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Actividades: Charla de Eloy Tizón
 
 
Charla de Eloy Tizón
El miércoles, 26 de junio de 2002, se celebró en la Biblioteca Pública Central de Madrid la clausura del curso con una charla-coloquio de la mano del escritor Eloy Tizón.

La presentación corrió a cargo de Isabel Cañelles. Después Eloy Tizón dio una interesantísima charla sobre su proceso de creación y, a continuación, se estableció un debate con los asistentes sobre varios aspectos de la obra del escritor, sobre sus técnicas y costumbres y sobre la creación literaria en general.


Sobre Eloy Tizón
Eloy Tizón nace en Madrid en 1964. A los 20 años, en 1984, publica el libro de poesía La página amenazada (Ed. Arnao). En 1992, Anagrama publica su primer libro de narrativa, Velocidad de los jardines, con once relatos sorprendentes. En 1995 queda finalista en el Premio Herralde de Novela con Seda salvaje (Ed. Anagrama). En 2001 sale a la luz Labia (Ed. Anagrama).

Presentación de Isabel Cañelles
Conocí a Eloy en 1996, unas semanas antes de hacerle una entrevista para el Taller Fuentetaja. De eso hace ya... como seis años. El tiempo se pasa volando, sobre todo cuando se trata de Eloy. Desde entonces, desde que lo conocí, lo he seguido de cerca. Y se me ocurre que la mejor manera de presentároslo es contaros el fruto de ese espionaje. Cuando lo vi por primera vez, hacía poco que había publicado su primera novela, Seda salvaje, que quedó finalista en el Premio Herralde. Yo, por mi lado, era la primera vez que veía a un escritor de cerca, y reconozco que estaba bastante asustada. Había quedado con él en el Café Central y no sabía qué diablos se le dice a un escritor, qué ropa hay que ponerse para quedar con un escritor, qué se pide uno de beber junto a un escritor... Después, con el tiempo, he aprendido que lo que hay que hacer con un escritor es leerlo. Para eso, al fin y al cabo, están los escritores. Y decirle lo que uno piensa, así, sin más, como vais a hacer vosotros dentro de un rato, porque a los buenos escritores les encanta que los lean y nunca se desalientan.

De la entrevista que le hice a Eloy poco tiempo después de conocerlo, saqué la conclusión de que en la vida no te dan nada gratis, y que si quieres llegar a escribir bien, tienes que dedicarle mucho-mucho tiempo a los detalles. Y también tener nociones de pretecnología, pues antes de escribir en ordenador, Eloy hacía una especie de collages de cinco centímetros de grosor con correcciones superpuestas, pegadas unas sobre otras. Me acuerdo que cuando leí el relato «Velocidad de los jardines» me sorprendió la cuidadosa selección de los nombres de los personajes: Olivia Reyes, Mercedes Cifuentes, Marcial Escribano, Susana Peinado, Ángel Andrés Corominas, las gemelas Estévez... En fin, cada nombre adquiere, sólo con pronunciarlo, una suerte de magnetismo que atrae a los recuerdos adolescentes... aunque en realidad no se sabe si son los nombres los que evocan determinadas acciones o son las acciones del relato las que llaman por los únicos nombres posibles a sus ejecutores. En cualquier caso, desde entonces, a mis alumnos siempre les digo que tengan cuidadito con los nombres de los personajes. Me parece un síntoma malísimo que si el protagonista se llama Juan al principio del cuento, a la mitad el autor se equivoque y lo llame Pedro. Si al propio autor no le importa la identidad de sus personajes... imaginaos lo que le va a importar al lector lo que lee. Así que eso fue lo primero que aprendí de Eloy.

Después de eso, aprendí que a un escritor —a un buen escritor— no tienes que meterle prisas. Ya cuando conocí a Eloy, después de que publicara su primera novela en 1995, se traía algo entre manos. De vez en cuando le preguntaba: "¿Cómo va eso?". Él ponía cara de póker y decía: "Va". Hasta que dejé de preguntarle, allá por el 98. Y un día del 2001 me vino con el manuscrito de Labia debajo del brazo. Claro, después de cuatro años de espera, la expectación es grande. Pero la escritura es uno de esos oficios en que el paso del tiempo nunca te defrauda. Eso fue lo segundo que aprendí de Eloy: el tiempo siempre juega en favor del escritor. En los cuatro años que tardó Eloy en escribir Labia, las librerías se inundaban de nuevas publicaciones. Escritores como Soledad Puértolas, Almudena Grandes o Juan José Millás, cigarras de la escritura, nos bombardeaban por todas partes con artículos, novelas o crónicas. Mientras tanto Eloy, como una hormiguita, iba construyendo el reino de Carlomagno, piedra por piedra. Y se nota, claro que se nota. Es otra cosa que les digo a mis alumnos cuando me hablan de la espontaneidad. En la escritura, la espontaneidad y la naturalidad son un truco más, una técnica que se aplica con la herramienta de la paciencia, el esfuerzo, el tesón y las eternas correcciones.

Desde entonces, yo ya no le pregunto a Eloy para cuándo el próximo libro, porque sé que no me defraudará. Me defraudaría, fijaos, si en seis meses se escribiera una novela. Eso sí que sería terrible. Porque, caray, se notaría. A un buen lector —y creo que Eloy quiere buenos lectores— se le puede engañar con las apariciones televisivas, con la publicidad, con los reportajes a todo color... pero no se le puede engañar cuando llega la hora de la lectura. Él es el experto en ese momento, y cada minuto de menos que el escritor haya dedicado a pulir su obra, el lector lo notará como una afrenta por el tiempo perdido y el dinero gastado.

Así que desde que publicó Labia, decía, ya no le pregunto en qué anda; es él el que me dice, de vez en cuando: "Bueno. Te cuento. Ando en esto o en lo de más allá", con esa parsimonia suya, mientras los moteros de la escritura lo adelantan por la derecha y por la izquierda. Ante eso, encoge los hombros, al volante de su seiscientos. "Ya se estamparán", pienso yo en el asiento del copiloto. Y hablamos de cómo está el mercado, de lo difícil que resulta hoy en día encontrar algo decente que leer, de que muchos escritores gastan la mayor parte de su tiempo y de su ingenio en el márketing, y muy poquito en una especie de escritura automática que es un desperdicio, la verdad. Y esa es otra cosa que he aprendido con Eloy: que no hay que venderse, joder, que la integridad de un escritor se fragua ante la hoja en blanco, y no frente a las cámaras. Y que más vale veinte lectores exigentes que cuatro millones aturdidos cuyas lecturas les aturden aún más.

O sea, que tres cosas importantísimas he aprendido observando a Eloy: que en la literatura hay que darle importancia a los detalles; que el tiempo siempre actúa en favor de un escritor laborioso; y que no hay que vender el alma al diablo a cambio de unos minutos de gloria.

Por esas tres reglas de oro ya merecería la pena haberlo conocido. Pero de regalo me brindó su amistad, su cariño y su sentido común. Es más de lo que se puede pedir y, sin embargo, me atreví a pedirle que se dejara compartir por un rato con un montón de gente que semana a semana aprenden a ser como él.

Pues aquí lo tenéis por un rato. Ha sido un placer presentároslo, ya que para mí es muy importante tanto la persona que se encuentra a este lado de la mesa como los que estáis allí, al otro lado. Muchas gracias a todos por haber venido, a los de aquí y a los de allá, que al fin y al cabo, estamos todos dentro del mismo seiscientos.

Isabel Cañelles
Junio de 2002

Sobre el proceso de creación, por Eloy Tizón
Para mí resulta difícil explicar de forma sencilla y en pocas palabras mi proceso creativo, porque a veces tendemos a tratar de analizar y verbalizar racionalmente ciertos fenómenos que están envueltos en bruma. En un cuento, en una película, no hay que pretender «entenderlo» todo; es bueno que haya zonas de penumbra. En el terreno del arte, tenemos que acostumbrarnos a convivir con cierta dosis de ambigüedad. No debemos olvidar que toda forma de creación tiene un componente misterioso. Crear algo es misterioso. Yo soy misterioso. Vosotros sois misteriosos. Dentro de esa gran constelación de misterios que es la literatura, que a su vez está compuesta por otros muchos pequeños misterios y constelaciones menores, lo más enigmático de todo el proceso, para mí, sigue siendo el instante en que surge la idea inicial. El chispazo que hace que se ponga en marcha toda la maquinaria. El relámpago alucinatorio que aparece por sorpresa, nos acelera el pulso y nos advierte: «Ahora». Este flechazo es el responsable de que uno se enamore de la literatura con un amor eterno. Eso es lo único que no es trabajo. Excepto eso, todo el resto es trabajo. Trabajo duro, además.

¿De dónde vendrá esa chispa casi sagrada que nos obliga a realizar ese acto insensato que es contar una historia? Ese rapto de inspiración repentina, o como queráis llamarlo, por regla general nos coge desprevenidos. En cuestión de segundos uno pasa de ir en metro a volar en alfombra mágica. Del fondo de la mente una forma se destaca, adquiere ritmo, relieve, se impone; puede tratarse de un recuerdo borroso que vuelve del pasado, del pozo de nuestra infancia, de algo que cae del futuro, o de algo completamente inventado. Para el caso da lo mismo; pero sea como sea, puede decirse que en ese fogonazo inicial está ya implícito todo el material, página a página, si bien de forma desenfocada. Hemos tomado la decisión de escribir sobre un asunto concreto. El primer paso está dado. Ahora hace falta enfocarlo. El resto, insisto, ya no es más que trabajo.

En lo que a mí respecta, os confieso que yo no pertenezco a ese grupo de autores que afirman que en el momento de ponerse a escribir ya lo tienen todo claro en la cabeza. No; mi caso es diferente. Yo no veo con claridad el argumento, ni los personajes, ni casi nada. Las cosas se van aclarando a medida que voy escribiendo. La escritura surge de la escritura. El libro nace del libro. Las palabras van tirando unas de otras. Digamos que en esa fase inicial yo lo único que tengo claro es el sueño del libro. Intuyo el efecto emocional que su lectura causaría en mí, en el supuesto de que existiese. Pero todavía no existe. Tengo, pues, que inventar la historia para que produzca ese determinado efecto, y no otro. Cuanto más me acerque a mi sueño, más cerca estaré de conseguir mi propósito y quedarme tranquilo.

Hay que desarrollar un oído finísimo, un oído de músico, para aprender a escuchar y respetar las necesidades de la escritura, que no siempre tienen que coincidir con las nuestras. Silencio. Si uno se calla y escucha con atención el tiempo suficiente, verá cómo el libro habla. Se dirige a nosotros en voz baja, llamándonos por nuestro nombre, y nos susurra algo al oído. La historia pide cosas y nosotros debemos dárselas. Es una relación de mutua dependencia. En todos los sentidos es una relación, como ya he insinuado, amorosa. Aprender qué es beneficioso y qué es perjudicial para lo que estamos narrando es, precisamente, el camino que nos conducirá a nuestra meta, que no es otra que convertirnos en escritores.

Así pues, yo no parto de una historia definida, con personajes nítidos y una acción trazada con tiralíneas, sino del deseo de que haya una historia (subrayo esto). Escribir, para mí, es tener ganas de escribir. Ganas de que haya algo donde antes no había nada. Ganas de llenar un hueco. De cubrir un vacío. De salvar del olvido algo, algo pequeño, irrelevante, de poco peso, como el color del cielo una tarde, el traje arrugado de Pablo o las mechas en la melena de Mónica. Cualquier cosa. Soy muy visual (lo era ya antes de dedicarme a escribir; mi primera vocación fue la pintura), por lo que siempre necesito apoyarme en imágenes. Todo lo que he escrito hasta ahora, bueno o malo, está perforado por una mirada, la mía, y confío en que el temblor de esa mirada aporte la intensidad a la prosa.

Yo he escrito ficciones que han surgido de una manera espontánea y gratificante (las menos), y otras que han exigido una ardua labor de carpintería y ajuste (las más) que se ha prolongado durante meses y meses. El cuento Velocidad de los jardines, por ejemplo, que dio título a mi libro de relatos y que luego ha sido recogido en varias antologías, fue uno de esos cuentos agradecidos que surgen con facilidad, cuyo tono se impone desde el principio y el único deber de uno es hacerse a un lado y estorbar lo menos posible. Como mis relatos suelen tener anécdotas mínimas (o no tener ninguna), dependo poco de los giros argumentales y estoy poco atado a la trama. En cambio, para mí es de vital importancia encontrar el tono y la atmósfera adecuados, sin los cuales estoy perdido y soy incapaz de trazar ni una línea. Velocidad de los jardines fue un cuento generoso en este sentido; recuerdo que lo escribí en dos fines de semana consecutivos de primavera separados por un paréntesis de infierno laboralen una especie de trance alucinógeno y, en contra de mi costumbre, apenas lo corregí después, porque considero que en cuentos así las posibles imperfecciones son una virtud, forman parte de su encanto y el exceso de retoques es contraproducente; para escribir algo así me atrevería a decir incluso que no hace falta ser escritor; cuanto menos «escritor» entre comillasse sea, mejor; se trata de dejarse penetrar por el tema y abrir todos los poros; basta con mantener la concentración a toda costa y levitar y mantenerse en vilo en el aire, a pocos centímetros del suelo, flotando, que es lo que constituye la verdadera dificultad. Es un cuento de paso que trata del fin de la juventud y el comienzo del final: las chicas, los chicos, la herida del primer amor, el institutoŠ Es un sollozo del tiempo. Algo así sólo puede realizarse sin titubeos, de un solo golpe respiratorio, mediante un doble salto mortal sin red que no admite medias tintas: es sí o no, blanco o negro, cara o cruz, todo o nada.

Pero estos casos son raros. Lo normal, para mí, es el trabajo constante, el esfuerzo sostenido y cotidiano, la corrección infinita, la paciente espera de que un instante de gracia aparezca y me ilumine. Instantes así lo justifican todo. Claro que para que ese resplandor se produzca hace falta mucho trabajo previo y romper muchos papeles. Yo tenía escrito un libro de cuentos y me faltaba el último, la pieza final del puzzle, el que yo intuía que sería el decisivo, el que confiaba en que daría sentido y unidad a todo el conjunto. Velocidad de los jardines lo escribí con rapidez, es cierto, pero es que el tema me perseguía desde hacía años. Es raro: yo sabía que tarde o temprano escribiría un cuento sobre estudiantes, igual que otros saben que heredarán un álbum de sellos. Tenía listos los decorados un instituto de barrio; tenía el argumento (basado en una anécdota autobiográfica); tenía el sentimiento (de pérdida) que quería reflejar; y por último tenía lo que siempre me ha acompañado durante toda mi vida como una sombra, desde que tengo uso de razón, y ha determinado en gran medida que me dedique a escribir: la obsesión por el tiempo y lo irreversible de su transcurso y la pregunta de si existe alguna manera, la que sea, por irracional que parezca, de detenerlo en la prosa; de congelar los relojes. Es decir, que lo tenía todoŠ Todo, excepto el cuento. Lo único que me faltaba era encontrar el tono adecuado con que escribirlo, ni muy serio ni demasiado cómico. Tuve suerte, he de admitirlo. Un día, por azar, encontré el tono. Encontré mi voz. Agridulce. Un tono de voz agridulce, envuelto en poesía, hecho a partes iguales de humor, tristeza y ternura. En esa voz me reconocí, reconocí mi voz, reconocí mi mundo, desde entonces tengo voz y puedo hablar y escribir y dirigirme al mundo y estar aquí con vosotros y a partir de ese momento me he dedicado a explorar y ampliar sus posibilidades fonográficas. Todos mis libros son la historia de una voz, la autobiografía de una mirada. Todas las historias que he escrito tratan, en mayor o menor medida, sobre la orfandad del ser humano.

Así sucede en mi siguiente novela, Seda salvaje, narrada en primera persona por un hombre que trabaja en un despacho y está a punto de casarse y está obsesionado por la vida de las demás personas que le rodean, especialmente mujeres, y que se dedica a espiarlas en secreto y a meter la mano en sus bolsos y que yo defino diciendo que ese hombre es un carterista de las emociones. En este caso fue la voz del protagonista la que se me impuso de súbito, sin titubeos, y yo acepté la alegría y el reto de ir siguiendo sus andanzas por oficinas y descampados, y fui el primer sorprendido. Cada mañana de trabajo en la novela (pues yo, si no le dicho antes, escribo por las mañanas, y a mano) era una nueva sorpresa, aquello iba desarrollándose en forma de espiral y tomaba giros insospechados que yo no podía imaginar antes de sentarme a escribirlos. Decir que Seda salvaje se escribió solo es una exageración evidente, pues detrás de todo libro hay un esfuerzo implacable, casi inhumano, de disciplina y perseverancia, pero es cierto que tener la mente del personaje principal clara desde el principio facilitó mucho las cosas.

Lo que busco cuando escribo es sorprenderme a mí mismo. Busco emociones estéticas fuertes. Cuando escribo, tengo la sensación subjetiva de que mi cerebro trabaja a cientos de revoluciones por minuto. En ese estado de excitación nerviosa, con la conciencia ligeramente alterada, digamos que puedo pensar sin dificultad en varias cosas a la vez. No sé por qué, se me ocurren asociaciones imprevistas de ideas ­a veces disparatadasque, en circunstancias normales, no se me ocurrirían jamás. Es como si las paredes del cerebro se ensancharan, abrazando el universo entero, y en esa cosmogonía mi corazón bombease una sangre más ligera capaz de recorrer distancias enormes sin moverme de mi sitio. Puedo viajar por el tiempo y el espacio, contemplar con claridad el pasado y el futuro en una danza de siglos, sobrevolar ciudades derruidas en el fondo del mar y descubrir, entre las ruinas submarinas y los arcos por donde pasan nadando peces de colores, una sortija que brilla. Y oír voces. También puedo escuchar voces. Las voces, en mi escritura, me doy cuenta, cada vez tienen más importancia. Por este motivo Labia, mi último libro publicado hasta la fecha, es una historia de voces. Es un libro hecho de voces. De historias que se desdoblan y cuentan otras historias. Una suma de fragmentos cuyo sonido apunta a una cierta teoría en el arte del ensamblaje. Se trata de mi libro más íntimo, el que me toca más de cerca la memoria afectiva. Allí puse buena parte de mi infancia, la más pura, la que tiene que ver con el descubrimiento del arte y la emoción de su música. Tardé cuatro años en escribirlo, alternando épocas de exaltación con épocas de desánimo. Como siempre. Si no me equivoco mucho, en él resuena una pregunta que para mí es acuciante: «¿Puede un relato salvar el mundo?»

Dar respuesta literaria a esta pregunta fue el propósito de Labia.

Narrar, en muchos casos, es exponerse. Exponerse a fracasar, a decir tonterías, a hacer el ridículo, a no estar a la altura, a que no nos entiendan o a que nos tomen por locos. Por debajo de toda historia que se narra, yace escondida otra historia invisible: la de un ser humano, como vosotros o yo, con sus virtudes y sus defectos, que ha tenido el coraje de asumir un riesgo. Escribir es un viaje extraño lleno de extraños peligros. La historia de la literatura, pues, es en gran medida la historia de un miedo. O por mejor decir, las diferentes versiones de cómo determinados seres humanos han aprendido a convivir con sus miedos por obra y gracia de la palabra. Sin miedo no hay escritura. Debemos ser conscientes de ello al enfrentarnos al folio en blanco, a despecho de todos los obstáculos, de todas las dificultades, a pesar de todos los miedos. Escribir siempre requiere vencer una cierta resistencia, atreverse a dar un gran salto en el vacío. Y debajo de nosotros nunca hay red. Si recordais las palabras de Holden Caufield al final de El guardián entre el centento, éste aconseja: «No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo». Para escribir, en efecto, hace falta estar dispuesto a soportar la carga, más dolorosa de lo que a simple vista parece, de echar de menos a todo el mundo.

Nada me gustaría más que mis últimas palabras sirvieran como aliciente, aunque fuese mínimo, para animaros a superar vuestros miedos; me daría por satisfecho si alguna de las frases que os he dicho aquí hoy os conducen al escritorio, a descubrir vuestra voz y encontrar vuestra hermosura.

Gracias por escucharme.

© Eloy Tizón
26 de junio, 2002

 
 
 
   

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