
Señores y, cada vez más, pero de poco me sirve, señoras: Harto de amores mudos, me dirijo a ustedes para hacerles saber que tantos años de trabajos, estudios y discusiones no han servido de nada. Al menos en lo que a mí se refiere; no obstante, tras interrogar a amigos y conocidos, la frustración es colectiva, y de ahí nace tanta impotencia y tan malos amores, que podrían explicar por sí solos el porqué de este mundo hostil; pero no es en representación de nadie que les escribo.
Es una cuestión personal, porque después de años de sufrimiento, de tortura, su incapacidad se ha revelado en su grado más extremo.
A pesar de vivir enmudecido y enamorado, algo de cordura me queda, y la empleo en buscar salidas a mi situación. Leo en la prensa que han lanzado ustedes un nuevo diccionario, el Panhispánico, que anuncian como un compendio definitivo. Lo compro, claro, con el deseo de encontrar por fin las palabras que traduzcan al papel el sentimiento que me desborda.
Otras veces me enamoré, e intenté encontrar los términos precisos para contarlo con similar suerte que en la actualidad. A cada intento fallido le sucedió una ruptura sentimental. Es evidente de quién es la culpa: suya. Yo las quise, a algunas aún las recuerdo, pero nunca les pude decir cuánto, ni cómo, ni el grado de felicidad que alcancé a su lado.
En esta ocasión, con B, no me puedo permitir el lujo de que este fracaso se repita. De ahí la compra del dichoso Panhispánico; de ahí esta carta, una vez descubierto el escaso valor de la nueva adquisición a la hora de hallar un vocabulario esclarecedor.
Esta ausencia de verbos y adjetivos, se lo aseguro, no será por falta de inversión.
He gastado como un vividor de rentas.
Compro todos los diccionarios que recomiendan ustedes: todas las reediciones del de la lengua española, el de ortografía, los de gramática (tanto los que anuncian una nueva como otra descriptiva), el primitivo, el lexicográfico, el de refranes y, por supuesto, el de desengaños amorosos. También busqué entre los diccionarios de sinónimos, de antónimos, médico-biológico (fue en mi época mas racionalista), filosóficos e, incluso, a través de un impulso mezquino, en diccionarios económicos.
Nada.
Por eso les escribo, para expresarles mi odio, mi absoluto desprecio hacia su trabajo, que brota con la misma fuerza que el sentimiento, por ahora indescriptible, que me despierta B, una mujer que no se merece estas miserias léxicas. Las mejores palabras de ustedes que encontré para hablar de ella son tan miserables que ni se me pasa por la cabeza decírselas a B. Su trabajo y el de sus predecesores académicos resultan inútiles frente a esta sensación, pero, también, frente a la misma B. El vocabulario que ofrecen es tan avaro, y ella tan rica. Esos diccionarios suyos están tan muertos, y B tan viva, que parece que en sus tomos se habla de un planeta y B viva en otro.
No quiero alargarme más. Es imposible que puedan ustedes comparar su roñosa aportación a mi problema, ya que no conocen a B, por desgracia para ustedes; aunque, eso sí, me gustaría recomendarles que, antes de lanzar un nuevo diccionario, reflexionen ustedes sobre el significado de un proverbio (extraído, obviamente, del Diccionario de Proverbios y Refranes, otra obra consultada sin éxito): con la mentira se puede llegar muy lejos, pero sin esperanza de retorno. A pesar de todo, yo tengo la esperanza de que ustedes, miembros de la Real Academia Española, encuentren palabras verdaderas para describir a B y lo que siento por ella.
Nota: Carta finalista en el V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.