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A través del ojo de una cerradura, por M. A. Villanueva
 
 
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Publicado el Domingo, 24 abril a las 21:00:00
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Se mudó al edificio a principios de invierno. Por aquellos días nadie imaginó que las palabras se le harían como una pasta pegada al fondo de la garganta. Estas y aquellas, salvajes, aplastadas y torpes en un desplumerío de gallinero hacia fuera de un costal roto y remendado por todos lados.

Tercer finalista del II Concurso de Plagio Creativo de Escuela de Escritores

Fue por esas mismas fechas que su nuevo departamento se volvió en el rincón para guardarse poco a poco del mundo de ella, abrazado a sí mismo y al calor de su noche detrás de la puerta, evitando salir al corredor y más por las tardes cuando ella regresaba de la natación o por las mañanas cuando ella salía a barrer las hojas muertas del viento del sur o en los tropiezos casuales de pirueta al mediodía cuando sola su intuición de ella rondaba por ahí. Por el corredor donde su consagrado hipnotismo aún esperaba ansioso que ella permitiera, siempre sin saberlo, que su puerta cerrada fuera menos puerta sólo para él.

Así hecho ovillo sobre la alfombra blanca de su habitación oscura, en silencio inmóvil detrás de la puerta sospechaba su aroma y se le ocurrían como jardines de flores de durazno, de hibiscos, de rosas de damasco, de plumerías y girasoles silvestres envueltos en aljófares. Luego harto las despreciaba y se olvidaba, pero siempre -siempre- terminaba por regresar a su ejercicio, a su cultivo de palabras imaginarias para ella. Entonces las tomaba dentro de su cabeza, cálidas al rojo entre sus dedos y las medía, las pesaba, las sopesaba. Con el tiempo recuperaba el gusto por olerlas, las olfateaba con narices remachadas de desconfianza o las aspiraba con pereza de catador de vino tinto e incluso las lamía: a sorbitos. A veces, las picoteaba con timidez de pájaro y hasta las masticaba, las comía, las digería o no y las regurgitaba. Otras las abrazaba, las besaba, las bailaba, las zapateaba como jugando de las patas al gato siamés, las doblaba de un lado a otro y paso doble con giro rematado en salto del tigre. Con el tiempo mudo las hipaba en pompas sin respiro, pero con más, atrevido, las robaba del diario de la bolsa rota de su gemelo el trotamundos, celándolas tendido boca abajo, aferrado a las palabras, con la mirada fija detrás del hálito de luz -espejo de sombras bajo mi puerta-, donde se quedaba dormido con los ojos abiertos durante toda la noche aunque pronto después en la madrugada cambiara de opinión y cavilara su malbaratado comercio o abandono.

Ahí se quedó, en la espera, desde la llegada de su indecisión y se le olvidó ser. Y permaneció incapaz de otra cosa durante días solitarios y noches oscuras, concentrado en ese punto negro y sobre las íes que se crecía profundo dentro de él. Ese punto hueco alguna vez imperceptible donde su yo arcaico le grababa ilusionado como vegetaciones de entre muralla y castillo o, cinceladas en piedra, letra por letra de lápidas de poetas desconocidos, miniaturas artífices de recetas, encantamientos y hasta maleficios medievales en bebedizo de cáliz para el cortejo, pero sobre todo, su dedicación a los versos compuestos por palabras que pensaba decirle y que no acababan de existir, como las espirales de un fuego incipiente. A veces sueño con una página en blanco que se dobla y se frota hasta dibujar en carbón la silueta de tus muslos ?le susurraba al hálito de luz-, con el tiempo vestido de una noche, sin la esperanza gris de amanecer jamás, aquí en el libro que escribo sobre tu cuerpo. Luego se despertaba chorreándose la boca entre palabras de sonámbulo, lejos del fuego, embelesado con la alfombra que reflejaba una oscuridad abultada como de mujer de rodillas espiando del otro lado de la puerta mientras, solo, el silencio del departamento le respondía, burlándose.

E incluso cuando ella asomaba su torpeza por la ventana para reclamarle el porqué de los tufillos del departamento, la estupidez en él no daba muestras de desconcierto. Por las noches no había lugar para la voz, ni otras palabras, ni nada más y siempre era de noche. Aún con los ojos abiertos sus sentidos ya se habían dormido de espaldas al mañana del mundo, en el mismo lugar donde le escribiría como un cínico: Si en una tarde cualquiera, observas la televisión sin imagen más que la propia, no atiendas tus caderas: encontrarás mis ojos, lente y cámara, escondidos detrás del momento para alcanzar el control remoto y volver la mirada al reflejo. Estaba seguro que para entonces ya no sufriría como se sufre cuando se es incapaz de mirar a los ojos de una mujer con el poder así sin más para reírse de uno. Claro que sucedería. En sus memorias del futuro ella tocaría a su puerta para darle oficialmente la buena noticia: "Te necesito". Y con estas palabras él aprendería de una vez por todas que en el fondo las mujeres son obstinadamente crueles, muy crueles.

Así sin más le sobrevino el momento de recuperar la conciencia. Gracias al fragmento de realidad en aquel par de palabras ahora sabía que tendría que dejar de pensar en ella. Después de todo, desde niño llevaba el mundo sufriendo por su cabeza que además, era como una caja de esas secretas que es mejor no abrirlas porque se desata el mundo. Y encima ella, inocente, curiosa. ¿Qué tanto podía ella? Sólo era la mujer obstinada por él en medio de su historia. Ya estaba decidido: Dejaría de gimotear palabras? Ella se levanta antes del alba para salir en busca de trufas. Se cambia su camisón por el mejor traje de caza del mundo, se pone sus botitas de gamuza y sale en busca de su padre. Después de retirarle el candado, éste salta radiante de su jaula y los dos contentos se saludan en un fraternal lengüetazo. Desgraciadamente, esta vez escuchó el sonido de su propia voz. Y se asustó, y se llevó las manos a la cabeza dentro de su cabeza y lloró sus ojos en blanco. De verdad quería vivir sin pensar -uno puede vivir sin pensar. Para entonces el hálito de luz se había desvanecido. Alrededor no quedaban rastros de su recuerdo, tan sólo la cerradura y su oscuridad evidente del otro lado de la puerta, donde por momentos se asomaba la realidad consternada. Así terminó el invierno y apenas esa noche comprendió que su tristeza era un espectáculo que tenía demasiado público.

Para cuando llamaron a la puerta, los goznes estaban tan inexplicablemente vencidos que el peso terminó por derrumbarse hacia dentro, a lo largo de la alfombra, su cabeza y todo lo demás. Entre la nube de polvo se adentró perplejo el trotamundos y carraspeó sin prestarle -a nada ni a nadie- la menor importancia. -No contestas el teléfono, no abres puertas ni ventanas, no quieres salir... Otra vez te has convertido en el hazmerreír del edificio... Nos tienes muy preocupados. A tu madre y a mí? -así le reclamó, jugando a que sacudía el polvo blanco de entre las telarañas de su cabeza, usando indiferente la mano inerte de su gemelo, de titiritero a títere, para limpiarle a medias algunos dedos grasientos entre la maraña de su propio pelo-. Encima apestaste el departamento. Levántate, tendrás que volver con nosotros.

Y cortando trocitos de tulipanes sobre magnolias, así, rompo con mi silencio -decía acostado en su habitación, buscándose dentro y de nuevo el filo de un cuchillo inexistente, de vuelta en su casa de familia con las ventanas tapiadas- para volver al mundo en busca de una mujer real. Así por primera vez espero despierto por ti que me enseñas a mirar el mundo -gesticulaba, harto, dormido, con los ojos abiertos, mientras del otro lado de la puerta la risa contenida de una mujer sin edad lo espiaba cautivada, apenas parpadeando, a través del ojo de la cerradura.
 
 
 
   

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