I Concurso África cuenta (Finalistas)

Nochebuena, 1963

Autor: Fernando Mugarza Arancio

Relato no disponible.

Relato finalista de la I Edición del Concurso África cuenta.


Africaria

Autor: José Luis Pereira Martín

Me he despertado en la arena junto al lago.

He de buscar a Kamante, pero primero tengo que lavarme la sangre del labio.

Entro en el agua. Está fría.

Le llaman lago, el lago Ukerewe, pero ni desde el precipicio más alto, el que más se mete dentro del agua, he podido ver nunca la otra orilla.

Me he despertado en la arena junto al lago.

He de buscar a Kamante, pero primero tengo que lavarme la sangre del labio.

Entro en el agua. Está fría.

Le llaman lago, el lago Ukerewe, pero ni desde el precipicio más alto, el que más se mete dentro del agua, he podido ver nunca la otra orilla.

Lo que sí se ve bien desde allí, las veces que he subido, es la pista desde donde despegan y aterrizan los aviones, un largo surco llano que entra en la tierra.

Me he despertado con la cara hinchada y el cuerpo lleno de golpes. Mi hermano me dio fuerte anoche. Kamante tiene catorce años ―sólo dos más que yo―, una enorme barriga y no demasiadas fuerzas, pero nunca me había pegado de esta manera.

Subo la cuesta para buscarle.

Arriba es donde dormimos, y donde vigilamos el cargo. Es un buen cacharro nuestro cargo. Lo construimos con una vieja moto y un gran cajón de chapa. Luego le pusimos unas alas como las de los aviones; para que no pesaran las fabricamos ensartando un montón de garrafas vacías, como los pescadores ensartan los peces que sacan del lago. Me duele el pecho al respirar por los golpes de Kamante, pero también puede ser que me duela por el pegamento. Nos pasamos los días oliendo pegamento. Los chicos rebañan las garrafas de la fábrica para sacar los restos de cola. Si anoche hubiera tenido un poco para oler no habría tenido tanta hambre, no se me habría ocurrido coger la lata donde cocíamos un poco de arroz.

No sé qué me pasó, me volví loco mirando los borbotones del agua, no había bastante arroz para los dos, nunca lo hay, y tenía un hambre que me moría. Aproveché que Kamante iba a por más ramas para el fuego, cogí la lata con los bordes de la camiseta y eché a correr. Pero me iba quemando los dedos y Kamante me perseguía. Solté la lata y el arroz fue a parar a la arena del lago.

Todavía me dio tiempo a comer un poco de arroz de la arena hasta que Kamante me alcanzó.

Entonces, llorando, me pegó y me pegó hasta que me desmayé.

Nunca le había visto tan enfadado por un poco de arroz.

Si anoche hubiera tenido un poco de cola para oler.

Llego arriba de la cuesta, pero los huecos donde dormimos están vacíos. Hay dos huecos en la tierra del suelo con nuestras formas –dormimos aquí desde que murió papá―, mi hueco es el más pequeño, el de Kamante tiene la forma de su barriga. Pero los dos están vacíos. Kamante se ha ido, y se ha llevado también el cargo.

Las ampollas que me hizo la lata me aguijonean los dedos.

Tendré que ir hasta el pueblo, tengo que buscar a Kamante, y me pongo a cruzar por la pista de los aviones.

En los bordes de la pista hay muchos de ellos rotos y despedazados. Seguro que Kamante cogió de algún viejo avión el cajón de chapa para nuestro cargo. Ahora hay un avión parado al principio de la pista, y los hombres lo están cargando con cajas llenas de peces. El avión tiene una enorme panza como la de Kamante, y parece que podría llevarse todos los peces del lago de una sola vez.

Pero no, todos los días los aviones van y vienen. De vez en cuando nos despierta alguno que despega por la noche, pero se está bien donde dormimos, apartados del pueblo, vigilando nuestro cargo. El aire es limpio aquí, y estamos a salvo de los chicos mayores y de los hombres del pueblo que siempre quieren hacerme daño. A Kamante no le quieren con ese barrigón. Kamante siempre me ha defendido, y hasta ahora, como mucho, sólo me había pegado algún guantazo si me ponía muy pesado hablando de papá. No sé por qué esta vez me habrá pegado tan fuerte.

Pero el nuestro es un buen sitio. Además del aire sin polvo, a los chicos pequeños del pueblo no les importa venir hasta nuestra cuesta, y darnos un puñado de arroz, una cabeza de pescado, o un poco de pegamento para lanzarse en nuestro cargo ladera abajo. Se montan encima y chillan sin parar hasta que el viaje termina, luego se bañan en el lago para quitarse el polvo que traen del pueblo. Yo los miro divertido desde arriba mientras bajan en el cargo cada vez a más velocidad, y en los saltos que el cargo pega contra los baches parece que en cualquier momento vaya a despegar, aunque siempre acaba frenado en la arena que hay junto al lago, eso sí, con alguna garrafa de menos en las alas que ha ido perdiendo por el camino, pero Kamante y yo corremos hasta abajo y se las volvemos a poner. Tiramos luego del cargo cuesta arriba y esperamos, hasta que otro chico llega y nos da alguna cosa para volverse a lanzar.

En el pueblo me encuentro con Mariammo. Han desaparecido los colores en el pueblo, menos el del polvo amarillo. Todo está cubierto por el polvo. Los camiones van y vienen de la fábrica de peces a la pista de los aviones durante el día, levantando una nube amarilla que sólo desaparece por la noche, dejando las casas, las cosas y la gente del mismo color. Sólo a Mariammo y a las chicas que cantan con ella se les ven los colores de la ropa y las caras negras y relucientes. Seguro que se lavan cada muy poco rato. Qué bien canta y qué guapa está, con el pañuelo blanco en la cabeza y la camisa roja y la corbata negra.

Mariammo canta con sus compañeras de la Misión en medio de la calle para que los pescadores no beban, y para que las mujeres no vayan con los hombres y con los pilotos de los aviones sólo por dinero.

Espero a que termine de cantar para preguntarle. Pero no ha visto a mi hermano.

Así que sigo el camino que va a la fábrica, donde limpian los peces y los meten en cajas para luego llenar los aviones. Es por el único sitio que mi hermano puede haber arrastrado el cargo.

Mientras cruzo el pueblo se ve bien a los niños que han llorado: en las caras amarillas por el polvo tienen dos surquitos negros, con la piel brillante por las lágrimas.

Y como no es bueno andar por el pueblo sin hacer nada, me pongo a caminar lo más deprisa que puedo mientras escucho la bonita voz de Mariammo que empieza a cantar de nuevo, y pienso en cuánto me gustaría estar en la Misión, cerca de Mariammo, porque ella y sus compañeras comen todos los días y llevan ropa bonita y limpia, pero mi padre nunca iba a la Iglesia, y ya no podrá ir más porque está muerto. Le sacaron en las redes igual que a los peces del lago. Casi se lo habían comido entero los cocodrilos. Le metieron en una caja, como a los peces de la fábrica, pero no le subieron a ningún avión.

Me empiezo a sentir mareado. El olor a podrido es cada vez mayor. Estoy cerca del secadero de la vieja Fatoma. La vieja seca las cabezas de los peces y las espinas en una ladera cerca del lago. Las coge de la montonera del suelo que han volcado los camiones y las coloca al sol sobre cañas clavadas en la tierra. El aire es tan malo aquí, que pica y me dan ganas de toser y vomitar, pero me aguanto las ganas para que no se entere la vieja de que la vigilo. Robaré la cabeza de un pez para Kamante, para que se le quite el enfado y vuelva a nuestra cuesta con el cargo.

Me escondo detrás de unos matorrales esperando que la vieja Fatoma se retire a la otra punta del secadero. La vieja tiene un ojo completamente cerrado por el aire venenoso que sueltan las cabezas podridas de los pescados, y como ya lleva el ojo guiñado, tiene muy buena puntería con las piedras.

En cuanto está cerca de la otra punta del secadero, corro y engancho una cabeza con todas las espinas. La vieja Fatoma se da cuenta y empieza a lanzarme piedras que caen muy cerca de mí, y aunque no puedo correr muy deprisa porque me duele el cuerpo por la paliza, tengo suerte y ninguna piedra me atina.

Estoy bien contento con lo que he robado, y sigo subiendo en busca de Kamante por el camino de los camiones. Mientras, le quito los gusanos a la cabeza y a la espina del pez. Me da bastante asco, porque se parece un poco a papá cuando lo sacaron del lago. Se lo comieron casi enterito los cocodrilos.

Pero no sólo hay que vigilar a los cocodrilos que descansan en las vueltas del lago, también hay que andarse con cuidado en el camino para que los camiones no te lleven por delante. No sé ni como ven con tanto polvo. Los camiones más limpios son los que llevan las cajas de pescado para cargarlas en los aviones, y los camiones sucios, vuelcan las cabezas y espinas en los secaderos como el de la vieja Fatoma. Levantan tanto polvo que apenas dejan ver nada. Kamante puede estar en cualquier sitio sin yo haberle visto. Pero tengo que encontrarle.

Las escamas de la cabeza del pez me han reventado las ampollas de los dedos, y me escuecen. También empiezo a tener sed. Pero ahora no puedo bajar hasta el lago. Un ruido ronco se junta al ruido de los camiones. El avión que vi antes cargando el pescado en la pista ha puesto en marcha los motores.

Sigo subiendo hacia las colinas, con mi cuerpo ya del mismo color amarillo que tiene el pueblo allí abajo, y me salgo de la polvareda del camino porque casi no puedo respirar. Si tuviera un poco de pegamento se me quitarían los dolores que siento en el cuerpo.

Cuando lo hueles se te quita el hambre, se te olvida todo, pero Kamante dice que cuando he olido bastante me vuelvo idiota y me pongo a cantar. Será porque me acuerdo de Mariammo y de lo bien que canta y de lo guapa que es, pero no puede ser que me acuerde porque cuando huelo el pegamento es como si me durmiera y luego me despierto en cualquier sitio sin saber cómo he llegado ni qué ha pasado.

Pero allí está, por fin le encuentro, allí está Kamante con el cargo detrás de él, cerca del precipicio que más se mete en el lago. Está mirando para el agua y yo le veo bien su enorme barriga.

También está amarillo del polvo, y desde aquí se parece al hueco que deja en la tierra donde dormimos.

Kamante debe de haber estado tirando del cargo durante toda la noche para llegar hasta ahí.

Empiezo a gritarle, y levanto y meneo la cabeza del pescado. Espero que no le recuerde a papá. Siempre se enfada si recuerdo a papá, y no quiero que me dé otra paliza. Nunca me había pegado así.

Pero Kamante no me oye. El avión que se lleva los peces del lago está despegando. Miro hacia atrás y le veo volar hacia mí. Cuando me pasa por encima siento la sombra fresca de su enorme panza.

En un momento pasará también por encima de Kamante. Se ha subido al cargo y va hacia el borde del precipicio cogiendo velocidad.

Salta al vacío justo cuando la sombra de un ala pasa por encima de él, como si quisiera subirse a ella.

Relato finalista de la I Edición del Concurso África cuenta.


Leshina y el pájaro de agua

Autor: Nieves Jurado Martínez

Hay mucha luz. Aquí siempre está todo inundado de luz. El sol brilla intenso en el cielo y cae encima de nosotros con tanta fuerza que incluso agrieta los campos y las gargantas de todo el mundo. Mi garganta está seca y también las de mis hermanos, hasta las de los perros están secas.

La claridad de ahí fuera me indica que ya ha amanecido. Debo levantarme para ir a por agua. Todos los días voy a por agua. El pozo nuevo está lejos, aunque no tanto como lo estaba la vieja charca, la que dicen que mató a tanta gente. Mi madre cree que mi hermanito murió por culpa del agua envenenada de la charca. El pobre se puso muy enfermo. En ocasiones tiritaba tanto que mi madre se tenía que acostar con él y lo tapaba con su cuerpo hasta que se dormía agotado y vencido por la fiebre. Mi hermano sólo lloró los primeros días y después, nada. Se calló, se calló por completo. Yo creo que sus ojos se secaron como la tierra y como las gargantas. La verdad es que aquí los niños pequeños tienen poca fuerza para llorar. El hambre les hace estar siempre adormecidos; viven indiferentes a cualquier cosa que pasa por su lado. Les hablan pero no oyen, y cuando los tocan o los miran apenan ven a quien tienen delante. Los niños mueren, y las madres mueren; todos mueren demasiado pronto. Los pueblos se quedan vacíos y muertos.

Yo vivo en una pequeña aldea en mitad de una tierra seca, entre la ciudad y la montaña. Mi casa la construyó mi padre con barro antes de casarse con mi madre y ya casi no cabemos en ella. Tengo doce años y soy la mayor de cuatro hermanos, y la única niña. Por eso soy la encargada de traer el agua todos los días. Mi madre dice que esa es una labor muy importante y que debo estar muy orgullosa de hacerla. A mí me gusta ayudar a mi familia, porque la familia es importante, la comunidad es importante.

Todas la mañanas salimos unas cuantas niñas de la aldea a por agua. Llevamos unos bidones azules demasiado grandes para nosotras. El polvo lo llena todo, nos abraza con crueldad y nos envuelve hasta que se apodera de nuestras bocas y de nuestros ojos. Los días de viento nos golpea los brazos, las piernas y hasta la cara en un afán de impedirnos el paso. Pero nosotras continuamos cargando con los bidones, porque nuestras familias esperan el agua, el agua limpia que les llevamos todos los días.

Los extranjeros se pierden muy a menudo por esta zona y el calor los aplasta y los deja medio asfixiados y cocidos. Una vez llegaron a la aldea unos hombres blancos, de esos que vienen de vez en cuando con camiones de comida y de medicinas; no conseguían localizar la carretera que conducía a la ciudad. Según ellos sólo habían encontrado una llanura constante y expuesta a un sol de justicia. Aseguraban que todos los caminos eran iguales y que no había forma de llegar a ningún sitio. Pero eso no es verdad, en la aldea sabemos muy bien que las carreteras son distintas. Cada una tiene algo que la distingue y la hace única, sólo es cuestión de conocerlas. La mayoría son simples caminos llenos de arena y polvo; otras, sin embargo, están hechas de asfalto que desprende fuego cuando el sol cuelga en lo más alto del cielo, y todas llevan a algún lugar, por muy pequeño que sea. Pero los extranjeros creen que lo saben todo y cuando se enfrentan al calor de mi tierra, se queman en el acto y su viaje se vuelve difícil de soportar. Ellos no sirven para viajar por este país tan distinto al suyo, porque sus cuerpos pálidos son frágiles como las ramas secas.

Las otras chicas y yo hemos salido temprano con nuestros bidones, cada una llevamos dos: uno en una mano y otro sobre nuestras cabezas. En la aldea nos han dicho antes de salir que vayamos por el camino estrecho, aunque haya un poco más de distancia hasta el pozo, y no por la carretera ancha y de trayecto más corto que tomamos casi todos los días, porque desde hace una semana los soldados han regresado a la zona y circulan por ella sin descanso, con potentes armas y grandes vehículos militares. Dicen que ha estallado otra guerra; bueno, no sé de qué se extrañan, en mi país siempre hay guerras. Es entonces cuando los soldados toman las ciudades, las aldeas y las carreteras. Matan a la gente, queman las casas y lo roban todo, la comida, los animales, hasta se llevan a nuestros hermanos. Les da igual la edad de los niños, porque, aunque sean demasiado pequeños, les dan un fusil y les obligan a disparan. A las niñas nos hacen daño y nos venden o nos regalan a otros soldados. Tengo mucho miedo. Hay soldados por todas partes, incluso pueden venir a pie por este estrecho camino. Espero que consigamos regresar a la aldea con el agua porque todos la están esperando.

Mientras andamos, mis compañeras entonan canciones típicas de nuestro pueblo. Canciones que ya cantaban nuestros antepasados y que los mayores nos han enseñado. Cantan y ríen ajenas a todo el dolor de la guerra. Yo me uno a ellas, creo que es mejor cantar que llorar.

Sería maravilloso que hubiera agua en la aldea, así no tendríamos que andar todos los días tantos kilómetros para conseguir llenar un par de pesados bidones. Una mañana le dije a mi madre que cuando sea mayor inventaré una máquina voladora parecida a uno de esos aviones que, a veces, vuelan por encima de nuestros campos. Pero mi máquina no serviría para llevar personas, serviría para llevar agua. Tendría forma de un enorme pájaro y sus grandes alas estarían hechas con bidones azules, con muchos bidones que llenaría con el agua del pozo nuevo. O mejor aún, los bidones serían mágicos, porque nunca se agotarían, siempre tendrían agua. La llamaría el Pájaro del Agua, y, con esta máquina, volaría por el cielo llevando el preciado líquido a todas las aldeas y pueblos de mi país. La gente se alegraría al verme llegar por el horizonte y todos gritarían:

― ¡Allí viene Leshina con su Pájaro del Agua!

Las niñas no tendrían que caminar más cargadas con el duro peso del agua porque las gargantas y las tierras dejarían de estar secas.

Mi madre se enfada mucho y me reprende cuando le cuento estas historias. Dice que una niña mayor como yo, debe obedecer a sus padres y no pensar en esas tonterías. Creo que no hago nada malo cuando me imagino volando en mi Pájaro del Agua. Yo sólo deseo regar los campos y calmar la sed de mi gente, nada más.

Sé que la sequía y la guerra ha destrozado el país. Muchas familias han perdido a algún ser querido, o a varios, o incluso a todos. Cuando los rebaños se mueren y los campos se secan la gente abandona las aldeas y se marcha a la ciudad. Yo no quiero irme a la ciudad. Allí es peor, porque no hay trabajo y las personas esperan en la calle que algún camión reparta comida o agua o medicinas. La gente no dispone de nada, ni siquiera un trozo de tierra que cultivar o un poco de ganado con el que poder vivir. En la ciudad la vida se interrumpe sin que nadie te eche de menos y los que intentan regresar al campo se dan cuenta de que este ya no produce nada. Con mi Pájaro del Agua esto no ocurriría nunca.

El camino de regreso a la aldea se hace largo. Los bidones bailan sobre nuestras cabezas y debemos ir con cuidado de no derramar ni una sola gota de agua. El sol brilla tanto que el azul del cielo se ha vuelto lechoso. La luz es inmensa y el horizonte es una trémula línea que huye de nosotras. Estamos en la estación seca del año, cuando la vida se aletarga. Los animales y la gente se quedan casi inmóviles, sentados a la sombra de cualquier árbol solitario. Todos están quietos, adormecidos, sólo van y vienen lo necesario; sin embargo, el aire áspero y seco ondula y se mueve inquieto. Es en esta época cuando resurgen las viejas historias. Los ancianos nos cuentan antiguas leyendas que han ido pasando de boca en boca a través de las generaciones. Algún día contarán la historia de mi Pájaro del Agua y lo harán tantas veces y durante tantos años que se convertirá en una leyenda: “La leyenda de Leshina y el Pájaro del Agua”.

Unas voces interrumpen mis pensamientos. Las chicas se han detenido y señalan hacia el frente con dedos temblorosos. Cuando miro en esa dirección me doy cuenta de que varias columnas de humo gris suben despacio hacia el cielo. Allí está mi aldea. Los soldados han llegado. Algunas de las niñas lloran y gritan asustadas. Otras, simplemente se sientan en el suelo, junto a sus bidones azules. Yo continúo andando, mi familia espera el agua. Conforme me acerco, el olor a quemado se cuela por mi nariz y se clava en mi garganta. Las chozas arden. Miro a mi alrededor y sólo veo cadáveres. Cuerpos muertos de personas y de animales mutilados y desperdigados por el suelo.

Ha pasado la noche y la luz ha regresado más rabiosa que nunca. Mi aldea está muerta y los que quedamos no tenemos a quién acudir ni a nadie de quién esperar algo. He llenado unos cuencos de agua, del agua que aún queda en los bidones que traje… ¿cuándo?, ¿ayer?, ¿o fue hace más tiempo?, ¿una semana?, ¿una eternidad? No me acuerdo. Una anciana me ha dicho que me ayudará a lavar los cuerpos de mi familia antes de ser enterrados.

Estoy sola. Los pocos que sobrevivieron a la matanza se han marchado a la ciudad, pero yo no he querido ir con ellos. La ciudad no me interesa, no tiene alma, ni es especial. Mañana saldré a buscar un lugar diferente, un lugar único, mágico, donde poder estar tranquila para fabricar mi Pájaro del Agua; porque he soñado con él, y sé que su espíritu me espera con las alas extendidas en algún rincón de África.

Relato finalista de la I Edición del Concurso África cuenta.