I Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Carta número 18

Autor: Héctor Otero

Angélica:

Perdona que no te haya escrito durante todos estos años. Estaba ocupado viviendo y teniendo hijos y nietos. Ahora, sin embargo, es ese momento de la vida en el que, repentinamente, estoy más cerca de ti que de ellos. Esa mágica antesala de la muerte que tenemos los viejos, un pequeño puñado de horas en el que se difuminan los recuerdos más presentes (no me preguntes cuántos nietos tengo, porque lo he olvidado) y aparecen, nítidas, las imágenes de hace tantos años.

Ayer por la tarde, o lo que yo creo que fue ayer por la tarde, llovía y se hizo de noche muy pronto. A las seis no quedaba luz en la calle apenas para un par de pasos. Empezó a llover, con esa lluvia con que la primera primavera trata de mellar el invierno. Estaba solo en un salón oscuro que brincaba con los parpadeos caprichosos del televisor, escuchaba la lluvia tabletear contra el cristal; y te vi. Te vi a mi lado, de pie en un lateral del cine Pardiñas, una tarde como ésa, exactamente igual, con nuestras pellizas sobre los hombros y el rostro ardiendo por el ambiente caldeado y la bruma de cigarros de la sala. Te vi de nuevo dedicándome la única mirada de amor que jamás me brindaste, mientras Don Francisco Largo Caballero, en la tribuna del cine, nos hablaba de la revolución. Hasta entonces yo había dudado si me amabas a mí o a nuestra cita histórica; si amabas al hombre o a la idea que el hombre compartía contigo. Pero tus ojos, en ese momento, cuando la sala empezó a rugir y a aullar y a aplaudir y a levantar los puños y después a cantar, a cantar, a cantar, tus ojos, Angélica, fueron los dulces ojos de la penetración. Se hizo en mí esa mirada y supe: no existe diferencia. Amar es procurar y en cada momento procuramos lo que las horas nos dejan. Hay una hora para construir un nido, una hora para las lágrimas y otra para las risas y otra para la lucha. Y saborearlas todas como si sólo fuesen una, ésa, la de cada momento, eso, Angélica, es el amor. Amor no es reír de por vida sino reír cuando en la vida toca y hacerlo como si no fuese a haber otra oportunidad.

Así nos vino el presente, Angélica. Sólo hubo un tiempo para reír y la aprovechamos diligentemente, al salir del mitin, juntos, tomados de la mano y paseando por la calle Alcalá, casi sin palabras. Quiero pensar que cuando la araña negra de la muerte anidaba en tu aliento pudiste ver, en una décima de segundo, aquellas calles que abrazaban el frío, las gentes vociferantes que se mofaban de las palabras de Gil-Robles y de las derechas (si el Parlamento no nos sirve, lo apartaremos) y recordándole a los transeúntes y al siglo que había llegado nuestro momento. Ese momento que nos llegó para luchar en octubre de ese mismo año, 1934. El mismo en el que perdimos.

Yo entonces era aprendiz y tú ya eras bordadora, creo. Lo siento, Angélica, esta confesión me arranca lágrimas pero lo cierto es que esta lucidez postrera no me alcanza para poder recordar cómo nos conocimos. Apenas recuerdo mis dudas previas, mis certezas posteriores y aquel paseo en la noche madrileña, rodeados de camaradas que cantaban por las aceras, y nosotros reservando nuestro ardor de lucha, apartándolo momentáneamente porque ése era nuestro tenso tiempo; porque entonces, Angélica, en esos momentos, nos mirábamos y sonreíamos y hacíamos planes. Lo daríamos todo, qué sencillo se nos hacía. Aplazaríamos el placer de nuestros cuerpos y nuestras almas algún tiempo, porque llegaba la hora de la lucha. Apuntalando la lógica de nuestros planes, tú te hiciste correo de mensajes sustanciosos, de planes meticulosamente trazados por el partido, como tantas otras lo fueron. Y yo te admiré por un motivo más y queriéndote a ti aprendí a querer a tu figura.

Y recuerdo también el otoño siguiente cuando eras para mí apenas alguna esquela breve que los amigos comunes me hacían llegar. Me hiciste llamar para que nos viésemos. Otra tarde fría de domingo en un banco de la plaza de Oriente en la que te esperé largo rato hasta que llegaste; y me saludaste con otros ojos. No era la hora de las miradas tiernas y supe entenderlo. Te marchaste a Asturias esa noche sin que nos tocásemos, sin recordar el amor porque el amor es también no mostrarlo ni nombrarlo cuando otras cosas que lo hacen coherente reclaman la atención. Me hablaste de la lucha y del momento y de tu ilusión y de tu marcha. Me dijiste que te habían ordenado ir al norte, donde ya se esperaba aquella fuerte resistencia de los cenetistas a ser uno en la pelea. Me dijiste que me envidiabas porque yo, menos implicado o valorado, me quedaría en Madrid, en mi casa y mi trabajo, y podría vivir en primera persona el epicentro de nuestra revolución. Entonces, Angélica, ni tú ni yo sabíamos que eras tú la que viajabas al epicentro. Me habría cambiado por ti sin dudarlo, aún sabiendo (o tal vez precisamente por eso) que perderíamos, que acabarían por masacrarnos en los valles mineros. Cuando te ibas, ya de pie mientras yo permanecía sentado y sonriéndote, regresó, leve, fugaz, ese mirar de enamorado. Un parpadeo privado entre los dos que me juró tu cuerpo, me juró tus manos y tus tiempos futuros a cambio de mi fidelidad de ahora que, de todas formas, te habría entregado sin un reproche. Tanto te amaba y amaba lo que tú amabas.

Te busqué. Imploré, supliqué, exigí al partido que hiciera esfuerzos por saber de ti. Los camaradas rebosaban caridad conmigo. Supongo que sabían bien que te habían purgado, que te habías ido por el sumidero de la derrota en un remolino de cadáveres olvidados. Pero nunca nadie me dio cuenta de ti. Te encontré yo solo, en el verano del 36, exprimiendo al máximo dos o tres confesiones borrosas que había logrado conseguir de amigos de amigos. Encontré tu fosa sin lápida en una colina sobre un valle que me dijeron que defendiste. Un manto verde que te cubría. Y ya no me mirabas. Ya no quedaba nada, Angélica.

Ojalá puedas comprenderme.

Yo había esperado por otra cosa, para otra cosa. La promesa era diferente. No esperé para abrazarme a un recuerdo, para reposar junto a un túmulo de hierba que la lluvía terminaría por confundir con la colina misma. Yo esperé por unos ojos ciertos y una mirada que recordaba bien, y un cuerpo que adivinaba sedoso y miles, miles de miles de segundos de existencia en común y palabras y calor. Te esperé a ti, Angélica, a ti y a tu labor. Pero no a tu imagen.

El resto es fruto del azar. Aquel verano, antes de regresar a Madrid, quise visitar a unos parientes en Galicia y allí estaba el 18 de julio. Volví a pisar Madrid seis años después y vestido de caqui.

Ya ves, Angélica. La vida tomó otro derrotero. Se desvió o, quizá, simplemente buscó otro canal por donde fluir pues el que estaba previsto, el que abrió en la roca tu mirada, se cegó de repente. Me gustaría decirte que no te he olvidado todos estos años, pero no es cierto. Tú me enseñaste que el amor es aprovechar cada ocasión y no mirar atrás. Amarte a ti era colgarse del muro de la pasión sin preocuparse de la altura y, si después de ti no hubo pasión, tampoco hubo alturas a las que temer. Te he llevado dentro de mí, dormida. Quería pensar que con no recordarte bastaba. Pero ahora me doy cuenta de que amarte fue, y es, sentirme pobre y culpable por haber gastado más de sesenta años que tú podrías haber vivido. El amor es triste, Angélica, porque al amor siempre le falta algo.

Quisiera poderte pagar por todo lo que ya no fuiste. Pero no puedo. No puedo hacer nada, Angélica. Ni por ti, ni por mí. Sólo puedo decirte lo que la urgencia de aquellos tiempos dejó para más adelante porque, finalmente, llega la última hora y ahora me encuentro, seis décadas después, donde ya estuviste tú cuando, subida a los contrafuertes de un valle, recibiste el atropello de los morteros; así pues veo, como viste tú, que no hay más adelante, que lo que hubo detrás se disuelve y que nada, nada, ni la lluvia sobre el empedrado de Madrid, ni los cánticos febriles, ni tan siquiera un beso cálido casi adolescente, recibe la merced de permanecer. Por eso, aunque sea al papel y a unos restos pulverizados bajo la hierba de una colina quiero decir, porque ya es tarde: te amo, Angélica. Te amaré siempre.

“Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto s’acabó en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.

Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aquéste es el deseo que me lleva
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto”.

Garcilaso de la Vega, Soneto XXVI

Carta finalista de la I Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Carta número 13

Autor: Rosario Barros

Querida Madre: Esta es mi primera carta para ti. Nunca te he escrito porque siempre te he tenido a mi lado y eso me hacía pensar que no hacían falta las palabras. Sin embargo, es ahora cuando me doy cuenta de que se nos quedaron muchas cosas por decir. Somos avaros de nuestras emociones porque entendemos que nos hacen vulnerables, por eso las guardamos en nuestro interior pensando que algún día las compartiremos, algún día, cuando ya no puedan volverse contra nosotros.

Pero, ¿y si de pronto la vida nos hace un quiebro y nos deja el regazo lleno de rosas cuando los ojos no pueden verlas y las manos no pueden tocarlas?

Cuando el cerebro se te llenó de sombras, ¿de qué valió mi amor para conseguir que dentro de tu hermosa cabeza las palabras cobrasen sentido? ¿De qué me valió quererte más que a nada cuando tus ojos perdieron el azul brillante de las olas para envolverse en nieblas que te hacían repetir una y otra vez “Enciéndeme la luz, por favor”, cuando el sol inundaba tu cuarto?

Y no pude decirte cuánto admiré tu manera especial de llevar la casa, haciéndonos creer que quien mandaba era mi padre. Él, tan alto y tan fuerte, y tú tan menuda, cuando la verdad es que el timón de nuestras vidas siempre estuvo en tus manos. Nunca nos gritaste y solo una vez me pegaste, con razón, porque encontraste la sartén en llamas mientras yo leía a escondidas “Dulcamara”. Te pusiste tan nerviosa que me juraste, tú que nunca tomabas el nombre de Dios en vano, que no entraría otro libro en la casa. Y no es que odiaras los libros, es que no había tiempo para leerlos y, además, eran tu frustración, la pena que nunca superaste. Me ponía nerviosa tu nerviosismo cuando alguien te daba un bolígrafo para echar una firma. Entonces tu mano temblaba y en tus ojos había un relámpago de ira pensando en aquella escuela que nunca pisaste porque tenías que cuidar a tus hermanos, todos hombres, que según iban alcanzando la edad marchaban a regañadientes por aquel camino que tú te morías por recorrer.

Por eso luchaste para que no ocurriera lo mismo conmigo, aunque reconocerás que nunca tuve tantos derechos como mi hermano y sí muchas más obligaciones.

Pero, estaba hablando de amor y mis recuerdos están llenos del tuyo, de tu mirada cómplice cuando mi padre me negaba algo, de tu alegría cuando una de mis ilusiones se hacía realidad, de tu confianza en que lograría todos mis sueños. Nunca te rendiste, ni siquiera cuando empezaron a faltarte las fuerzas. Nunca pensaste en ti. Cuando te fuiste me di cuenta de lo poco que tenías, de lo poco que era exclusivamente tuyo. En una mano me cupieron tus joyas, en una pequeña caja tus tesoros privados: algunas tarjetas de felicitación que hicimos para ti mi hermano y yo en los tiempos del colegio, alguna carta de mi hermano cuando estuvo haciendo el servicio militar. Ninguna carta de las que mi padre te escribió desde el frente, en aquella guerra que destruyó tu felicidad de recién casada, quizás porque tenían para ti recuerdos demasiado dolorosos. Y nada más. ¡Que pocas cosas para una vida tan larga! Pero, en cambio, ¡qué grande tu recuerdo en las personas que te conocimos!.

No sé cómo lo hiciste, pero fuiste capaz de dejarnos quedándote con nosotros. No podría explicártelo, pero sé que mi padre lo siente como yo. Ahora no estás. No nos pides que encendamos la luz, pero tú eres ahora la luz y nos llena a los dos y no nos sentimos huérfanos de ti, porque te tenemos. Tú me entiendes, ¿verdad?. Por eso te escribo esta carta de amor, para decirte algo que debería haberte dicho hace mucho tiempo cuando tú podías oírme, cuando, por mucho trabajo que tuvieras, me mirabas con el mar inmenso de tus ojos y la espuma brillante de tu sonrisa y decías “el tiempo lo regala Dios”, y me escuchabas. Pero yo te hablaba siempre de mí, de mis ilusiones y proyectos y nunca te pregunté por los tuyos, ni te dije lo mucho que te quería, lo orgullosa que me sentía de ser tu hija. Pero, madre, quiero pensar que tú siempre lo supiste, que por eso no necesitabas tener cosas porque para ti era más importante tenernos a nosotros y te bastaba saber que la huella de tu amor perduraría mucho más allá del tiempo, de todos los tiempos.

Te quiero,

Charo

Carta finalista de la I Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Carta número 35

Autor: Ignacio Ayerbe

Bañarnos juntos en una piscina jugando a hacernos aguadillas. Compartir un mismo helado en un día de mucho calor y acabar extendiéndolo por todo tu cuerpo entre risas, caricias y besos. Recorrer Reforma en un día de lluvia mientras tu juegas con tu mano en mi nuca. Pasar una noche en vela ayudándonos a resolver cualquier problema. Viajar a cualquier parte e intentar hacernos entender en alguna lengua que desconozcamos.

Jugar con nuestros amigos a contarnos historias en una noche de fiesta. Hacer una competición a ver quién es capaz de beber más, sentados en una barra de bar durante toda la noche. Descubrirte dormida en mi cama y tomar papel y lápiz para pintar esa desnudez que tanto me gusta. Discutir durante horas sobre cualquier cosa hasta que con una sonrisa descubras que has desmontado mis argumentos. Declararnos una guerra de comida en la cocina. Hacernos caricias en algún sitio público durante horas sin que nadie se de cuenta. Descubrir nuestras miradas en una reunión con más gente y hacerlo con complicidad y malicia hacia los que nos rodean. Fumar un porro juntos y hablar de tonterías durante horas. Dedicarnos un fin de semana de pereza. Llorar a mares viendo una película muy tierna. Contarnos secretos que desconozcamos. Perdonarnos tras una discusión. Soportarme en una de nuestras crisis por cualquier motivo. Descubrir, de repente, alguna cosa que tengamos en común. Robarte un beso cuando no lo esperes. Despertarte con un gran ramo de flores. Ir a celebrar algún cumpleaños y llenarnos de regalos. Que te rías de mi porque siento celos de alguien. Ir a algún restaurante de lujo y cometer una torpeza que haga que todos se vuelvan a mirarnos. Chapotear encima de los charcos como si fuéramos dos niños. Pasear en silencio, señalando las cosas que nos gustan. Ir a comprar y encontrar ese libro que realmente deseabas desde hacia tiempo. Contarte un cuento hasta que te quedes dormida entre mis brazos. Organizar un juego en el que todos nuestros amigos puedan participar. Ayudarnos a corregir nuestros cuentos. Pensar que nadie puede disfrutar de la vida tanto como nosotros. Soportar mi llanto por algún problema y consolarme. Recibir a algún amigo que venga del extranjero con pancartas y gritos en el aeropuerto. Crear nuestras propias teorías sobre algún tema del que no tenemos ni idea. Sentirme orgullosa de ti por algún motivo. Acertar con aquello que tus ojos intentan contarme. Darte un masaje tras un día horrible y acabar en la ducha acariciándonos. Vivir el momento. Soportar mis torpezas y mis miedos. Ir a la boda de algún amigo y montar el espectáculo en el banquete. Acudir a una exposición de alguien desconocido y sorprendernos con lo malo que es. Sentirte orgullosa cuando alguien te hable bien de mi. Ir juntos a un concierto y bailar hasta caer extenuados. Sorprenderte un día, cuando no me esperes allí, y nos cubramos de besos. Brindar con champán por un nuevo trabajo. Dormir abrazados en un día de mucho frío. Asistir a un espectáculo de magia y que te escojan de voluntaria para hacer algo. Discutir de política hasta enfadarnos. Encontrarnos por casualidad en cualquier parte. Reírnos por cualquier cosa. Convencerte de que todo esto que te cuento son unos sueños que sólo soy capaz de imaginarme contigo y que me parecería genial que los hiciéramos realidad.

Carta finalista de la I Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Carta número 8

Autor: Purranki Sandongui

Buenos días niña calagurritana. Aunque sé que no me podés leer de ninguna forma cognoscible, quedan las incognoscibles. Por ejemplo, en forma de vapor de hidrógeno, y por encima de mi hombro derecho, podrías leerme con fruición inaudita.

O bien transformada en mengues, asombrada por mareas incandescentes, podrías prescindir toda lógica obsoleta y cabalgar hasta mí a través de prados de purrusalda en pepitoria, a bordo de un corcel verdinegro calzando borceguíes de fieltro, jaspeando a tu paso las colinas más bellas con témpera y fijador.

Buenos días otra vez, santiaguera. Ahora en serio: las mañanas de Toledo saludan tu alta frente tan descollante por fuera del carrusel que la multitud incandescente ingiere veneno para probarte admiración inmarcesible. Después de tan bello rostro ver todo resulta banal, grita el populacho. Y a mí me parece que además todo lo anterior es una chapuza, grita un sonado antes de inmolarse saltando desde la más alta cabina telefónica sobre unos paraguas dispuestos a mala leche. Es el sentir popular, no puedes contradecirme. Dame de tu blanca mano más que los anillos los pellejucos para que pueda rechupetearlos salaz y obnubilado.

Dame de tu cáliz el néctar exquisito en que yo arregostarme pueda riéndome un poquito. Entra conmigo en la bañera, vámonos juntos de compras, préstame tus discos de cumbias, halaga amablemente mi figura. No me hagas preguntas: Burlate conmigo de los anuncios de leche, camina serena por entre los ortigales cotidianos, practiquemos los andares raros, seamos incorrectos.

Eructame en la boca con gusto a chorizo. Ponme a prueba. Plantemos un pino juntos, en la ladera, nada es raro. Riete como una brujita justo cuando no toque. Haz voces raras. Folguemos riendo. Toma mis calcetines. No te pienses que se los presto a cualquiera. Y prometeme que nunca, nunca, nunca, te enamorarás en secreto de George Clooney.

Te quiere a mansalva:

Tu cuarto de pilastro de maravedí.

Carta finalista de la I Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Carta número 16

Autor: Cecilia Floresazules

Querido: Observo la arboleda desde mi ventana. Verde. Recuerdo cuando me enamoré. Primero fue de tus ojos verdes. Sí, lo primero fueron tus ojos. Luego tus besos, el paraíso escondido, sentenciado. Nunca pudimos prometernos nada. Este amor sollozante y doloroso no tenía futuro.

Teníamos apenas un presente que vivimos hasta quedar exhaustos. Y te fuiste. Cuánto te amé. No. Cuánto te amo. Y ahora yo. El verde de tus ojos me persigue. He perdido toda inmunidad y los personajes que se acercan también visten de verde. Observo la arboleda desde mi ventana. Verde. Recuerdo cuando me enamoré…

Carta finalista de la I Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.