III Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas II)

He…

Autor: Chelo López González

Mi querido Oso Hormiguero:
He echado mano de las mil y una martingalas para no sentir el vacío que me produce tu ausencia. Te echo tanto de menos que, desde el mismo día que marchaste, (¡hace ya una semana!) no conseguía conciliar el sueño y amanecía malhumorada y con unas ojeras hasta el canesú. Y así noche tras noche.

Hasta que ayer, abotargada de morriña, tuve, a la hora de acostarme, la feliz ocurrencia de escuchar aquella grabación que hice, para demostrarte de una vez por todas que sí, que roncas ¡Y cómo!
Coloqué la grabadora junto al despertador y, oye, mano de santo: he dormido como un bebé recién bañado, tomado el biberón y soltado los dos eructos reglamentarios.
Animada por el éxito obtenido, lo primero que he hecho esta mañana al levantarme ha sido correr al baño a subir la tapa del váter. Lo malo ha estado cuando al utilizarlo he quedado encastrada en la taza.
Ya en la ducha y con la alcachofa a toda presión sobre mi cabeza, he querido comprobar en carne propia lo que sientes cuando olvido conectarte el agua caliente y tenerte preparada la toalla, y… ¡Nena -he chillado mentalmente, imitándote- está puesto el calentador! ¡Nena, dónde tengo la toalla!
Luego: mientras me cepillaba los dientes, he dejado correr el agua del grifo del lavabo a toda potencia; al acabar y como el espejo todavía se mantenía insultantemente limpio, lo he rociado con tu espuma de afeitar y pasando la mano he creando unos arabescos que únicamente tú eres capaz de superar. ¡Qué maravilla! Parecía talmente que quien acabara de utilizar el baño hubieses sido tú.
En el frigorífico he fingido buscar infructuosamente el zumo de naranja.
¡Nena -gañito de nuevo para mis adentros- no encuentro el zumo! He cerrado los ojos durante unos instantes y al abrirlos… ¡Milagro! con sólo estirar la mano allí estaba, en un estante lateral.
Ha sido tal el grado conseguido de transmutación contigo que, cogiendo la directa, me he atrevido a vestirme como lo haces tú cuando no te tengo la ropa preparada. Del armario he ido sacando a tontas y locas lo primero que tocaban mis manos. Y, cuando ataviada como un arco iris beodo me disponía a salir hacía el trabajo, un asomo final de coquetería me ha hecho mirar en el espejo del recibidor. Mira: lo ha salvado su condición de simple objeto; porque si no, se hubiera hecho añicos descuajaringado por la risa ante lo que estaba reflejando: una versión coloreada del Cantinflas de sus primeros tiempos.

Todo esto ha hecho que mi preocupación por ti, pensando cómo iras vestido y qué estarás comiendo ahora que no me tienes a tu lado, aumentara por segundos.
Por eso quiero recordarte una vez más: que los calcetines son para los pies; que los pañuelos para la nariz; que la camisa, el suéter y el pantalón, tienen revés y derecho; que el calzado hay que ponérselo aparejado y que el derecho y el izquierdo tienen que ir en su pie correspondiente.
Asimismo, si te has de preparar tú mismo la comida, ten en cuenta que carne y pescado previamente se han de freír; que a los huevos hay que retirarles la cáscara y que el café, no se hace con cuatro granos en la taza y un chorro de agua hirviendo.
Estas indicaciones me han hecho evocar cuando dices que sin mí vivirías igual que un animalito y, fíjate, que estoy empezando a temer que si eso sucede donde ahora te encuentras, igual te confunden y terminas recibiendo un dardo tranquilizante; y que en lugar de regresar en tu plaza de avión, lo hagas en una jaula

Bromas aparte, continúo explicándote como he hecho transcurrir este nuevo día imitándote, para olvidar que estoy sin ti: en la oficina me he llamado dos veces de mesa a mesa; una para explicarme lo que había comido y otra para avisarme que si llegaba antes no dejara puesta la cadena de la puerta
Al regresar a casa y no encontrarte ha vuelto a ser lo peor.
Menos mal que antes de salir por la mañana, había tenido la previsión de dejar encendida la luz de un par de habitaciones, creando así la ilusión de tu paso por ellas. Después, al igual que haces tú, me he lanzado de cabeza ante el ordenador. Entre navegación y navegación he olvidado casi por completo que no estabas: lo mismo que sucede cuando sí que estás. El ambienta estaba tan conseguido que hasta me he animado a entrar en alguna página guerreras, de esas de las que te apresuras a salir cuando me acerco a decirte algo; pero mis tragaderas no han dado para tanto y he desistido. En contrapartida he estornudado dos veces sobre la pantalla, he tapizado de ceniza el teclado y he dejado diseminados los CDs por todos los muebles del estudio.
No he cenado gran cosa: reconozco que es tu presencia la que me obliga a preparar cena; porque si no lo hago así, no cenarías nunca.
Y ya frente a la tele, la he puesto a todo volumen zapeando como una posesa sin asentar el mando en canal alguno por un tiempo superior a los tres segundos hasta que, más por aburrimiento que por otra cosa lo he dejado definitivamente en uno que no sé lo que daban. Mientras, con una mano y un ojo sostenía y leía el libro que tengo comenzado; y con la otra y el otro hacía otro tanto con el periódico. Para mí misma me iba susurrando todas las incidencias del día, sabiendo que no iba a obtener respuesta alguna; igualito que cuando tú eres el interlocutor y asomas la nariz por encima de la lectura: con la mirada fija, intentado convencerme de que eres todo oídos.
He dejado consumir medio cigarrillo y que la ceniza cayera graciosamente sobre mi pechera para, como un crío cogido en falta, sacudirlo sobre el sofá y lograr convertir tapicería y blusa en dos auténticas cenicientas.
Cuando me he cansado de no ver la tele he decidido que era hora de irse a dormir. Antes he ido al lavabo. ¡Que alegría! Allí estaba el váter con la tapa levantada y la cadena sin tirar. Esta vez he tenido más cuidado a la hora de utilizarlo.
He encendido otro cigarrillo y esperado pacientemente a que, con un poco de suerte, la ceniza terminara quemándome la ropa interior. Y por último, de nuevo he dejado correr el agua del grifo mientras me cepillaba los dientes
Ya tengo a punto la grabadora al lado del despertador y, mientras un amoroso Morfeo comienza a dar suaves toques a mi puerta, he recordado las veces que me preguntas si te quiero.
Bueno…si esto no es amor

Hasta mañana, Chicho.
Que duermas bien y… que no te caigas de la cama, hamaca, o donde diantres quieras que duermas

Tu Chicha

Carta finalista de la III Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Revuelto de verduras

Autor: Beatriz Dacosta Molanes de Cangas

No te olvides de apagar el fuego al acabar de cocinar el plato de verduras y de comértelo caliente, el plato, mi amor, no el fuego. El fuego, ese fuego nuestro, déjalo encendido para después de cenar, así, cuando llegue a las tantas de la madrugada del trabajo, con los pies hinchados y la cara de derrota, como siempre, te procuraré cálido en la cama y mi cuerpo sentirá que nada le falta.

Pero la cena a fuego manso, a ese fuego que, como el nuestro, mezcla todos los sabores hasta que sólo permanecen esencias profundas, y no me vengas con que no te gustan las acelgas, los puerros, los tomates, las cebollas? sólo tienes que prepararlos con cariño aunque sea comida de pobres y de tierra que nos regresa a la lama. Los lavas bien, los troceas, haces un sofrito con aceite de oliva y los vas metiendo poco a poco en la sartén con un vaso de agua, el agua que nos purifica y que nos salva de los naufragios del resto del día, el agua roja de los besos con pan enmohecido que guardo dentro de las noches en las que llego con olor a bar, a tabaco, a copas, a grifos y estruendos de televisión, impregnada de toda esa humedad de la que necesito cobijarme por ser en exceso agresiva. Y después el fuego, ese fuego de desear arder y de liberar la piel en tu piel donde todos los sabores se intensifican. Acuérdate de apagarlo, el otro fuego, digo, quince o veinte minutos después de que hiervan las verduras tristes pero deja la ilusión intacta para cuando yo llegue y me meta aterida a tu lado en la cama. Hoy no querré que me hables de lo difícil que resulta encontrar un nuevo empleo, de esos problemas que desde hace tanto nos trastornan y te gritan en las narices no, no, no, mientras el tiempo, nuestro tiempo se evapora, compañero, como humus vegetal, sin rumbo ni camino. Hoy sólo quisiera el hablar de tus manos callosas y aquellos besos fuertes de antaño, háblame del hombre que te hierve por dentro, del hombre que te nace, como verduras en éxtasis, háblame en silencio, al oido, mi amor, dime, dime que es mentira que la muerte se te apareció en una carretera cualquiera mientras cruzabas, dime que vas a estar cuando yo llegue a casa, que vas a estar, caliente y feliz, esperándome, después de cenar, aún con ese fuego visceral en la mirada.

Carlota H. V.

Carta finalista de la III Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.