas nocturnas. Nunca te sentó bien beber. No he vuelto a escuchar reflexiones tan dolorosas ni a sacar discursos tan febriles y negros de esta cabeza donde siempre se revuelve todo de más.

No sé si ahora sería capaz, perdí el mapa para llegar a ese epicentro cuando me mudé a esta ciudad. Porque no te dije, pero me vine a vivir a Barcelona. Me casé con una de fuera, siempre dijiste que terminaría así. Nunca te creí. Eras más listo que yo pero menos duro, por eso yo sigo vivo y tú no. ¿Quieres oír algo gracioso? He sido feliz.

Tampoco te conté nunca lo que sentí aquella mañana mientras te subían a la ambulancia hinchado y azul como un pez. ¡Qué grandísimo hijo de puta! Yo tenía mis planes esa noche y tú por lo visto los tuyos, pero había tiempo para dar una vuelta. Echaste los restos en aquel último paseo. Ingenioso, socarrón y divertido hasta que me abrazaste. Nunca me habías besado y te disculpaste al separar tu boca de la mía. Te gustaba sorprenderme siempre pero esa vez, solo esa vez, el sorprendido fuiste tú. Me quedé parado ante ti, perdido frente a ese otro mar, cantábrico y rebelde, en aquella playa llena de jóvenes que apuraban la noche del sábado. Asustado frente a mis sentimientos me fui hacia una chica que lanzaba un vaso al agua y la besé.

“¿Ves que no es nada difícil?” Te lo dije riéndome y sin mirarte a los ojos. Con la sorpresa sin réplica de la chica como testigo. También te reíste y en un arranque de audacia impropia de ti me pediste repetir la broma. Eché a correr por la arena. Caí. Estaba húmeda. Se me pegó en las manos. Me entró en la boca y en los ojos. Dolía. Aquellos malditos granos salados dolían. Me levanté con un zapato en cada mano para poder seguir corriendo hacia la Escalerona. El corazón como un reloj que se hubiese vuelto repentinamente loco marcaba un ritmo hacia atrás. Y yo, indómito como nuestro mar, hacia adelante. No sabes lo difícil que fue no mirar atrás. Alcancé la baranda y entré en el paseo marítimo, jodido pero entero. Fue una noche larga, Javier. Terminé en la explanada de la Escuela de Industriales. Gané la carrera de derrapes. Reventé una rueda, Juan, Chechu y los demás me ayudaron a cambiarla. No veas la caras y el abollón del coche. Gané la carrera y el respeto de aquella banda de descerebrados que llamábamos amigos.

Volví a casa de madrugada. Mi madre me esperaba nerviosa en el salón. De pie. Me asusté al mirarla a los ojos. La tuya había telefoneado histérica porque aún no habías aparecido. La tenías acostumbrada a la llamada de media noche desde que estabas en tratamiento. Tengo una nena de siete años, igual que tú es hija única y tardía. Clara, mi mujer, no puede tener más. ¡Cómo te sigo extrañando, cabrón!

Recuerdo que salí corriendo delante de los gritos de mi madre que me persiguieron hasta el portal. Su voz como un huracán arremolinándose en el hueco de la escalera sin lograr alcanzarme. Todos te buscaban ya.

Eran las once y la mañana estaba gris. La lluvia no era limpia ese día. Dejé de correr a la altura de la calle Covadonga. Mientras caminaba hacia la playa, recordé fragmentos sueltos de conversaciones que habíamos tenido. Mira que declararte ateo porque no te encajaba la idea del demonio. Bien que intenté hacerte entender que el demonio no tenía que cuadrar en nada. Que o se creía en él o no se creía, pero cuadrar… por más que te empeñases no cuadraría nunca. Que las cosas de Dios son eso, Fe. Y o la tienes o no. La culpa la tenían aquellos libros de filosofía que te empeñabas en entender. La verdad es que tenías cojones. Si hasta dejó de hablarte aquel profesor chiflado porque le sacaban de quicio tus argumentos que al final del primer trimestre ya era incapaz de rebatir.

Llegué a la zona de Capua sin estar seguro del camino que había seguido. Me dejó helado la corriente que por allí penetra sin miramientos la ciudad. Crucé al paseo y vi las luces de la ambulancia. La policía había acordonado la zona con cintas tricolores atadas alrededor de las farolas. No sé por qué pensé en una inauguración en la que yo fuera el encargado de cortar la cinta. Pero sólo tenía mis manos y un uniformado me detuvo. No se podía pasar hasta que llegase el juez para ordenar el levantamiento del cadáver.

Y al fin te vi. Como si hubieses encallado en la arena después de haber perdido el rumbo. Igual que aquel delfín, ¿recuerdas? Apareció una madrugada y fue primera página en la prensa local. Igual tú diste que hablar. Una parte de que el caso siguiera en boca de todos meses más tarde la tuvo tu apellido, la otra por entero la teatralidad que te empeñaste en ponerle a ese acto final. Extraño los silencios crípticos de aquel juego a dos bandas y excluyente. Pienso que por fin te he perdonado. Será por eso que te escribo. No sé qué es peor, si el peso del rencor o el dolor de la ausencia. La soledad ha vuelto a acorralarme, la misma a la que bautizaste ridículamente para poder burlarte de ella. Tú tan listo y se te escapó que nombrar es permitir que algo ignorado entre a formar parte de uno. El gran pez azul me ha cogido por sorpresa Javier. No sé como sacármelo de dentro.

Carta finalista de la VI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Carta de amor

Autor: María Jesús Baratas del Pozo

Madrid, 1 de noviembre de 2006
Querido Luis: Hace una semana me decidí a abrir la caja de recuerdos de nuestra relación y los papeles que sólo estaban impresos por una cara, empecé a usarlos como papel reciclado.

Hice dos montones. Uno lo dejé en la cesta de mimbre del salón donde antes dormían apiladas las revistas viejas. El otro me lo llevé a la oficina y lo coloqué en una bandeja encima de la cajonera.

Sobre el programa del Réquiem de Verdi que vimos en Praga, tomé algunas notas en la reunión de tráfico de los lunes.

En la servilleta del bar de Malasaña donde nos enrollamos, hice unos dibujos tontos mientras hablaba por teléfono con un proveedor.

Sobre la factura de la casita de Cabo de Gata a la que fuimos en Semana Santa, apunté la lista de la compra.

Detrás de la foto de Carnavales, en la que íbamos disfrazados de Adán y Eva, escribí “Miércoles 15, dentista a las 16:30”.

Sobre el e-mail que me mandaste para darme ánimos cuando murió mi perra, apunté una receta de merluza con salsa de pimientos que descubrí en un programa de la tele.

En el reverso de la entrada del concierto de Madonna, le dejé escrito a la asistenta que, por favor, comprara ella los productos de limpieza.

Detrás del post-it que me dejaste en la puerta del frigorífico con un corazón atravesado por una flecha, tomé nota de los números ganadores de Euromillones. Sobre la carta en la que me decías que no podías vivir sin mí, apunté el teléfono de un chico que conocí en la fiesta de cumpleaños de María.

La montaña de papeles de la oficina se acabó rápido. La de casa va por el mismo camino. No sabes lo bien que me siento después de haber contribuido a la preservación del medio ambiente.

Un beso. Cristina.

Carta finalista de la VI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.