III Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Todavía

Autor: Juana Cortés

De cuando en cuando, mientras simulo revisar unos asientos contables armada con mi portaminas, aprovecho para observarte. Elevo los ojos del papel, cruzo los apenas veinticinco metros que nos separan y, si no hay ninguna interferencia visual, ahí te tengo. Estás mirando la pantalla del ordenador y tu perfil es mío durante unos instantes.

Llevas el pelo más largo de lo habitual, empieza a rizarse por la nuca. Hoy no te has afeitado, tu barbilla tiene una ligera sombra e imagino el roce áspero en mis dedos. Llevas una camisa azul clara con rayas blancas, el botón superior abierto, los puños remangados. Giras la cabeza hacia la izquierda y veo tu boca al completo, los labios que se abren, la lengua que se mueve. No puedo resistirlo. Mi estómago da una vuelta de campana y me refugio en las trincheras de la contabilidad.

En este momento finjo trabajar volcando datos contables en un aburrido informe mensual, pero desde hace un rato el informe se ha convertido en una carta, mi amor. Nunca hasta hoy te había espiado. Antes eras un compañero más. Bien es cierto que siempre habíamos congeniado, que solíamos tomar el café juntos, que me gustaba tu sentido del humor, tu ironía y tus ojos grises. Pero eso era hasta ayer, antes de que todo saltara por los aires.

No dejo de pensar en lo sucedido, como si tuviera una cinta rayada en la cabeza que cuando acaba vuelve a saltar al principio. La veo una y otra vez y vivo la repetición con morboso placer. Estamos los dos en la cafetería, apoyados en la barra, yo abro el bolso para sacar la cartera, la pitillera cae al suelo, una señora mayor que pasa junto a nosotros lo ve y te dice: se le ha caído algo a su señora. Y tú le sonríes y le contestas: no es mi señora, todavía. Me agacho a recoger la pitillera pero ya está allí tu mano y la rozo suavemente y la evito sobresaltada, como si hubiera sentido una descarga eléctrica. Me la entregas. Miro tu mano porque no me atrevo a mirarte a los ojos. La guardo mientras hablamos de trivialidades. Sé que estoy colorada. Me sucede siempre que me pongo nerviosa.

Me digo: fue uno de sus comentarios ingeniosos, no tuvo intención alguna, pero tus palabras han tenido un efecto devastador. Hasta que las pronunciaste, yo llevaba una vida convencional, cada paso subordinado a mi rutina de esposa, madre y ama de casa. ¿Quien era yo hace apenas veinticuatro horas?. Un persona dedicaba a su familia; ponía todos los días la lavadora, sacaba por las mañanas a pasear al perro, jugaba al parchís con mis hijos o les ayudaba a hacer los deberes. Una persona un poco abandonada de sí misma, que iba a la peluquería una vez cada dos meses, que se compraba casi toda la ropa en las rebajas, que pensaba que darse un capricho era comprarse un paquete de galletas surtidas… Alguien a quien en su último cumpleaños, al cumplir los cuarenta, le regalaron unas gafas para la vista cansada. Esa era yo. Era consciente de que en el metro, en la calle, nadie me miraba. Había ido perdiendo el color con el tiempo. Era gris.

Sin embargo, desde que utilizaste esa palabra: todavía, el mundo empezó a girar con un brío diferente. El viento empezó a soplar y me soltó el pelo que siempre llevo recogido. El sudor apareció en mis sienes y sentí la humedad en las axilas, sobre el labio, entre los pechos. Esas siete letras han sembrado el desorden, han caído como bombas en mi vida y han destrozado el paisaje diario y monótono de mi pequeña rutina. Aunque me digo que no tuviste intención, mi cuerpo y mi mente se han rebelado. Te imagino, te sueño, te visto, te desnudo, te chupo, te soplo, te añoro, te odio, te quiero, te hecho de menos. Creo que me he enamorado. Y en este arrebato que se sale de la lógica y de la razón me voy pintando a mi misma. Dejo de ser gris. Me visto de arco iris, de amanecer, de puesta de sol. Vuelve a haber colores. Ilusión. Alegría. Esperanza.

Esta mañana me he vestido con mimo. Y me he sonreído después para ver si mis dientes siguen siendo bonitos. Y me he pintado los labios y la raya de los ojos, y los párpados. Y he camino como si flotara, como si fuera más ligera. Y me he sentido bien, guapa y ágil, despierta, inteligente. En el metro, nadie me ha mirado. Pero si alguien lo hubiera hecho habría visto que emano una extraña luz interior. Me he convertido en luciérnaga.

A ratos me digo; eres una ilusa, una tonta. Estás sacando las cosas de quicio. El hizo un broma y tú te vuelves loca y empiezas a hacerte una película. Estás trastornada. Pero qué más da, me digo. En este punto de enajenación casi no importa lo que tú hayas dicho, lo importante es lo que yo siento, lo que me está sucediendo. Es la transformación. La aventura. El vértigo. Estaba muerta y he resucitado. Dios mío, tengo la sensación de haber subido a un rascacielos y mirar hacia abajo. Quizás sólo me quede saltar al vacío, pero lo importante es que estoy aquí arriba.

Me gustaría contarte algo. Sucedió ayer, al volver a casa. Yo estaba un poco seria, más bien silenciosa. No quería hablar con nadie. Quería estar a solas para pensar en ti. Fingí un dolor de cabeza y me fui pronto a la cama. Entonces se acercó mi marido y me preguntó cómo estaba. ¿Te pasa algo? añadió, estás muy rara. Le dije que no pasaba nada, que sólo necesitaba dormir. Entonces él me besó en la mejilla y me dijo: te quiero. Yo también te quiero, le respondí. Pero yo no había acabado mi frase. Mientras él se alejaba y yo observaba su espalda me di cuenta de que una palabra se me había quedado pegada en el paladar. Hice esfuerzos con la lengua pero no conseguía despegarla. Finalmente, con la ayuda del dedo índice pude liberarla. Era un todavía pequeño y pegajoso, débil y flojito que no sabía muy bien de donde había salido. Yo también te quiero, todavía, habían sido mis palabras.

Me tragué esa palabra con textura de plastilina, aún a riesgo de que actuara como una seta venenosa, o tuviera un efecto mágico como las galletas de Alicia en el país de las maravillas. Me la comí, y ahora la llevo conmigo a todas partes. No soy la misma persona, algo está germinando dentro de mi. No sé cómo llamarlo pero sé que es hermoso y que me va a cambiar la vida. Esa palabra chiquita me acerca a ti y vive en mi por ti y para ti. Me gustaría que me tocaras e intentaras sentirla aquí dentro. Se mueve con gran libertad. A ratos se pasea por la cabeza, otros duerme la siesta acurrucada en el corazón, otras me pellizca el estómago juguetona. Mira, ahora la siento aquí, en mi boca, me hace cosquillas, sonrío. Levanto los ojos del teclado y me encuentro con los tuyos.

Todavía es un tiempo indeterminado, una posibilidad, quien sabe si una oportunidad que no dejaré pasar. Por eso, dentro de unos segundos, colgada de tu brazo, avanzaré a tu lado, como una reina, camino de la cafetería.

Soledad Vargas

Carta finalista de la III Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Mi gorda

Autor: Eloy Serrano Barroso

Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la ‘o’ y la ‘a’. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel.

Pero tampoco era eso; como madres prematuras las gordas, tan blanditas, tan de apretujar, de amasar. Me gustaba la carne blanda en el codo de mi madre, pero era mi madre. Las madres sí, las madres mejor gordas.
El Antoñito nos presentó. ¿Pili? Pili no es nombre de gorda, pensé, las íes son flacas. Y el Antoñito, con ojos de sapo, partiéndose de risa para sus adentros, porque sabía que a mí las gordas no me gustaban, qué cabrón. Para ti la gorda para mí la modelo, me decía con los ojos. Y yo esforzándome para que no se me notara en la cara y no ofenderte, porque una cosa es que no me gusten las gordas y otra ser un cabrón como el Antoñito, siempre riéndose de todo el mundo, como si él fuera un Adonis y no el adefesio que es, con sus ojos saltones y la saliva como huevos de insecto en la comisura de los labios.
No, no me gustan las gordas, y tú eres gorda. Aquel primer día salías de la piscina con el pelo húmedo, todavía las gotas cayéndote por la cara redonda, de ensaimada crujiente. No se ha quitado el flotador, recuerdo que pensé al verte, que pensó el niño idiota que hay en mí. Y para colmo, a tu lado una especie de Barbie Morritos, con el cuerpo de plástico y los labios a juego con los pechos, inflados de lujuria los unos, henchidos de soberbia los otros. La bella y la bestia, recuerdo que pensé, que pensó mi niño cruel e infame.
Y nos sentamos los cuatro en la terraza de un bar, y la tarde fue cayendo, y la bella cada vez más aerodinámica, pero menos bella. En cada gesto, en cada palabra se le desprendía la belleza como polvo de estrellas, que iba pasando a ti, iluminando tu cara. Y te reconocí también bella, pero de una belleza inflada, sin facciones. Y entonces me dieron ganas de golpear allí mismo al hijoputa del Antoñito, siempre mirando a las mujeres como a ganado, como a cosas de usar y tirar. Pero era a mí a quien quería golpear, a mí, que a lo peor no era muy distinto de él.
Sí, que no se me notara era lo que yo quería. Sólo mirarte a los ojos, a tus manos de mazapán, para no distraerme en tu cuerpo. Y ocurrió que al terminar la tarde ya me había perdido en la profundidad de tus ojos negros, en la melodía de tu risa flaca, aunque no dejaba de decirme no puede ser, no puede ser, que es gorda, que es gorda, para no enamorarme. Y lo confieso, miraba las rodillas perfectas de la Barbie, sus pechos de almidón, para ver si el instinto me rescataba del amor que ya me iba golpeando.
Pero al llegar la noche, se fueron juntos la Barbie y el Antoñito. Él con gesto burlón, guiñándome un ojo, otra vez como si me dijera ‘para ti la gorda, para mí la modelo’. Y allí nos quedamos los dos, rodeados de gente, pero cada vez más solos, más tú y yo, hasta que se acercó el camarero y nos dijo ‘vamos a cerrar’, porque ya era de madrugada. Y al mirar a nuestro alrededor, descubrimos de golpe las mesas vacías, como si un viento mágico se los hubiera llevado a todos y las horas fueran minutos. Y tú dijiste ‘Ay’. Y yo respondí ‘Uff’, y te acaricié la mano.
A la mañana siguiente te llamé muy temprano, antes de que fueras al trabajo. “Esta noche has entrado en mi sueño”, te dije. Y tú, con esa guasa tan tuya, me preguntaste “¿y he cabido?” Y no sólo no habías cabido, sino que empezabas a llenarlo todo, y el mundo entero parecía que estaba aún por estrenar, para que tú le dieras el significado que antes no tenía. Y esa mañana, mi cocina tuvo un lustre imposible y las magdalenas, ya caducadas, se esponjaron nostálgicas en el café humeante, y en la puerta del ascensor sonreí al estúpido con chándal que tengo por vecino.
Habíamos quedado para la tarde en tu casa. Como te gusta mucho Humphrey Bogart, en el achicharrante mes de agosto me presenté con gabardina, sombrero y un cigarro en la boca. “¿Ha refrescado?”, preguntaste al abrirme la puerta, y no había ironía en tus palabras. Luego, a la media hora descubrías el disfraz y empezabas a reír. Y al Humphrey Bogart de pacotilla le tembló el cigarro en la boca. Eras así, joder, con esos despistes que me desarmaban.
Las paredes las tenías pintadas de verde, de un verde elegante. “Es el color de la esperanza”, me dijiste, un pelín cursi. Y luego me fuiste enseñando la casa, y te fui conociendo a través de los objetos, porque cada uno de ellos contaba algo de ti. Esa manía tuya por los símbolos, por los significados. “Nada en este mundo es casual, todo tiene un porqué”, me aseguraste cuando quise calzar la mesa coja que tenías en el salón. “Ni se te ocurra; es mi mesa cojita, le quitarías su personalidad”. Y no me dio tiempo a replicar, porque ya me estabas desnudando, quizá para descubrir lo que yo significaba. Pero yo tenía miedo de desnudarte a ti, de que tu cuerpo gordo anulara mi deseo, y me dieron ganas de inventar una excusa y salir corriendo. Pero todo era tan natural contigo, que ya estaba besando tus pies gordos, tus rodillas gordas, tu vientre gordo, ¡tus pestañas gordas!, sí, tus pestañas gordas, te dije, y nos reímos. Ah, mi gorda.
Luego vinieron otras tardes, siempre escondidos en tu casa o en la mía, porque a mí me avergonzaba que nos vieran juntos. Tú lo adivinabas, pero no decías nada, quizá confiabas en que tu amor gordo, enorme, acabara por vencerme. “¿Me quieres un poquito?”, preguntabas. “Sí, mujer, cómo no te voy a querer”, te respondía, como si me costaran las palabras. Sólo en el dormitorio, sin el mundo, sin los ojos ajenos, se detenía el tiempo y yo me perdía en tu cuerpo, olvidándome de mí, del cobarde que soy.
En una de mis visitas a tu casa, dejé un cepillo de dientes en el cuarto de baño, y tú, con esa manía por las señales, pensaste que era como poner una bandera en una tierra conquistada, y me abrazaste loca de contenta, pero yo, con los brazos caídos y como un gilipollas, me puse a hacer gárgaras frente al espejo, doblemente gilipollas. Porque no quería ser tu novio de cuerpo entero, sólo caminar de perfil a tu lado en las inevitables salidas, como si no fuera contigo, como si en cualquier momento fuéramos a perder el paso y a desencontrarnos. Hubiera dado la vida por ti, pero no quería pasear contigo de la mano. La gorda y el flaco. Así de imbécil era yo.
Y llegó el día fatal, de cristales rotos sobre el calendario. Llovía. Ahora llueve siempre que te recuerdo, siempre lloviendo en el recuerdo, que es lo único que me queda, todo yo cubierto de nubes grises, la lluvia golpeando las entrañas y tu mirándome como un sol cuajado de sonrisas, en el recuerdo, con tu gorda generosidad, tu gorda simpatía, tu amor gordo. Yo escondido en los soportales de la plaza, el olor a orín de los pilares. Un meón, el cobarde novio de la gorda. Vienes levantando la cabeza, buscándome, y no ves el coche que se salta el semáforo. Se te viene encima y no lo ves. “Te veo a ti aunque no estés”, me decías siempre con tu voz cálida como de pan reciente. No lo ves y el coche te lanza por los aires. Chirrían los frenos, gritos, carreras. Salgo de mi escondrijo. Aspavientos de la gente. Todos con ojos de sapo como el Antoñito. El espectáculo de la muerte. Abran paso, abran paso, suplico, con las piernas temblando, que es mi novia que es mi novia, grito, ¡a buena horas!, que es mi novia. Pero las palabras llegan tarde, descoloridas, lívidas. Estás en el suelo y ya no respiras; se te congeló la sonrisa. Y allí, a tu lado, entre la gente apelmazada, todas las niñas gordas de mi infancia me señalan con el dedo, acusándome. Y ya tarde, demasiado tarde, beso la flor roja que brota de tus labios, los labios de mi gorda, de mi amor, pensé, piensa el hombre triste en que me he convertido.

Ánimal Léctor

Carta finalista de la III Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Ventanas

Autor: María Mercedes Rizzutti

Te escribo para decirte que tengo tus ventanas. No sé cómo sucedió, el hecho es que se vinieron conmigo. Tal vez debí decírtelo antes, pero esta situación me tomó por sorpresa y esperaba poder resolverla con el tiempo. Ahora, viendo que ya pasa más de un año y no consigo resultados, la única alternativa que encuentro es pedirte ayuda (o al menos informarte)

Están acá las dos (me miran mientras te escribo, es muy incómodo!), la de amanecer y la de atardecer.
Las descubrí la primera noche oscura. Asomaron riendo entre luces amarillas y rosadas, con todo y sus macetitas puestas. Abiertas, cerradas, ventosas….cantando. Y de verdad no me explico (vos sabés que yo necesito entender las cosas siempre) cómo pudo suceder. Tanto cuidado que tuvimos en la separación de bienes, tanta ceremonia al devolverte las llaves, tanto dolor vaciando cajones …y se me cuelan nada menos que las ventanas.
No sé. Supongo que se escondieron en mis pulmones, o tal vez las traje en las yemas de los dedos.
En realidad no debería sorprendernos, siempre les gustó seguirme. Pero antes era distinto, mis viajes tenían boleto de vuelta, las tres regresábamos a vos. Entonces su presencia era hermosa, un recuerdo-anticipo de ser dos y uno a un tiempo. Me las llevaba como a tus libros, poblados de vos a lápiz en los márgenes. Trocitos tuyos a cuenta. Como Hansel y Gretell en el mundo del revés, llevando partes nuestras hasta volver a ser una sola mirada..
Esta vez no hay mitades que reunir ni días que tachar. Ya no saco fotos que contarte.
No hay aeropuerto, el lugar de llegada se quemó. Claro que lo sé… creo que tal vez por eso ellas no regresan. Las ventanas son seres muy sensibles, un cambio de temperatura brusco puede herirlas de muerte, y la luz de tu casa cambió tanto….
Aquí parecen a gusto. O sería más justo decir que se han adueñado de mi espacio. Disponen a su antojo cuándo dejarme dormir y el momento de despertar. Traen a tu vecino del segundo piso tocando el piano, a la vieja del tercero que cuelga ropa y a veces hasta dejan entrar sigilosamente a la michi.
Yo sé que no hay maldad en sus intenciones, solo son traviesas. Pero cuando sus juegos terminan inevitablemente me siento vacía, como si no hubiese aire y todo fuera hueco -no sé qué será.

Por eso te escribo. Necesito que me ayudes, por favor. Decime qué puedo hacer.
No es mi culpa si se acostumbraron a dormir conmigo y despertarme con la primera luz. A sostenerme en sus hombros mientras te esperaba fumando. Si nos escapamos al cielo en alguna tarde áspera o servían de tobogán en ascenso cuando el amor era demasiado. Yo no lo busqué.

Están empeñadas en quedarse y con los días colonizan el infinito.
Crecen entre mis plantas nuevas. Cierran mi paso cuando voy a salir de casa. Inventan lluvias que no son.

Están.
No quieren irse .. yo no quiero que se vayan, y ellas lo saben, por eso son dueñas.

Te lo ruego. Por última vez sé vos la fuerza. Interrumpí este tren fantasma
Te espero el martes.
Traé el martillo.

Egretta Thula

Carta finalista de la III Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.