IV Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Te regalo un cuento

Autor: Jorge Gonzalvo Díaz

Te regalo un cuento. Podía haber sido un paseo por el parque o una canción a medio hacer. Una carta de amor, un capuccino en tu plaza favorita o un truco de magia sin ensayar apenitas. Pero no. Quería que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que nos echemos de menos. No para que suene el Adaggieto de la quinta de Mahler, ni nada por el estilo.

Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole una narizota, para que lo compartas con tu vecina de escalera o con tu gato. Para que elijas la banda sonora que te apetece que suene de fondo mientras lo lees.

Yo tengo mis canciones para escribirte. Tu las tuyas para leerme.

Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso, o entre las páginas de un libro de Benedetti. Para que cuando te enfades conmigo puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un autobús. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues una copia a quien más te apetezca. Para que envuelvas con él una manzana o para colgarlo en tu pared. Para que le claves alfileres los días en los que me matarías. O para apuntar encima del título el teléfono de tu banco.

Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa non stop, sin conservantes ni colorantes. Aún a riesgo de poder ser acusado de alevosía y nocturnidad, y aunque puedan encontrarse muchos más agravantes.

Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.

Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí mismo mientras me imagino tu cuarto desde lo alto del cielo, antes de lanzarme en picado sobre tu almohada. De kamikazes que se estrellan en tus brazos y que no vuelven a despegar, ni falta que les hace.

Te regalo el kit completo de cariño, el maletín mágico con el que jugabas de niña a maquillar muñecas y cocinar guisos de plastilina mientras yo fabricaba dinamita con el Quimicefa.

Te regalo un cuento indeterminado sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto. Sin moraleja. Y si la tiene, que sólo tú la conozcas.

Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte de las facturas y del telediario. Quererme un poco más que hace cinco minutos y hacérmelo saber, de alguna manera.

Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír y de que salgas corriendo en busca de una diadema bonita para el pelo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de llamarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.

Un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a tus hijos y a los míos, a tus nietos y a mi abuela. A las calles y a los parques.

Te regalo un cuento sin papel de colores ni un “espero que te guste”. Sin aplicar el IVA y sin descuento por pronto pago. Un cuento que habla de ti y de mí, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.

Te regalo este cuento.

Carta finalista de la IV Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Aunque ya no sea asunto mío

Autor: Beatriz Porras Ayala

Hola Edu, te dejo la gata aquí en el hotel, como me dijiste. Acuérdate de preguntarle al veterinario lo de la desparasitación. Pobre, sigue teniendo esos bichitos que, aunque no parecen molestarle, sin duda son síntoma de que algo dentro de su cuerpecito no va del todo bien. Tiene gracia; es exactamente igual que lo que nos pasó a nosotros.

Sólo que nuestros “bichitos” solían ir maquillados y tenían las piernas largas; además de que aparecían sólo cuando yo me iba.

Te dije que te dejaría aquí también la cartilla de sus vacunas, pero la verdad es que no la encuentro. De todas formas no creo que tengas problemas para hacerle una nueva. Por lo demás, noto que “Gildita” está bastante sana y feliz, tan ajena a todo cuanto ocurrió entre nosotros. Mejor, quien hubiera podido ser gato en aquel momento en el que te vi en la calle Arco Agüero con esa chica. La recuerdo, aunque su nombre se me ha olvidado, o quizá nunca le presté atención. Se llamaba Marta o algo parecido. Cuando tu y yo aun estábamos juntos coincidimos un par de veces con ella en casa de tu hermano, y le preguntamos sobre aquella obra de teatro que íbamos a ver. Quien me iba a decir a mi que la tía no sólo se me había adelantado en comprar las entradas para “Medea”, sino también en sacar sus armas para que perdieras la cabeza por ella y robarme mi vida. Fue lista, discreta y paciente, y lo suficientemente astuta como para empezar consiguiendo que cada miércoles te escaparas con ella poniéndome la excusa de que veías poco a tu hermano. Ahora ella duerme en la cama que elegimos para el cuarto, come en los platos cuadrados que te regalé por tu santo y huele la pintura amarilla con la que se me echaron a perder dos camisetas cuando pintábamos la casa. No me dio tiempo a estrenar nada de aquello. Esa chica, como los parásitos de la gata , sólo se hizo notar cuando ya había ocupado todo el organismo ajeno. No la culpo por ello, yo también habría tenido la tentación de robar y ocupar algo así, toda una vida por estrenar: la casa de mis sueños, el hombre de mi vida y mi querida “Gildita”, nuestra pequeña familia.

Acuérdate también de poner en el salón ese cacharro para que la gata se afile las uñas, o si no acabará estropeándote los sillones nuevos. En el mes que ha estado conmigo he sido incapaz de acostumbrarla a que no beba de los vasos que dejamos por ahí, pero tu sigue intentándolo porque, aunque a ti y a mi no nos daba asco, es posible que a esta chica no le resulte demasiado higiénico. Ah!, y si por un casual tu novia es también aficionada a los puzzles de 1000 piezas, adviértele de lo asidua que es “Gildita” a comérselas y perderlas. Dile que mejor los haga en aquel cuarto al lado de la cocina que yo tenía elegido para mi, aquel del que no paraba de hacer bocetos en servilletas de papel para decidir cómo pondría los muebles y los cuadros.

Por lo demás, estoy segura de que poco a poco se adaptarán la una a la otra perfectamente. Es una pena que los gatos no puedan hablar, porque se que también “Gildita” estaría encantada de echarle una mano a su nueva dueña para que no volvieran a colarse parásitos en esa vida que me tomó prestada con tu permiso. Me la imagino así, diciéndole lo importante que es para ti que se deje abrazar durante toda la noche, que nunca te ponga más de dos cucharadas de Cola Cao en la leche, o lo poco que te gustaba encontrar mis macetas de girasoles y zanahorias mezcladas con tus plantas de marihuana. Supongo que esas y muchas otras cosas las ira aprendiendo por si misma.

Dile también a ella que, si no es mucho pedir, deje un hueco junto a su almohada por la noche para que la gata duerma con vosotros. Ya sabes como le gustaba acurrucarse en la cama entre los dos…, quizá tu Marta también lo sabe desde hace más tiempo del que yo imagino.

Nada más Edu. La verdad es que sólo quería recordarte lo del veterinario. No pretendía meterme en lo que ya no es asunto mío, por mucho que lo fuera antes. Cuida de la gata. Os deseo a los tres toda la felicidad del mundo, la que me correspondía a mi.

Carta finalista de la IV Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


De lo que cae para ti

Autor: Fernando del Teso González

Cariño: que resulta que a veces pienso y los pensamientos se me caen. Hoy por ejemplo, uno se me ha caído durante la comida de empresa, cuando el gerente ha dicho que el magret estaba algo seco, y tú lo habrías recogido con el labio de arriba, no el magret, el pensamiento, porque me he relamido y he querido lamerte un poco.

Hemos bebido un Rioja muy majo: el rojo se ha quedado pegado en el cristal no sé si demasiado, y reconozco haber mirado el pecho de la camarera más allá de lo justo y sí, sé que no sabes que con la mirada he intentado colarme entre su blusa, furtivamente. Podrías haber estado ahí pero no estabas.

Que sobre las siete de la tarde cada día bajando las escaleras miro un poco de reojo como disimulando, por si estás esperándome en la acera. En ese momento puede haber alguien de espaldas, pero no eres tú. Esta mañana, qué tontería, saliendo hacia el restaurante he temido encontrarte. No eran ni las dos.

Mi vida: que muy a menudo evito los escaparates de las tiendas o los bares animados a mediodía, cuando la gente bebe algún vino y se ríe ruidosamente, y les envidio, y ahí se me caen y ahí quién entra a recogerlos.

Que se caen, los pensamientos que no recoges, ha pasado hoy. Entre un par de coca-colas, antes de la comida, en el coche, en la copa de licor de hierbas, en un cigarro se ha quemado alguno. Un cocinero ha salido vestido para irse a casa y el director de ventas ha hablado de putas y clientes. Debo haber perdido tres o cuatro ahí, en la mesa vestida de platos cuadrados. Se han empapado de vinagre y mermelada, algunos, las yemas de tus dedos arañando mis uñas, las caídas de pestañas que precedían a guerras enteras, las sonrisas de lujuria que me torturaban. Pensaba, ya en los postres, en peces venenosos, y casi me he entregado. A mi lado la gente no te ama.

Tesoro: que siempre ando en lo mismo. Venga a pensar las cosas y luego se me cae todo, que soy un caso. Que ya ha pasado mucho tiempo. He salido agotado, las cosas que me habré dejado en el comedor. Algún rato paseando detrás de ti, dando vueltas como un loco sólo para verte girar el cuello, qué cuello, mi vida, me habré dejado como un mes mezclado con tus piernas tus caderas tu vientre tu boca tu lengua comiéndote a besos y buscando entrar más adentro y más adentro es imposible pero es que todo se me cae y se me pierde mi hermoso amor.

Todo se me pierde y me duele y me falta porque tú no estás y todo está como roto y todo está manchado y ya no veo nada y la calle se para y a los lados no hay nadie porque ya no me quieres.

Que quisiera que estuvieras, que chocaras con ellos y no se me cayeran, con los pensamientos, sí, con los que se me caen. Tú antes te chocabas estupendamente. Porque ¿para qué son? Para qué dibujar con el dedo en la servilleta o decir: Vaya color raro el cielo. ¿Por qué seguir así, resistiendo, como si la ponzoña de los peces tuviera algo de bueno?

Que a ratos, a cachos, vuelvo a soñar que estás, como hace tanto tiempo. Al salir hoy, el día se había terminado de apagar. Casi me he despedido del resto mientras alguien pasaba la visa de la empresa. Hemos esperado bajo la lluvia y cada cual ha tenido su forma de mojarse. Después ha estado bien. Yo te he soñado y alguien ha dicho que la hija ya le habla, he querido sólo que un día tú esperaras en la escalera y tal vez te has dado la vuelta, y me has tocado, un soplo, una onda. Un pensamiento se ha salvado. He amarrado todo en mi cabeza, los cientos de días sangrando mi cabeza, y me he fijado en las caras de la gente, y me he reído un poco de las hojas que crujen al romperse.

De camino a casa me he lamentado de la poca negrura que desnudan las luces cuando es ya tan de noche, tan tarde.

Amor mío: Que ya no puede ser que se me caigan más, que son tantos días, que es muy duro, terriblemente doloroso, estar como una roca tontamente colgada en un acantilado, sin nadie que recoja la piel que se desgaja, que cae, y que se pierde.

Carta finalista de la IV Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Ni carne ni pescado

Autor: Aster Navas

De sobra sabes, Blanca, que fui engendrado en el coche cama del TALGO Madrid-La Coruña: te he contado cientos de veces, tesoro, que en el instante en que aquel aventajado espermatozoide dribló a sus congéneres y perforó el óvulo, la primera mitad de aquel convoy alcanzaba ya la localidad de Benavente pero su furgón de cola seguía en el término municipal de Revellinos.

Sabes también cómo esa anécdota tan peregrina, ese hecho tan accidental y prosaico, ha marcado mi -nuestra- existencia: darme a escoger entre playa o monte, derecha o izquierda, diesel o gasolina es plantearme una duda existencial irresoluble.

Para mí -compréndelo, cielo- no existen las certezas: vuelvo una y mil veces sobre mis pasos para cerciorarme de haber apagado las luces, de haber cerrado la puerta…

La vida diaria me coloca en un continuo brete. La última vez que bajé al Sabeco tuviste que rescatarme: leche entera o desnatada. No puedo, lo sabes, comer fuera de casa: un menú del día es para mí un jeroglífico irresoluble; tardo siglos en decantarme por la pasta, los macarrones o los garbanzos y para cuando el paciente camarero me trae el plato escogido me asalta la certeza absoluta de haberme equivocado.

Mientras doy cuenta -y aún, amor, no sé debo pedir tinto o rosado- del cocido de garbanzos, el filete ruso, la merluza a la romana y la carne guisada opositan en mi mente a segundo plato.

Renuncio al postre y alcanzo la calle exhausto.

Ayer mismo -date cuenta, cariño- me quedé bloqueado en un andén del metro. A punto estuve de no llegar a la superficie: después de penosas reflexiones opté por las escaleras mecánicas frente a las convencionales. Entré en una cafetería con el ánimo de sofocar tanta incertidumbre con un poco de agua y salí -¿fría o del tiempo?- aún más angustiado.

Mi vida, lo sabes, es un laberinto: no sé qué bifurcación es la acertada; dónde está la salida de este dédalo insufrible.

¿Y aún me pones -“ella o yo; tú decides”- en este brete?

Carta finalista de la IV Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Trozo de amor

Autor: Claudia Reina Antúnez

Una mierda. Una verdadera mierda que te hayas ido así, sin decir nada, sin siquiera una nota. Dónde está la cortesía. Nada te costaba escribirme unas líneas que podrías haber dejado pegadas en la puerta del refrigerador; yo las hubiera leído y te habría insultado, hijo de puta, porque eso es lo que correspondía en un caso así, me habría desahogado, habría lanzado mil maldiciones a la perra que te parió, y ni siquiera pude hacer eso, no me dio tiempo el desconcierto de encontrar los cajones de tu ropa vacíos, los libros desaparecidos, hasta los míos (ahí sí te dediqué un insulto muy sucio), los cuadros, todo.

Quién sabe por qué te fuiste. A lo mejor conociste a otra. A lo mejor estabas harto de mí como yo de ti, pero yo sí te hubiera dejado una nota, al menos para decirte: estoy hasta la madre de ti, el amor ya no me alcanza para perdonar tus conversaciones estúpidas, tus ronquidos que no me dejan dormir, tus gustos cada vez peores en cuanto a libros, conciertos, restaurantes. Habría sido discreta. No mencionaría ciertas cosas, utilizaría palabras que sólo te hirieran superficialmente, por piedad, por respeto, por ese trozo de amor que siempre queda, al menos por un tiempo.

Pero ni siquiera una nota. Tengo que llegar a la casa y no encontrarte, decir mi vida dónde estás mientras voy recorriendo los cuartos creyendo que a lo mejor estás jugando conmigo, como otras veces. Luego darme cuenta de lo que pasa, intuirlo, y comprobarlo al abrir los cajones, al ir al estudio y ver los estantes de los libros vacíos. Y todavía, imbécil, hacerme buscar por toda la casa una nota, pensando que tal vez tuviste un imprevisto inaudito; todavía disculparte ante mí misma para no odiarte cuando era obvio que te largaste.

Una verdadera mierda, amor mío, lo que hiciste. Dejarme sola sin una explicación que suavizara la puñalada que me diste, sabiendo que me aterra pasar la noche sola. Qué te costaba: me voy, no puedo seguir contigo. Eres una bruja, una loca, una histérica; incluso si hubieras escrito eso habría podido perdonarte con el tiempo, hasta te habría dado la razón.

Tan fácil que hubiera sido tenerme un poco de consideración, aunque fuera para que esa noche no la pasara en vela recordándote, bebiendo vaso tras vaso de whisky y tratando de no llorar, porque me daba sentimiento que te hubieras ido así, a hurtadillas, como el hijo de puta que eres y serás siempre, dejándome abandonada con ese trocito de amor que todavía sentía por ti.

Carta finalista de la IV Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.