IV Antonio Villalba de cartas de amor (Ganador)

Ángulo muerto

Autor: María de Miguel

Verme con falda y preocuparte era todo uno. Sabías que mostrar las piernas era signo inevitable de mi tristeza y, aunque siempre respetaste mis manías, esos días me abrazabas con tal afán que no había ángulo por el que escurrirse, y así me quedaba dentro, dormida en ti.

Acepto los pantalones por más que cierre los ojos y no logre desterrar tu ausencia. Ayer bombachos, hoy piratas, mañana de pana; acaso la avenencia entre destino y gravedad no sea más que una ilusión; acaso ambas leyes me fuercen a seguir, aunque sea disfrazada.

La araña de la esquina del techo se mueve con parsimonia. Traslado el ángulo muerto de mi campo visual a la esquina del techo, la de la araña.

Me pregunto si el talante con el que amanecen mis días, el que me hace buscarte por los ángulos del techo antes de perderme en la lucidez, es una prolongación de aquel que experimento en los sueños. ¿No serán los minutos los que lo van definiendo? A fin de cuentas, ellos nos dan cuerpo, quién sabe si identidad. Somos una sucesión de minutos, me lo decías cuando te sometían a ese estudio del sueño que te obligaba a visitar el Marañón cada mes. Pasabas la noche con dos cámaras enfilando tus movimientos -nunca diste con su ángulo muerto- y salías con un informe de tus avatares nocturnos: 3 AM sueño REM, 3.20 AM ondas alfa, 5.00 AM agitación y contorsiones, 6.10 AM placidez. Me lo leías con la inocencia del que no se entera. Te hacían dormir con un batín ridículo que apenas te cubría la entrepierna y enseguida naufragabas bajo la manta, movido por el decoro; yo te dejaba en la cama con un beso en la frente y unos cuantos electrodos dándote un aire raro, manipulable; el del corazón, desobediente, insistía en despegarse y necesitaba un refuerzo de esparadrapo para aferrarse a tus latidos. Todo para que tus sueños quedaran traducidos en un alternarse de maremotos y marejadas que dos agujas lerdas reflejaban en un papel satinado, sin sentimiento.

La araña aguanta la respiración. Mueve los ocelos en dirección a otra esquina. Una araña observadora.

A primera hora abrías los ojos y el médico arrancaba la tira que, escupida por el monitor durante la noche, aparecía por las losetas enroscada sobre sí misma. También tú te enroscabas en algunos momentos, lo confirmaba el vídeo, luego te estirabas y parecías más adulto. El registro mostraba una línea de valles y picos en gris; a veces la cordillera se detenía por falta de tinta o de oxígeno, pero enseguida remontaba hasta casi salirse del papel, como si alguien te hubiera recordado que, también dormido, debías respirar. Era yo. La misma que iba a recogerte y te encontraba en la habitación desvistiéndote de aquellos sueños que, reacios a abandonarte, giraban vertiginosamente por tu conciencia. Un caleidoscopio, me decías sonriendo. Entonces te cogía de la mano y nos invadía una intensa sensación de realidad, como si juntos nuestros sueños fueran más lúcidos o nuestra vida un falso despertar, nunca quisimos saberlo. Me confesabas, Sonia, no me siento cómodo cuando me observan los sueños. A ver si voy a estar siendo erótico, petulante o incluso procaz. Te preocupaba especialmente el sueño de las cinco, el de la agitación y las contorsiones. Temías que alguien lejano a nosotros supiera de tus ángulos muertos; jardinera de secretos, me llamabas. Yo callaba porque creía conocer hasta el último de tus ángulos, pero por si acaso te pedía, cuéntame tus sueños, cuéntamelos.

La araña ha decidido cambiar de esquina. Cinco patas en el aire y tres en el techo. Se la está jugando.

¿Mostramos un estado de ánimo cuando soñamos? Sin duda. Amaneciste ovillado sobre la almohada con una sonrisa tremenda y un lapicero en los dedos; era uno de tus viernes de hospital y te encontraron con el electrodo del pecho totalmente despegado y la cinta de papel viajando por el suelo, como muerta. En ese instante, el registro del monitor lucía calma chicha. Una voz en bata blanca me condujo hacia el ángulo del biombo y me contó que el gran latido te había llegado con el sueño de las cinco. El de la agitación y las contorsiones.

La araña no está en su esquina. Para ser araña, arriesgaba demasiado. Me pica el cuello.

No he vuelto a soñar. Me despierto con el ánimo húmedo y los sueños a medio tejer, estériles; acaricio bajo la sábana el cuaderno de imágenes con las que pintabas la noche, tus desvelos fértiles. Me incorporo y conforme las voy repasando -jamás me dibujaste con falda- introduzco el anular por el canutillo y siento, aferrada a tus latidos, que es tu alianza la que me rodea, ese ángulo muerto que ni la más lerda de las agujas fue capaz de descubrir.

Carta ganadora de la IV Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.