I Antonio Villalba de cartas de amor

14 de febrero, 2002

A continuación se hace público el resultado de la votación efectuada por los miembros del Foro de Debate del Taller de Escritura de Madrid para designar la carta ganadora y las cinco finalistas del I Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor. El 12 de diciembre de 2001.


Ganadores y finalistas

Carta ganadora del primer premio

Cartas finalistas


Monólogo de David Gallego (a modo de acta del concurso)

Si no os importa, ahora que parecéis estar todos a gusto, creo que es un momento lo bastante inoportuno como para soltar el discurso de celebración de la última gala de “Operación triunfo”. Podría empezar jurándoos el tremendo honor que para mí supone poder dirigiros estas palabras; sin embargo, de acuerdo con lo que tantas veces hemos discutido, una de las claves para que un texto funcione es que resulte verosímil. Así que me limitaré a introducir el discurso, con diplomacia de supositorio, refiriéndome a los muñidores de este certamen, que ya desde su primera edición ha alcanzado cotas de calidad que bien podría calificar de imponderables.

Así pues, centro mi atención, antes que nada, en Antonio Villalba, del que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que es un hombre esencialmente absurdo, capaz de esperar un año a que le pongan el teléfono, para luego hablar a susurros y que no haya Dios que lo oiga de todos modos. Quiero también mencionar aquí el valioso servicio prestado por Viviana, que consume yerba con los vecinos, y Carlos, la única persona que conozco que, analizada su situación vital, ha decidido plantarse, salirse de la rueda del trabajo y dedicarse a hacer lo que siempre deseó: estadísticas y recuentos de votos. Y, por supuesto, no puedo dejar de nombrar a Isa, moderadora célere en las bienvenidas y, en materia de amor, confesa partidaria de la zoofilia petirroja. Sobre estos sensatos pilares se ha cimentado el concurso y a nadie ha podido extrañar, en consecuencia, que la ganadora haya sido Berna, experta en pasarse las noches sujetando arcos invisibles, acaso perjudicada por la libación inmoderada de ron con Coca-Cola.

Quiero resaltar, en tiempos de apaños y enchufes literarios, la absoluta pulcritud de este concurso; prueba de lo cual es que Antonio, a pesar de su descomunal repertorio de escobas enamoradas, ha mostrado su incuestionable integridad, por no decir falta de hábitos higiénicos, no barriendo para casa. Sea como fuere, paso a diseccionar, con tanto Norte como Tierra del fuego, el compendio de cartas mandadas a concurso. Y digo Tierra del fuego porque fogosa fue la primera carta enviada, en la que Maribel se dirige a David con ánimo de hacerlo un hombre y padre en el mismo trance, «sintiendo caminar su corazón por los senderos de sus muslos», de manera que uno no sabe muy bien si es que David es deforme y en el pecho tiene celulitis o si no será que va a estar el hombre excitado y le está palpitando el cerebro entre las piernas. Ésta es la única carta en la que, a mi entender, predomina la pulsión sexual por encima, por debajo y por toda la piel, mientras que las demás podrían clasificarse como cartas al amor ausente o de perversiones varias.

A fin de orientarnos, Jesús, hijo de la Virgen, como todo el mundo sabe, intenta ayudarnos a comprender: «¿qué es el amor?». Así empieza su epístola y, lejos de defender a la RAE como haría JGV, pasa a proponer una serie de innovadoras definiciones, entre las que destacaré la siguiente imagen: «el amor es ver cómo coges el cuchillo». Con dos huevos. La cuestión es que, antes de llegar a las domésticas hostilidades de los cubiertos, tuve la duda de si el autor no sería argentino y, en tal caso, si el amor era ver coger, durante unos instantes me pregunté qué entendería Jesús por voyeurismo. Por desgracia, no ha sido ésta la única alusión a los cuchillos. Puedo decir, sinceramente, que la carta de Amparo me gustó. Puedo decirlo con la mano en el pecho incluso. Pero, después de leerla, creo que el pudor me va a impedir volver a decir nada de todo corazón. En la misma línea onanista intuyo a Bocanegra, el cual, en plena guerra de Bosnia, se pone a recordar «cómo entregó su virginidad, cómo selló su amor con su novia en un acto sublime» gracias a la amplitud de un Opel Corsa y, claro, termina el párrafo con puntos suspensivos e interrumpe la carta, no ya por el ejército, sino para ejercitar el masturbador redondo descubierto por LuisH. Como redonda y circular es la carta de Cecilia, que comienza y finaliza con: «observo la arboleda desde mi ventana. Verde. Recuerdo cuando me enamoré». Y aquí no puedo evitar que asome mi faceta de crítico literario: ¿por qué no nos describe la arboleda, en vez de decirnos que la ventana es verde?

Pero perdón por irme por las ramas. Estaba hablando de párrafos que terminan con puntos suspensivos, con sentimientos que no llegan a explicitarse, como el que Inés se esfuerza en vano por expresar, «quedándose por una vez sin palabras»… Que ahí es nada, porque si bien siempre he pensado que esta chica está por civilizar, el don de la palabra sí que lo tiene y, personalmente, ando echándola de menos por la lista en estas últimas semanas. Ahora, sin salirnos de Alemania, podemos apreciar que los germanos han dulcificado el carácter de Marcos Korda, capaz de reunir en una sola oración de una carta de amor los verbos «romper, morder y machacar» con su grito de Fénix, para luego asombrarse porque su amada se muestra «desdeñosa ante su canto». Y no insistáis en que hable de “Operación triunfo”. Pienso resistirme hasta el final, por más que abunden referencias subliminales a este programa cultural y de culto, como la frase «a nuestra historia le faltaba la música», de la carta de Pablo Insúa.

No le faltan musicalidad ni ritmo, en cambio, a nuestra ganadora, la castiza de origen visiblemente ampurdanés Berna Wang, a diferencia de lo que al parecer le sucede a su airén, si nos dejamos guiar por la afirmación de que «pretender sostener un extremo del universo […] es tan absurdo como sacarte a bailar». Lo siento, Berna, pero tengo que romper una lanza en favor de tu airén, porque comprendo sus recelos hacia el baile. Contigo, reconócelo, cada vez que hay un giro, corres el riesgo de amanecer en Pekín o Mogarraz, que pilla súper a trasmano y, joder, yo comprendo que le dé pereza. Por lo demás, ha llamado mi atención, entre tantas ocurrencias absurdas que van poblando la cabeza de la protagonista a medida que el ron la va haciendo lúcida, que sea capaz de «oír que el reloj del vecino da las seis» y luego tener miedo de «no oír el autobús» de madrugada. En esta carta tan completa, además, se insinúa una cuestión que parece inquietar a muchos de los concursantes: el amor, ¿nos abre las puertas del edén? Berna enciende una vela de jazmín, Viviana reza a su ángel y enciende otra vela por su hijo, Bego escribe que su amado es «el fuego que prende mi llama», la llama de LuisH no se ha extinguido ni se extinguirá jamás, y, francamente, a mí el escenario se me asemeja más al infierno que al concepto tradicional de paraíso.

Infierno, paraíso, destinos ficticios que aguardan a las personas queridas ya muertas. Muertos que rondan la carta de Mari Carmen Briones, la cual, involucrada con un verdugo de oficio, opta con prudente criterio por no llevar su relación más allá de lo epistolar. Sin violencia, pero con la misma eficacia aniquiladora, Pilar Clamores Rodríguez admite pasarse las mañanas en la cama y tiene luego el morro de blasfemar porque el «maldito gato» termina subiéndosele encima, cuando lo que pasa es que el pobre está que se muere por que le den de desayunar de una vez. Actitud desalmada esta que contrasta con la de la protagonista de la carta de Lara, la cual pensaba: «¡qué tontería! Estar tan a gusto con una planta. Como una loca dando de comer a unos gatos», y se aceptan apuestas sobre si, en esta frase, la autora se inspiró en Isa. En cualquier caso, volviendo a la categoría luctuosa que nos ocupaba, cabe destacar la conmovedora carta que Rosario brinda a su madre… aunque no logra engañar a nadie dándoselas de tierna, pues todos tenemos muy presente que su primer trabajo fue en una destilería, y ya se sabe que se empieza dándole a la botella de Havanna y se acaba aficionado a la escritura, aunque no se tenga ni puta idea de narrar. Otra carta alegre es la que Héctor dirige a Angélica, cuyo inicio recojo a continuación: «Perdona que no te haya escrito durante todos estos años. Estaba ocupado viviendo y teniendo hijos y nietos». Más aún: era mi forma de demostrarte que siempre fuiste la primera entre mis prioridades… No sé, aunque al ver su extensión sospeché que se trataba de un telegrama, para mí la carta de Héctor es de lo peor, y conste que no le guardo rencor por habernos tenido en vilo hasta el final con si iba a venir a la cena.

En su otra aportación al concurso, hay un momento de recapacitación en el que sostiene que «sólo el ser humano que ha sido encadenado aprecia el valor de ser libre». Esta afirmación se me antoja una apología del compromiso matrimonial, sacramento durante el cual los novios se anillan y quedan esposados por los siglos de los siglos, hasta que el divorcio los separe, amén. De ahí que cuando Isa suelta a su efebo petirrojo, lo que hace, en realidad, es dar alas a su amor… a la vez que manda la relación a tomar viento. Volar. En este sentido de férrea disposición al compromiso, no son pocos los que, de un modo u otro, hallándose enajenados por el amor, sienten la tentación de salir volando. Así, por ejemplo, los trajes de Massimo Dutti aletean orondos por la habitación de David Lastras y, de acuerdo con los últimos versos de Yol, «acabo de terminar / con estos apretones / y ya ANDO queriendo volar», es evidente que la autora no termina de decidir si quiere fugarse a pie o por los aires. Hay más poemas: el de un «sesudo seudónimo» que intenta ocultar su identidad y que muy a propósito se llama «Amador» Álvarez, o el de nuestro pródigo colistero Luis Loring, cuyo genio para rimar en asonante los versos dos y once no me ha pasado inadvertido, pues pone de manifiesto la importancia de la planificación en pos de la unidad temática que siempre he defendido en esta lista. Su último verso, «eres mi flor y mi aliento», me produce, no obstante, cierta claustrofobia después de leer a José Luis Pereira, que se deja «las flores, las caricias, los detalles encerrados en el cajón de la oficina». Allí mismo guardará la fría Tania los mensajes románticos de Enrique Valladares, pues, como bien sabemos todos, el trabajo no es el lugar indicado para leer el correo, Nacho. Cargo las tintas sobre ti, porque mucho rollo de hacer piruetas en la lista; pero, ¿lo ha visto alguien intentar escoñarse desde la lámpara esta noche? A mí me ha dado la mano y ahí me pudra. Lo que no me pesa, a decir verdad, pues encontraría peligroso que me tomara cariño, vistas las barbaridades con las que disfruta con su pareja. Y como botón de muestra, entresaco la siguiente oración de su carta: «que te cojan voluntaria en un espectáculo de magia». Y digo yo: ¿os parece que esto es una muestra de amor? A mí, por lo menos, me parece una putada. Porque vamos a ver, por favor: ¿en qué consisten los espectáculos de magia, sino en meterte en una caja y hacerte mil pedazos con una sierra? La otra opción, y si tienes mucha suerte, es que se conformen con hacerte desaparecer; pero, vamos, tampoco es como para tirarle cohetes a San Valentín. Claro que no me sorprende tratándose de un tipo que escribe todo en mayúsculas. En efecto, a pesar de Internet, la caligrafía nunca dejará de tener el encanto añadido de ese toque personal, que en Graciela Ravetti son «letras gruesas y pesarosas» frente a las «picudas y cuidadas» de la segunda carta de Rosario.

Lo que escapa a mi comprensión, aunque no es decir mucho sobre la complejidad del asunto, es por qué demonios le daba tanto alipori a Cristinap compartir su luto por la defunción de su amado ordenador. Quizá se deba a que se avergüence de haberse enamorado del Windows 98, y por fin entraríamos, de esta manera, en el terreno de las perversiones. Porque perverso es Roberto Insignares, que fustiga a su dulce Lili diciéndole que «en esta época, no sólo me casé y tuve dos hijos» con otra, «sino que encima me hice profesor» como Isa y Enrique. Pero aún más inhumana es Alice, que no sé qué tendrá contra los que somos de Talavera de la Reina; como el pobre pintor de María Marta, que lamenta afligido «este destino que quiso que yo fuera un ser deforme y abandonado hasta por la madre que me trajo al mundo». No menos me horada el alma el retorcimiento de Ana, que, empeñada en convertirse en «una mujer dura de cuerpo y alma, quiso ser independiente, ser autónoma», darse de alta en el Impuesto de Actividades Económicas. Fijo que, viéndome tan crítico, habrá quien quiera contraatacar y tacharme de fetichista por tener «los calzoncillos negros y rasgados»; pero puedo asegurar que ni mi carta es autobiográfica ni mis calzones… son negros. ¡Y qué decir de los calcetines de Purranki! Pero no es esta prenda de amor lo que más me ha sobrecogido de la epístola del más reprimido periodista de Bleturge: si antes defendía a los nacidos en Talavera de la Reina, que Calahorra me perdone, pero no termino de encontrar melodioso el gentilicio «calagurritana». Vale que sea la típica palabra cojonuda para multiplicar por tres en el juego del «Scrabble»; pero, de verdad, ¿podemos afirmar que es romántica?, ¿no tiene tanto glamour como lo de los «regüeldos con gusto a chorizo»? ¿O acaso podemos imaginar a don Juan, hincado de rodillas ante su doña Inés, recitando: «¿Es verdad, ángel de amor, / que eres calagurritana /, y eructar, cosa tan sana, / hace respirar mejor?»? Sin lugar a dudas, es una ordinariez.

De modo que, como no quisiera terminar dejando este sabor de boca, he dejado para el final la referencia a la aportación de JGV, que, haciéndose pasar por Marco Polo, dedica su carta de amor a los viajes, más que a sus diversos destinos concretos. En efecto, y por fin puedo hablar de por qué me gusta “Operación triunfo”, considero que en la vida, en el amor, lo que cuenta no son tanto las metas que nos marcamos como disfrutar mientras caminamos con la ilusión de alcanzar e ir renovando nuestros sueños. Por eso me parece tan especial esta lista donde vivimos, como muy bien dijo Nacho, porque nos hace disfrutar del día a día y la camaradería que la caracteriza nos recuerda aquellos versos de León Felipe, que me gusta intertextualizar de vez en cuando: «Voy con las riendas tensas / y refrenando el vuelo / porque no es lo que importa llegar solo ni pronto / sino llegar con todos y a tiempo».