II Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Me he comprado una gata…

Autor: Fernando del Teso

Hola guerrillera, me he comprado una gata. Blanca entera, qué raro. Escribe esta carta conmigo, mientras se revuelve en mi regazo. Está completamente viva, y no me quiere, pero el calor de mi cuerpo le es reconfortante. Hoy hace tanto frío? He puesto la estufa más cerca de mí, junto al ordenador. Aún así los pies se me hielan.

Yo creo que sólo se me calientan para calentar los tuyos. Este bicho que se menea entregándome su ternura me recuerda cuando te hipnotizaba, hablando, y me mirabas con una mal disimulada sonrisa, como dejándote conquistar. Yo me reía y a ti te encantaba. Entonces yo pensaba -no se puede estar más cerca ni tocándote- porque estábamos tan juntos que dolía, y daba miedo. No te lo vas a creer, se ha metido en mi mochila la muy golfa. Debe ser una viajera. Ahora quisiera que tus ojos me miraran como ella, como si acabara de descubrir un planeta. ¿Sabes? No encuentro una referencia ahora, una canción, un día en concreto, ni siquiera un color que cubra tu desnudo. No encuentro nada desde que te fuiste.

Mi cabeza está llena de ti y me duele, no puedo soportar la pena. Todo mi mundo es ahora esta gata blanca que me he comprado, que tampoco me quiere. La casa está llena de ella y ella curiosea, muerde los cables, aún está algo asustada. No hay más ruido que el suyo y la tele, y el frío.

Te echo de menos. Cuando pienso en que serás feliz te echo de menos. Cuando sé que es lo mejor te echo de menos. Malcomiendo, emborrachándome, y cuando hago café, algunas veces me equivoco, algunas veces no he tomado azúcar, tu sólo un poco. Ahora limpio la casa continuamente, incluso hago la cama. Parece como si pusiera flores en una tumba, sé que no te gusto cuando me pongo así. Me estoy curando con el tiempo, tenías razón. Ahora hago planes, tengo mi vida. El otro día estuve aquí con una chica, la besé. Me dan ganas de llorar. Nunca he besado con tanta tristeza. Tal vez un día incluso me enamore, tendré que preguntar si le gustan los gatos. A mí creo que me está dando alergia, ya me lo temía. Como cada día contigo me dolerá cada caricia que le haga, me hará daño. Ahora se ha dormido, de nuevo en mi bolsa azul llena de ropa. Tal vez se acostumbre a mi olor. Ahora firmaría un contrato con esta gata: me comprometería a un amor incondicional. Tal vez me la he comprado sabiendo que no me lo pedirá. Es el atractivo de los gatos. No se quejan nunca, no lloran de dolor. Eso creo. Es el primero que tengo.

Quisiera hacerte el amor aunque fuera pensándote, quisiera enviarte mi abrazo cada día y cerrar los ojos y recorrer tu alma, para encontrar el rastro de la magia que fue. Pero es que esta gata se despierta y muerde cada cosa… quisiera no haberte hecho daño. Haber amado bien, con todo el corazón. Parece que me guardé el cacho roto.

Tengo pastillas para recuperarme aún más rápido. Media para templar un poco.

Una para quererte y resignarme, dos para dormir y no soñar. Pienso que este hermoso animal puede borrar tu nuca y tus labios. Tal vez muera y ya no existan, o serán piezas de otro amor más cuidado. Yo quiero embadurnarme con esta amargura y no dejar que el café vuelva a ser como antes.

Recuerdo más de ti estando así de mal, no quiero ser feliz a costa de perderte. Tal vez pueda acurrucarme en tu regazo, un día frío, cuando llegues a casa y estés triste. Te juro que me será indiferente, solo dejaré que me acaricies, y no haré sino arañar tu ropa con desgana. Te amaré sólo disimuladamente, mi amor no pesará ni un gramo.

Este bicho es en verdad maravilloso. Ahora ha encontrado postura encima de mí. Tu nunca lo hiciste. Tal vez hubiera sido diferente. No la he tratado con especial cuidado.

No he pasado la noche midiendo el peso de mi brazo sobre su cuerpo. Ni he contenido la respiración para dejar inmaculado el aire a su alrededor. Tal vez duerme sin temor a una deuda de cariño, con el descaro de su infame belleza no entregada, libre como yo te hubiera amado más aún.

Sabes que esta casa está lejos de todo. Ahora todo está lejos de ella. Por un momento hay paz y no siento tu ausencia. Te noto aquí más que nunca. En la habitación, dormida o enfadada porque no te he seguido. Ahora voy, mi hermoso amor. Me lavo los dientes y voy. Hoy te contaré una historia hasta que duermas. Ya voy, no seas pesada. Un besito. Aquí. Otro besito. No pasa nada, mi vida, solo es un sueño. Mañana te traeré el desayuno, mañana es sábado. No tienes mala cara, en serio, estás preciosa, estás radiante, como siempre. Te quiero muchísimo, guerrillera, tesoro, te quiero.

Nugal Imerjofen

Carta finalista de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


La infección de tu nombre

Autor: Manu Ramos

Paola, mi cura.

Ya no sé qué nueva excusa poner para volver a verte. Tarik, ya sabes, mi compañero, me mira como si estuviera loco al escribir esta carta. ?Escribes para nada? me dice ?se va a reír de ti, macho?. Yo sé que no lo harás, que alguien que trata como tú a gente como nosotros no se ríe de los sinceros, no se ríe.

Tampoco te reíste la primera vez que nos vimos. Me había llevado un buen golpe en la cadera jugando al basket en el patio, el animal barracudo del Chanco me empujó cuando ya estaba en el aire, a punto de encestar, y caí de lado, como un avión incendiado de una película de guerra. El cuidador me llevó a la enfermería corriendo, la sangre se veía escandalosamente a través de mi pantaloneta azul claro. Me senté en una camilla muy alta, esperando al doctor Pascal mientras me miraba la rozadura, y cuando se abrió la puerta entraste tú. Llevabas la bata blanca abierta, ondeando como la capa de una superheroína, y unos pantalones negros ajustados en torno a tus muslos (tan ajustados que les comenté en broma a algunos compañeros que se podía leer la fecha de las monedas que llevabas en el bolsillo). Me sonreíste un poquito, nerviosa, al darme los buenos días. ¿El doctor Pascal? te pregunté yo a lo crudo, nervioso también, aunque aparentando dureza (ya sabes, no lo podemos evitar). Se ha jubilado, a partir de hoy os atenderé yo, tosiste, soy la doctora Guillén; Paola Guillén. Y me diste la mano, pequeña, delicada y caliente como un hámster recién nacido. Entonces me fijé en tu rostro y les sonreí a tus ojos negros. Aún sonreía cuando hiciste que me tumbara de lado en la camilla, te pusiste unos guantes y me bajaste cuidadosamente la goma de la pantaloneta para desinfectar mi rozadura con la puñeta ésa que pica tanto. Olías a limón y a mermelada de moras, a merienda en un campo de hierba. Te di las gracias al irme, las gracias, sí; eres la única persona en meses a la que me apetece dar las gracias. Pronto sabían todos que teníamos una chica de médico, y, ya te lo puedes imaginar, enseguida comenzaron a corretear por el patio rumores, grises y sucios como ratas, sobre ti.

Luego llegó la revisión médica y yo me fui poniendo más y más nervioso esperando en la cola a que me tocara entrar. Había dos enfermeros contigo; tose, otra vez, mira aquí , súbete a esta camilla, remángate, aprieta el puño. Y luego tú, con tus guantes finos como un velo de novia. Me volviste a sonreír, Paola. Luego te quedaste unos instantes mirando el tatuaje burdo hecho con tinta de bolígrafo de mi brazo; ?María para siempre? escrito dentro de un corazón que pretende estar partido y que sin embargo parece sufrir un infarto. Atravesaste con la aguja el nombre de María y no me dolió. Me preguntaste por mi cadera, sin dejar de mirarme a los ojos… Te habría besado ahí mismo, con mi sangre llenando la botellita de cristal; te habría besado hasta que se me volvieran transparentes los labios. Me fijé en que a los demás no los tratabas como a mí, y me sentí especial.

A partir de entonces hice todo lo que pude por visitarte. El esguince me costó cuatro saltos desde la escalera que da al comedor, cada vez desde más arriba, en el cuarto salté once escalones. No te pusiste los guantes para vendarme el tobillo, ni me preguntaste cómo me lo había hecho. Charlamos tranquilamente; de mi y de mi país, de ti, de tus estudios, de tu trabajo y de que estabas en este puesto provisionalmente. Cuando me abrazaste para ayudar a levantarme, yo te rocé el pelo con los labios. Me enfadé con Tarik; empezó a contarme todas las mañanas lo que soñaba contigo, es un idiota de tres carajos. No me creyó cuando le dije que había estado mal del estómago porque le di un buen trago al detergente para que me llevaran contigo. ¿Te acuerdas?. Creí durante un rato, mientras mi estómago parecía un preso intentando escaparse de la cárcel de mi cuerpo, que había tomado demasiado y acabaría en el hospital;. ¿Qué le ha pasado? Preguntaste casi gritando. Ha empezado a dolerle la tripa mientras fregaba el suelo, después de comer, te dijeron. ¿Qué has hecho Américo? ¿qué has tomado? ¿alguna droga?. Sí, te contesté yo sonriéndome para adentro, Fairy. Estuve tres días en la enfermería, observándote todo el tiempo. Viendo cómo te movías, cómo cruzabas las piernas al escribir los informes, cómo respirabas. Tuve fiebre una tarde, y en medio de una pesadilla de papeles y llaves y cerraduras enormes; noté que me besabas la mejilla, ?se te posó una mariposa de cariño? diría mi abuela de La Habana. Quise que no se me pasara nunca la estomagada, y cuando me iba te dije que volvería pronto… No hagas el loco, me dijiste moviendo la cabeza, te puedes hacer daño de veras, Américo. Tu me curarás también de veras. Y justo nos besamos un segundo, un besito chato antes de que entrara el cuidador y me acompañara aburrido hasta mi celda.

Esta mañana me he despertado antes que el sol, hace unos días me dijeron que no podía tener los papeles para quedarme en España. Me llevan fuera hoy mismo, muy temprano, quizás antes de que vengas a trabajar, y quería hacerte un regalo. Casi a oscuras me he tachado con tinta bajo la piel el nombre de María, y he intentado convertir la palabra ?para? en Paola. Duele de demonios, y me tengo que aguantar para poder enseñártelo y también para que no me lo cures, Paola. Quisiera hacerle al alba una cesárea y que así vengas cuanto antes. Le he hecho jurar por Alá a Tarik que te dará esta carta si al final no puedo verte.

Adiós salud mía.

Volveré algún día Paola, volveré como sea y conseguiré que me lleven a la enfermería… Porque me tienes que curar todavía la infección de tu nombre.

Carta finalista de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


A vos… y tu infinita ausencia

Autor: Claudia Alejandra Morales

Amor, te escribo para contarte que tu ausencia me dejó lugares llenos de vacío. Por ejemplo, en un rincón de mi casa atesoro incontables fotos, guardadas en un álbum sin fin. Allí se encierra mi historia, ese es el registro de mis días y mis noches y me preocupé todo este tiempo por tenerlo prolijo y perfecto, sin espacios en blanco.

Sin embargo, mágicamente, encuentro intercaladas entre sus páginas las fotos que nunca nos sacamos, después de los retratos de mi familia, de mis amigos y del último verano. Al principio supuse que se trataba de un error involuntario cometido por mi atropello pero las volví a ordenar y a pesar de eso, como si estuvieran capturadas por un hechizo, los huecos aparecieron nuevamente.

Fue entonces cuando empecé a prestar más atención a los detalles de mi pequeño universo.

El timbre del portero está desgastado, tal vez por todas las veces que vos no viniste, por todas las madrugadas que me negaste sistemáticamente; como si lo mío se tratara de un capricho y lo tuyo también. Algunas veces mientras subo las escaleras hacia el octavo piso, voy buscando encontrarte, buscando verte fumando y tal vez desarmado y llorándome, como no me lloraste todos estos años. También en la calle, justo frente a mi edificio, queda siempre un lugar sin ocupar y sólo por curiosidad esta tarde tomé las medidas del espacio. ¿Sabés qué? Es exactamente del mismo tamaño de tu auto, así que podrías no estacionarlo cada noche y no dejarlo vacío cada mañana, cuando salgas para empezar tu día de trabajo. Del mismo modo en el contestador automático, existe una hendidura por la que se filtran los llamados que jamás me hiciste, después del mensaje que no grabamos juntos y del eco del beep ensordecedor.

Y todo esto está dejando tanta huella, que hasta encuentro diseminados en mi departamento los besos que nunca nos dimos y me tropiezo permanentemente con las caricias que todavía nos faltan. Es más, creo que sería ridículo enumerarte las noches de amor que nos quedaron atascadas, aunque ya hice un cálculo aproximado que te sorprendería y que prefiero no revelarte. Al tiempo que me duermo voy abrazando tu recuerdo y tengo sumo cuidado en no golpear tu alma mientras doy vueltas en la cama, pensándote. Se acumulan en mi cocina los pocillos de café que no tomamos y hasta guardo en la heladera las botellas vacías de todas las buenas noticias que jamás festejamos. Tus ausencias son terribles amor, son dolorosas, así que por las dudas escondo entre mis tesoros más preciados tu sombra eterna, eso sí, fue lo único que me dejaste para siempre. Algunas veces me siento en una de las sillas frías y establezco con vos una de mis inenarrables charlas, y te voy contando todo lo que me está pasando, cuánto te extraño, cómo te necesito, y aunque no me decís nada, me basta con disfrutar de tu silencio. Y por suerte nos llevamos bien, mi soledad y yo; digamos que nos estamos acostumbrando poco a poco a esta convivencia obligada.

Extrañamente tengo cuidadosamente guardadas y ordenadas por fecha las cartas que nunca me escribiste. Y muchas noches, antes de acostarme, releo los cuentos que ninguna vez me entregaste. En mis paredes exhibo orgullosa el único dibujo que no me hiciste, pintado con acuarelas transparentes y firmado con tinta invisible. Justo al lado, existe un reloj por el que desfilan una por una, todas las horas que me evitaste en esta vida. Y en la mesa chiquita, esa de madera, ahora descansa un florero atestado de fresias y jazmines que nunca compraste para mí.

Cuando todo se oscurece y me despido del día, suelo escuchar las canciones que ningún anochecer me dedicaste. Esas que no cantabas, que no murmurabas, las que ni siquiera se han inventado en honor a nuestro amor a contramano.

En fin, esto de andar sin vos por mi biografía, cada vez se está haciendo más doloroso. Pero tengo una calma tan ficticia, una resignación disfrazada y tan bien actuada, que me obligo a continuar mirando hacia delante, intentando que la vida no se me pase pendiente de vos y tu regreso.

En el video club todavía están reservadas todas las películas que quería ver con vos, las que me hubiera encantado compartir y bueno, por suerte los dueños me entienden y las acumulan en un costado, hasta que podamos disfrutarlas juntos.

Cuando no estás, y esto es todos los días extensos y anchos de mi vida, tu no presencia me deja llena de interrogantes. Cómo serán tus noches. A quién le dedicarás tus sueños. Quién te invadirá la carne. Dónde acabará tu amor. A quién le inventarás tus pretextos. Hasta tu ausencia me está dejando llena de preguntas.

Cuando quiero acercarme a vos, a tu recuerdo intacto, ilumino con el encendedor que no te olvidaste, las velas que me prometiste y que jamás me regalaste. Contemplo extasiada como el fuego las consume, de la misma manera que ingenuamente creí que se iba a consumir mi deseo por vos. Pero eso no pasó y me quedó tanta historia atragantada, que me bebo en el desayuno tu saliva dulce, tal vez es lo único que me pude guardar de vos, porque aun me queda navegando por el cuerpo tu almíbar.

Sigo enamorándome irremediablemente de tu recuerdo que al día de hoy es lo único que tengo. Sigo alimentando tu fantasma cada noche, para que no se muera, porque tal vez creer en vos y en tus ojos negros, es lo único que me mantiene en pie.

Sigo recorriendo las calles que no caminamos juntos mientras te busco aferrada a una utopía, soñando con la posibilidad de que alguna noche borracho de amor, por casualidad o por perseverancia, por azar o por accidente, llegues hasta mi puerta y llenes mis espacios con tu alma.

Esmeralda

Carta finalista de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Vuelvo a Praga

Autor: Marta del Río

Pienso en ti mientras coloco la última colección de libros de El País sobre la estantería, reparo entonces en los huecos que ha dejado libres tu marcha. “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, me cuchichea Neruda mientras sostengo su libro en mis manos.

Hacía mucho tiempo que permanecía oculto en mi memoria y, ahora, mientras Neruda se empeña en repetirme el mismo verso una y mil veces, abro el libro y vuelvo a leerlo descubriendo que, en sus? Veinte poemas de Amor?, se han ido escribiendo nuestros veinte años juntos.

Llego al número veinte, Neruda vuelve a cuchichearme su verso, lo leo ?es tan corto el amor y tan largo el olvido…?, y allí me quedo, evocando nuestro adiós, rescribiendo nuestro último poema.

¿Te acuerdas? Comenzamos a escribirlo en Praga este último verano.

Había una gran borrasca concentrada en Centro-Europa y otra se iba concentrando en nuestras propias vidas. Comenzó a llover, y la lluvia escribió nuestro último poema..

Yo fui Praga y tú Danubio.

Llovía y tu olvido crecía mientras yo me esforzaba por contenerlo, porque no me inundara. Intentaba controlar tus aguas dentro del cauce y miraba al cielo esperando el sol de verano. Pero la corriente también llegaba de lejos, de otras aguas contenidas en algún punto de tu largo recorrido. Y tú Danubio, te desbordaste y me inundaste, Praga, sumergiendo mi casco antiguo, aquél sobre el que se habían apoyado nuestros, hasta entonces, sólidos cimientos.

Paso la página, sé que ahora llega la “Canción Desesperada”. Cierro el libro.

Es Diciembre, está lloviendo, como este último verano, como no ha dejado de hacerlo durante todo el otoño.

Vuelvo a Praga.

Carta finalista de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Un minuto de carta

Autor: María Victoria Cuenca

Hola Javier: Te escribo desde el aeropuerto, camino de Senegal (al final conseguí la Beca del Ministerio) y dejo muchas cosas atrás. Algunas las he dejado cerradas, otras están esperando mi regreso, como el equipo del hospital, y otras, se quedaron en el aire. Ya sé que fuiste tú el que me dejó hace tres meses, y quizás me esté costando olvidarte.

Pero es este alejamiento el que me da la fuerza para decirte las cosas que no te dije en su momento, y es que no le temo ya a nada. Por eso te puedo decir con auténtica franqueza que te desprecio.

Si, te desprecio por negarme los cafés de por la mañana en nuestra cama, por quitarme el roce de tus manos al apartar un mechón de mi cara, por cerrarme tus ojos y no poder ver ya nada sin ellos, por robarme besos en el pasillo del hospital, por alejarme de tu cara, por dejarme vacía si no estás dentro de mi. Te desprecio por hacerme llorar, por el frío durante estos tres meses, por la mudez de mis labios secos, por la cojera de mi corazón, por la soledad en las sábanas, por la angustia en los pasillos, por la pena de cuatro años y este final. Te desprecio porque Madrid ya no es igual, por mis amigos que eran todos tuyos, porque la pasta al pesto me sabe rancia, porque las butacas del cine son incómodas sin tu hombro al lado. Te desprecio por los hijos que no hubo, por las vacaciones que nos faltan, por no tener una hipoteca conjunta, porque me vas a faltar el resto de mi vida.

Me voy, están avisando mi vuelo, no sé si me dejo algo más, pero creo que es suficiente para decirte como me siento. No espero saber nada de tí, como tú ya no sabrás nada más de mi. Sólo quería decirte que todo lo que te desprecio es por todo lo que te amé.

Simplemente,

Ana

Carta finalista de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Sur

Autor: Mónica Morales

Hoy, he vuelto a recordar esa frase que leí en un libro, esa frase que dice que el amor en Andalucía se puede comparar a un relicario por su intensidad, su pudor y su gran intimidad. Y hoy, como cada día desde hace casi dos años, he vuelto a escuchar Sur. Es como un ritual. Mi ritual secreto. Si cierro los ojos, unos minutos a tu lado. La escucho porque me sabe a ti.

Me sabe a esa tierra llena de luz que te ve amanecer cada mañana. Me sabe a tu piel, suave, morena, aterciopelada. Piel que cubre lo que me gustaría tocar con los dedos: el cuerpo desnudo de tu alma. Me sabe a tus ojos, oscuros, vivos, risueños. Ojos que me miran cuando yo no me doy cuenta. Y que me envuelven en caricias silenciosas. Me sabe a tu boca, cálida, sensual. Esa boca que recorre mi cuello dejando una guirnalda de tiernos besos hasta llegar a mi oído para decirme Te amo. Me sabe a tu voz, acariciadora, melosa, ronca, como el sonido de un saxo en una noche de secretas confesiones al calor de una chimenea, acariciados por el terciopelo de una manta extendida en el suelo, mientras utilizas mi boca para apurar la ultima copa de cava que el preludio del amor nos ha dejado. Me sabe a tus manos, firmes, tranquilas, meticulosas, capaces de hacer que el cristal adquiera vida, que el cuero se retuerza en sensuales movimientos, que la madera consiga una delicada textura cuando se la acaricia, pero manos temblorosas, tímidas, asustadas cuando tienen que deshacer un nudo en mi pelo. Me sabe a tu cuerpo, fuerte, candente, masculino. Me sabe al voluptuoso movimiento de tus músculos bajo la piel, mientras miro como cincelas un trozo de arcilla entre tus manos, que se contrae de placer por tu contacto y por el que me cambiaría sin pensármelo un minuto. Me sabe a tu sexo, juguetón, impaciente, ansioso de caricias y de besos, que intuyo imponente tras la absurda cárcel de tu ropa. Me sabe al amor. Al antes del amor. Al después del amor. Me sabe a tu cuerpo temblando sin control sobre mi cuerpo. Me sabe a la ardiente respiración que compartimos tras el amor. Me sabe a tus sueños que podrían ser mis sueños. Me sabe a tí mi amor. Dejaste tu huella. Marcaste con amor lo que era tuyo pero que yo no supe como darte. Los últimos acordes de Sur están sonando. Mis ojos se abren. Mi cuerpo se relaja por fin. Aún siento calor bajo las palmas de mis manos. Mi piel todavía tiembla. Mañana te podré tocar de nuevo. Mañana, mi amor, será para los dos. Como cada día desde hace casi dos años. Hoy solo te tendré que soñar. Tan solo recuerda que cuando sientas un escalofrío, como una suave brisa que roza alguna parte de tu cuerpo, piensa que probablemente sea una caricia que se me escapó de un sueño. Porque sigues estando en mi corazón. Desde siempre. Para siempre.

Padawan

Carta finalista de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.