V Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Trazando paralelos

Autor: Alejandra Ulloa Vélez

Ayer, después de que te fuiste, bañé al perro. Sí, al Ross que tú conoces y que un día de cachorro decidió adoptarme como dueña. No fue el baño normal de un sábado sí y uno no, fue distinto porque ¿sabes? yo quería entender, entenderte… No tenía la intención de bañarlo, el futuro no me alcanzaba más allá de tender la cama con sábanas limpias como cada sábado, pero más ayer.

Fue el mismo Ross quien se lo buscó, me disculpo, al llegar con sus patas lodosas a treparse en las sábanas recién desdobladas.

En realidad no fue por eso, habría sido lo mismo si hubiera ensuciado las otras, las que dejamos tú y yo revueltas, las que yo quité y tiré al suelo para lavarlas porque era sábado y porque además…

No fue, te digo, por sus patas lodosas que lo bañé. Fue por la mirada. Los ojos de confianza total con los que me miró, como mira cualquier cachorro a quien lo alimenta.

Fue esa mirada de te quiero la que me hizo pensar ¿sabes? que si no podía entender, al menos quería averiguar qué se sentía. Me di tiempo de prepararlo todo pensando en ti. Abrí el agua en el baño, pues en el jardín llovía ¿sabes? como llovía en mí también y como quería yo hacer llover en el perro.

El palpitar de mi ombligo, que se quedara ahí atorado después de que te pregunté ¿te vas a ir?, se ahogó ligeramente cuando cargué al Ross para llevarlo al baño.

El agua estaba tibia, el jabón listo, la toalla desdoblada, el Ross entregado. Lo metí bajo el agua y lo sentí inmóvil, esperando que yo hiciera todo, como antes había preparado todo.

– ¡Inútil!, le reclamé con impaciencia y lo tomé por debajo del hocico para mojarle la cabeza. Titubee un instante antes de meterla bajo el chorro, ya que recordé que no había puesto tapones en sus orejas para protegerle los oídos.

– Por una vez no te ha de pasar nada, le dije y sumergí su cabeza de golpe bajo el agua.

Y empecé a sentir. Sentí al Ross que no podía moverse y lo dejé bajo el chorro tal vez un poco más de lo necesario. Solo lo suficiente para que estornudara e intentara zafar mi mano. Le sostuve la cabeza con más fuerza al sacarla del agua y sonreí. La violencia del jalón lo hizo gemir.

– Ya, ya, continué hablándole, a los perros hay que bañarlos y ninguno se muere por eso.

Lo enjaboné. Pasé mis manos y mis uñas por su cuerpo mojado con fuerza, casi violencia, menos de la necesaria para lastimarlo y sin embargo empezó a revolverse. No tuve más remedio que tumbarlo de costado. Ross aulló.

– ¡Cállate!, le grité, no vas a quedar ni sordo ni tullido por un regaderazo.

Me sorprendió lo parecida que sonó mi voz a la tuya cuando te impaciento. Me hubiera aplaudido de no haber tenido las manos ocupadas, de tan bien que estaba resultando el baño como lección autodidacta. Realmente empezaba a ver ¿sabes?

Metí de nuevo a Ross bajo el chorro de agua y lo enjuagué con la brusquedad que se merecía. Terminaba de enjuagar una pata trasera cuando me enseñó los dientes y no tuve más remedio que golpearlo. Le di el golpe en el hocico, segura de que no me mordería, sabiendo que no es capaz.

Apagué el agua y pensé en aventarlo al patio. Lo vi mojado, pequeño y lo imaginé viendo llover desde la perrera, secándose al aire. Quise verme tirándole la toalla a un lado con el gesto con el que me dejaste un pañuelo antes de irte. Y me inventé fumando un cigarrillo sobre mis sábanas impecables, las terceras, entendiendo por fin, tal vez…

Pero Ross, encogido por el frío puso apenas su nariz en mi rodilla y me miró, y en lugar de dejarlo tomé la toalla y empecé a secarlo suavecito, parte a parte, mientras él, parte a parte se acurrucaba junto a mi, el golpe olvidado, queriendo quererme, confiado siempre, necesitando tan poco…

Carta finalista de la V Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Onicofagia

Autor: Valeska Pizarro Serrano

Ojalá pudieras ver cómo me sangran los dedos y cuando aprieto cada letra del teclado, un chorrito de sangre salta en mi ropa blanca. Todo comenzó porque me comí un poco las uñas, sólo una parte. Estaba nerviosa, complicada contigo. Me quedó un trozo de pellejo colgando al que no me pude resistir y arranqué de cuajo con los dientes. Así empezó todo. Un dedo, luego otro y otro hasta completar diez. Me comí las uñas enteras hasta no dejar nada. Eso era normal, onicofagia le llaman. De eso sufro.

Las puntas de los dedos estaban rojas y la carne viva, pero ese dolor es soportable, nada comparado con tu abandono, hace ya dos meses desde tu partida cuando te fuiste despidiéndote tiernamente de mí y nunca más volví a saber de tu existencia. Pero no importa. No es nada.

La terneza de las rosadas carnes no era suficiente para detener mi ansiedad de escribirte un mensaje, de solicitar alguna explicación o al menos reclamar el pedazo de amor que me corresponde. Entonces no bastó con mordisquearme. Además tomé una tijera y amputé la punta de los dedos que estaban inservibles. La primera falange fuera, la segunda y me entusiasmé. No podía dejar de mirar mi teclado rojo y mojado chorreando el escritorio, fue el zumbido ese el que me hizo dar cuenta que empezó a llenarse de moscas que chapoteaban sus patas peludas en la sangre y aún así me tentaba a escribirte.

Todavía se notaba un rasgo de mano con atisbos de dedos, una especie de muñón que quería escribir. Tenían fuerza y voluntad propia, casi me obligaban a teclear, a expresarme, a decir, a hablar lo que ya no aguanto callar. Entonces con la boca tomé como pude un machete de la cocina y con él guillotiné en la sección muñecas.

Ahora golpeo el teclado y sí que saltan pequeños trozos ya casi coagulados. Hace ya dos horas que me desangro, lentamente y te escribo, pero no logro recordar lo que quería decirte.

Carta finalista de la V Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Miserias léxicas y amores mudos

Autor: David Burgera Flores

Señores y, cada vez más, pero de poco me sirve, señoras: Harto de amores mudos, me dirijo a ustedes para hacerles saber que tantos años de trabajos, estudios y discusiones no han servido de nada. Al menos en lo que a mí se refiere; no obstante, tras interrogar a amigos y conocidos, la frustración es colectiva, y de ahí nace tanta impotencia y tan malos amores, que podrían explicar por sí solos el porqué de este mundo hostil; pero no es en representación de nadie que les escribo.

Es una cuestión personal, porque después de años de sufrimiento, de tortura, su incapacidad se ha revelado en su grado más extremo.

A pesar de vivir enmudecido y enamorado, algo de cordura me queda, y la empleo en buscar salidas a mi situación. Leo en la prensa que han lanzado ustedes un nuevo diccionario, el Panhispánico, que anuncian como un compendio definitivo. Lo compro, claro, con el deseo de encontrar por fin las palabras que traduzcan al papel el sentimiento que me desborda.

Otras veces me enamoré, e intenté encontrar los términos precisos para contarlo con similar suerte que en la actualidad. A cada intento fallido le sucedió una ruptura sentimental. Es evidente de quién es la culpa: suya. Yo las quise, a algunas aún las recuerdo, pero nunca les pude decir cuánto, ni cómo, ni el grado de felicidad que alcancé a su lado.

En esta ocasión, con B, no me puedo permitir el lujo de que este fracaso se repita. De ahí la compra del dichoso Panhispánico; de ahí esta carta, una vez descubierto el escaso valor de la nueva adquisición a la hora de hallar un vocabulario esclarecedor.

Esta ausencia de verbos y adjetivos, se lo aseguro, no será por falta de inversión.

He gastado como un vividor de rentas.

Compro todos los diccionarios que recomiendan ustedes: todas las reediciones del de la lengua española, el de ortografía, los de gramática (tanto los que anuncian una nueva como otra descriptiva), el primitivo, el lexicográfico, el de refranes y, por supuesto, el de desengaños amorosos. También busqué entre los diccionarios de sinónimos, de antónimos, médico-biológico (fue en mi época mas racionalista), filosóficos e, incluso, a través de un impulso mezquino, en diccionarios económicos.

Nada.

Por eso les escribo, para expresarles mi odio, mi absoluto desprecio hacia su trabajo, que brota con la misma fuerza que el sentimiento, por ahora indescriptible, que me despierta B, una mujer que no se merece estas miserias léxicas. Las mejores palabras de ustedes que encontré para hablar de ella son tan miserables que ni se me pasa por la cabeza decírselas a B. Su trabajo y el de sus predecesores académicos resultan inútiles frente a esta sensación, pero, también, frente a la misma B. El vocabulario que ofrecen es tan avaro, y ella tan rica. Esos diccionarios suyos están tan muertos, y B tan viva, que parece que en sus tomos se habla de un planeta y B viva en otro.

No quiero alargarme más. Es imposible que puedan ustedes comparar su roñosa aportación a mi problema, ya que no conocen a B, por desgracia para ustedes; aunque, eso sí, me gustaría recomendarles que, antes de lanzar un nuevo diccionario, reflexionen ustedes sobre el significado de un proverbio (extraído, obviamente, del Diccionario de Proverbios y Refranes, otra obra consultada sin éxito): con la mentira se puede llegar muy lejos, pero sin esperanza de retorno. A pesar de todo, yo tengo la esperanza de que ustedes, miembros de la Real Academia Española, encuentren palabras verdaderas para describir a B y lo que siento por ella.

Carta finalista de la V Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Yahil

Autor: Lara López Fernández

Yahil, hoy ha sido más duro que de costumbre. Otra vez los bombardeos. No han parado hasta eso de las ocho y media. Ha sido horrible porque ya estábamos todos dormidos, hasta Mustafá, que ya sabes que no duerme, también ha declarado su propia guerra contra el mundo y este niño es tan cabezota como su padre. Y de pronto, debían ser cerca de las cuatro, hemos oído un golpe muy fuerte y he cogido a Maui, que siempre duerme conmigo, pegada a mí y he mirado desde la ventana y me ha parecido que las bombas caían al lado del aeropuerto.

No te preocupes, miré por la ventana, por lo que queda de ella, pero no me asomé, tal y como me enseñaste. Ahora he aprendido a mirar el reflejo del espejo, como me dijiste tantas veces. Lo hago siempre, sobre todo desde que estoy sola con los niños, porque padre lleva tres días sin regresar. Sabes cómo es, no puede quedarse quieto. Quise retenerle pero me aseguró que tenía contactos y que intentaría llegar hasta algún soldado para conseguir algo de comida fresca. Hace días que los niños no prueban otra cosa que mendrugos. Es tan triste ver sus caritas, cada vez más delgadas. Hemos pasado la noche en el sótano, hasta que he creído oír el sonido de una rata y hemos salido de nuevo a la sala. Estaba amaneciendo. Qué curioso… Me ha parecido que Bagdad amanecía en silencio…

Yahil, paso muchas horas recordando los días sin guerra. Queda muy poco de Addamiya, no lo reconocerías. Y a pesar de todo, de día las calles se llenan de gente que va a los mercados, a conseguir algo de comida de los refugios y los hospitales. En Raghiba Jatum, un misil ha destruido la casa de Alí. La casa de Alí. ¿Te acuerdas? Está todo lleno de escombros. No sé, me dicen que en Fallujah ha sido peor, pero no se me ocurre qué puede ser peor que estas montañas de escombros. Miro los escombros y pienso que son lápidas que esconden lo que hemos sido. A veces los niños encuentran algunas cosas, fotografías, juguetes destrozados que intentan reconvertir en otra cosa, aunque casi siempre acaban convertidos en armas imaginarias, en tanques con los que matar soldados. Un hijo de Falud encontró una caja con cuadernos pero no hay con qué escribir en ellos. Aquí nada de nuestro pasado sirve de mucho estos días. Un país sin futuro que tampoco tiene pasado ni presente. Es difícil sentirse vivo cuando lo que te rodea es esto. Cuando pasas las horas deseando volver a escuchar el silencio tanto como saciar el hambre.

Yahil, perdóname, pero ahora mismo lo que de verdad me duele es que no estés aquí, conmigo, aunque sólo fuera durante unos segundos. ¿ Te acuerdas aquella tarde, en casa de Alí? Yo estaba cosiendo y hablando con sus hijas. Llegaste y rozaste mi mejilla con tu mano. Y soñé que siempre sería así. He pasado muchos ratos en esa casa, cosiendo y hablando. Inventando una vida para nuestros hijos. Y cuando pudimos comprar nuestra propia casa, pensé que Alá había escuchado mis plegarias y nos bendecía. Todo eso pensaba mientras recorría las calles que ya no son calles. Mirando montañas de piedras que lo sepultan todo, Yahil.

Esta mañana Bagdad amaneció en silencio. Duró poco, hasta que los niños se despertaron pidiendo algo de agua. Pero en ese silencio recordé, como si fuera un susurro, el peso de tus manos sobre las mías. El roce de tu piel, su calor en mi antebrazo. Y, perdóname, amor, perdóname por nuestros hijos y por esta ciudad que algún día amanecerá en silencio, llena otra vez de luz y vida y esperanza y sueños. Pero esta mañana, Yahil, deseé estar muerta.

Carta finalista de la V Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.