I África cuenta (Ganador en castellano)

Fotografías

Autor: Matías Candeira de Andrés

Debería contar toda la historia. Cómo pasó, supongo, algo de los detalles. Hablar del tintineo de las monedas, de los fogonazos, del perro que nos vigilaba aquella noche. Y, bueno, de aquellas palabras tristes que pronunció Marta en la oscuridad. Quiero decir que está muy bien, claro: ir a follar con Marta al fotomatón los lunes, los martes y casi todos los días que podemos.

Está en mitad de la nada. Simplemente ahí, brillando por las noches, entre todos esos chalés. Es invierno, y Marta y yo sólo podemos pensar en ese asunto. Ésa es la palabra: follar como animales. Follarme a la mujer de mi hermano. Mi hermano Elías, que nunca está en casa.

Fue ella a la que se le ocurrió. Menuda cosa, si hasta pensé al principio que no me gustaría. En realidad, ni siquiera recuerdo la fecha exacta en la que decidió preguntármelo. Pero desde entonces, lo hacemos de madrugada, al abrigo de los ojos de ese perro escuálido que no deja de mirarnos. Cuando llegamos siempre está en la casa de enfrente, asomando la cabeza, y se le ven los ojos brillar como si fueran bombillas a punto de estallar. Marta suele meterme prisa, dice que no quiere sentir los ojos del dogo en la oscuridad. Y yo digo que le debe importar un comino lo que piense ella, que sólo es un chucho. Tiene esos ojos de vidrio brillante, el maldito perro. A decir verdad, sólo desde hace poco tiempo hemos descubierto que no nos quita la vista de encima. Me figuro que debe estar preocupado por algo, porque se pasa las noches lamiendo su cuenco de agua y luego asoma la cabeza por las rejas. Pega su cuerpo fino, sus costillas prominentes, contra las barras. Incluso hay veces que no para de recorrer esos escasos metros, todo el rato. Va y vuelve. Entonces pienso que debe ser el perro más triste del mundo. Sólo a tres o cuatro metros de nosotros.

Aquella noche, Marta y yo habíamos quedado más tarde de lo habitual por no sé qué historia de Elías. Tardó más en salir de viaje, eso fue lo que debió de pasar. Al final, me dijo ella, acabó largándose igual que todas las semanas. Llegó envuelta en uno de esos abrigos enormes y se quedó parada frente al espejo exterior. Yo estaba mirándola desde dentro, con los ojos asomados tras la cortina. Marta se mordía un poco los labios. Me gustaba verle hacer eso y mirarme la entrepierna. La niebla empezaba a inundarlo todo.

—Espera, que tengo cambio —dijo.

Joder, ni siquiera había hecho un ademán de moverme de allí. Sólo la miraba. Las piernas de Marta, sus manos, sus tetas. Son cosas que le hacen pensar a uno, lo digo en serio. Metió las monedas en la ranura. Después entró y se quedó sentada sobre mí; supongo que esperaba que yo tomara el mando y la empotrara contra la pared o le tapara la boca.

—Estás helada —eso fue lo que le dije.

Las manos de Marta recorrieron mis pantalones, despacio al principio, y después vinieron esos mordiscos leves, un poco pillos, por el cuello. Empecé a apretar su cuerpo contra el mío furiosamente. Ella ya estaba sin la camiseta, y gemía en voz baja. Yo le tapaba la boca y sentía su aliento entrecortado por la piel. No nos dio tiempo a mucho más. Los cuatro fogonazos nos dieron en la cara. En ese momento me invadió aquella sensación extraña al mirar al exterior. Es difícil explicarlo: observé cómo el chucho había empezado a recorrer, muy despacio, los pocos metros que le dejaba la cadena de hierro. La niebla ya estaba por todas partes, y a pesar de eso yo no veía otra cosa que aquel animal, sediento, pegado a la maldita reja.

Marta y yo estuvimos así un rato, no podría decir cuánto tiempo. Ella sobre mis rodillas, jadeando, ajenos a toda esa niebla. Yo tenía las fotos en la mano y de vez en cuando las sacaba a la luz para mirarlas. Eran estupendas, eso era todo, con aquellas sombras que producían nuestros cuerpos al brillar. Pero esta vez, Marta las miraba todo el tiempo. Creo que demasiado para ser normal. Demasiado como para saber que lo que le estaba pasando por la cabeza era algo lleno de fuegos artificiales. Fue entonces cuando ocurrió. Marta empezó a hipar en voz baja, aspirando el aire disimuladamente. Se creía que no la oiría o algo parecido. Sabía que estaba medio llorando.

—Marcos —dijo.

Sólo oía sus hipidos, lentos, como de niña.

—¿Qué?

Ella no contestaba. Mierda, se le atragantaba la voz. No hacía otra cosa que intentar taparse la boca y tragarse el aire helado. Y de repente creo que me asusté; me asusté mucho. Pensé en Marta, que no lloraba nunca. Así fue. Lo que hizo al poco fue coger las fotografías y romperlas en varios pedazos. Eso me cabreó de verdad.

—Oye, ¿qué…? ¿Qué coño haces?

Pero no me contestó. Parecía no poder controlar sus pensamientos. Se arrebujó en el abrigo, y después salió afuera y comenzó a buscar algo en su bolso. A mí me empezaron a dar unos calambres horribles en el estómago: ella estaba otra vez metiendo varias monedas en la ranura; hasta cuatro. Eso era lo que hacía. No me lo podía creer.

El perro había empezado a removerse, como triste y eufórico al mismo tiempo. A través de la abertura de la cortina distinguía su figura temblona al otro lado de la verja de la casa. Estaba con sus ojos, su cuerpo y su alma pendientes de nosotros. Me ponía nervioso ver cómo tiraba de la cadena. Cuando Marta volvió a entrar, supe que algo iba a suceder. Tuve ese presentimiento extraño al notar que algo muy grave estaba empezando a moverse por su cabeza.

—¿Por qué has hecho eso? —le pregunté.
—Bésame, Marcos. Bésame en la boca.
—¿De qué estás hablando?
—Te he dicho que me beses, joder. Sólo te estoy pidiendo eso. Nunca te he pedido nada hasta ahora. Nunca.
—Pero ¿por qué me pides esa tontería? No es el momento.
—Miénteme, Marcos. Hazlo de una puta vez, por favor.

Y yo acaté lo que me pedía. Hice aquella cosa estúpida que me pidió Marta.

Así que nos quedamos besándonos lentamente, sin la prisa de nadie. Marta y yo, y nuestros labios que nunca se habían dado la paliza de ese modo. Nos dio en la cara el primer fogonazo. Y a lo mejor yo no quería, o ya que habíamos empezado no estaba mal del todo. Pero al segundo fogonazo ella quiso cogerme de la mano, y al tercero consiguió besarme en la frente, y al final, no sé por qué, acabé abrazándola.

Fue la primera vez que Marta se quitó el anillo.

Me quedé sentado en el asiento giratorio mientras ella salía fuera otra vez. A lo mejor pasaba un minuto o dos sin que mi cabeza se detuviera en nada. Intentaba pensar, supongo que era eso. Y volví, no sé por qué, a fijarme en el dogo. Clavé la vista en el animal. A pesar de estar ahí sentado, a oscuras, podía sentir que el chucho sabía dónde estaba, que oía el sonido de mis zapatos en el aire, y hasta esa especie de hormigueo que me subía por el pecho. Yo le veía a él y él me veía a mí. Seguía tirando con todas sus fuerzas. No se cansaba, y no dejaba de moverse. Era como si la cadena le poseyera por completo. Algo así. O al menos fue lo que me pareció en aquel momento.

Decidí salir afuera, para ver a Marta. Ver su cara. La encontré mirando las fotos fijamente. Parecía satisfecha, calmada, no sé cómo explicarlo. Y ni siquiera sabía qué decirle al respecto.

—¿Qué vas a hacer con ellas? —pregunté.
—No lo sé —dijo.
—Eso no me sirve, Marta. Deberías saberlo.

Sólo parecían existir para ella las dichosas fotos. Cuando se las guardó en el bolsillo, sentí otra vez ese nudo en el estómago. Creo que no quería vernos de ese modo, abrazados como dos imbéciles. Ni aunque ella me lo hubiera pedido con la cara perdida de lágrimas. No sabía si iba a poder soportarlo.

—Quémalas —le dije—. Las miras un rato en casa y luego las quemas. Es lo mejor.

Recordé que yo siempre me quedaba con las otras fotos. Solía guardarlas en una caja de cartón que luego colocaba en un estante altísimo. Tan alto que a veces podía decirse que era para que, incluso a mí, me costara trabajo llegar hasta ellas. Pero si las cogía era capaz de pasarme horas mirándolas y no sentía nada en absoluto. Me encantaba hacerlo. Eran eso: fotografías. Sólo unas dichosas fotografías.

Volví a mirar a Marta.

—Tienes que hacerlo —le espeté.
—Eso está por ver.
—Quémalas —le repetí—. Es peligroso.

No volvió a contestarme, aunque quién sabe en qué estaba pensando para no hacerlo.

—Ya nos veremos —dijo entonces.

Y se alejó manoseándolas en el interior de su bolsillo, con paso decidido, hacia la niebla. Sólo durante un instante, extrañé que estuviéramos ahí dentro, tocándonos. Esa sensación me pareció muy diferente a otras veces. A Marta no se la veía ya, había desaparecido. Fue en ese momento cuando me acerqué a la verja de la casa. Algo me decía que tenía que hacerlo. Ahí estaba el perro, triste y escuálido, intentando sacar el cuerpo por la verja como podía. Sus ojos se movían continuamente, sus desagradables ojos, y la cadena tensa parecía un hilo muy brillante cortando el propio viento. Al rato, mucho después de que Marta se largara, él y yo seguíamos observándonos como si, de algún modo, nos conociéramos de una época muy antigua, quizás desde el principio. No era mi perro. Ni siquiera sabía su estúpido nombre. Pero me pareció que éramos iguales y que quería quitarle la cadena. No sé, quizás dejar que se perdiera para siempre en aquella niebla lenta, casi humana. La verdad es que no es algo que se pueda explicar tan fácilmente. De pronto, otra vez, pensé que era el animal más triste del mundo, con sus gordos ojos que brillaban allí, aquella noche, como luciérnagas. Yo miraba también al fondo de sus pupilas. Dios mío, aquel perro creía que conseguiría romper la argolla. Creía que conseguiría escapar. En eso consistía todo.

Relato ganador de la I Edición del certamen de Relato África cuenta.