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La radio se apaga, por Clara Redondo
 
 
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Publicado el Miércoles, 08 septiembre a las 08:00:00
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El camino que hacía todos los días de vuelta del colegio a casa me parecía interminable. Me entretenía saltando las sombras que los coches dejaban al pasar en el asfalto que yo pisaba. A llegar a casa, mi madre me recibía con un beso sonoro en la mejilla, qué tal mi amor, qué tal el cole, bien, decía yo, es que me hago pis, ahora te preparo la merienda. Yo dejaba la puerta del váter abierta y quería acabar cuanto antes para ver qué era lo que me estaba preparando.

Llegaba con mucha hambre, y mi madre siempre pensaba en algo rico para ofrecerme, mortadela, chocolate con mantequilla, fuagrás.

Yo me sentaba en el comedor y ella se sentaba a mi lado, en el hueco donde había dejado la labor, con la aguja enhebrada y la radio puesta. Entre puntada y puntada -me gustaba ver cómo empujaba la aguja con el dedal- ella me preguntaba cómo me había ido en el cole. De vez en cuando se acoplaba las gafas por encima de la nariz, y yo la miraba, como si esa fuera la manera de contar el tiempo. La radio sonaba de fondo, y yo reparaba en ella cuando llegaban los anuncios publicitarios. Yo soy aquel negrito del África tropical. Mamá, quiero un Cola-cao. No, que ya has merendado bastante. Vete un ratito a tu habitación, que voy a terminar esto y ahora voy. Y yo iba y me iba. Y la esperaba. Y después jugábamos a los profesores, ella era mi alumna, o a dibujar. Aquellas tardes yo era feliz.

Y una tarde empezó a ser diferente. Cuando llegué del colegio, de brincar sobre las sombras de los coches para no pisar a quienes iban dentro, mi madre me estampó como siempre un beso sonoro, pero esta vez me apretujo más la cara, y me dio un abrazo. Pasa, cariño, ya te he preparado la merienda. Ya voy, que voy a hacer pis. Espera, pasa al comedor. La radio estaba apagada y no había labor, ni aguja, ni dedal. En su lugar estaba mi padre, allí, sentado, con la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas, a quien veía de vez en cuando: algún fin de semana me llevaba a comer perritos calientes al parque de atracciones.

Catalina, tu padre se queda vivir con nosotras, y yo digo, bueno, es que tengo que ir hacer pis, y cierro la puerta del váter y me pongo a llorar.
 
 
 
   

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