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Mimo Manospalmeras, por Ana Belén Rodríguez
 
 
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Publicado el Martes, 24 agosto a las 08:30:00
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Eran vísperas de Navidad, las calles del centro de Sevilla presentaban un color distinto. Las hileras de lucecitas blancas dibujaban el contorno de los árboles: se encaramaban al tronco y serpenteaban sus prolongaciones despidiendo destellos de luciérnaga. Ángela volvía a casa. A pesar del frío, su paso no era tan acelerado como de costumbre.

Iba perdida en las curvas de sus pensamientos. Eran las diez de la noche, los comercios ya habían cerrado y Plaza del Duque mostraba un vacío inusitado. De repente, mientras atravesaba La Campana, algo llamó su atención. Por la calle Tetuán, completamente desierta, avanzaba un hombre delgado, de un metro sesenta, vestido con una túnica blanca y con la cara pintada del mismo tono. En cada mano llevaba un ramillete de palmera que, a modo de abanico, ocultaba sus dedos. Ángela se acercó a él descubriendo cómo las lágrimas deshacían la pastosa capa de pintura. Enseguida lo reconoció: era el "Mimo Manospalmeras", como ella lo llamaba, al que tantas veces había visto actuar frente a la librería de su amiga Dora. En ese momento, sin pedestal ni público, parecía más diminuto.

-Perdona, ¿te ha pasado algo? -dijo la chica. El hombrecito, como si continuara en una de sus actuaciones, se mantenía mudo.

-¿Te puedo ayudar? -insistió Ángela. El mimo la miraba fijamente como si quisiera comunicarse a través de las pupilas.

-¿Cómo te llamas? -continuó ella.

-Me llamo Lulo y soy angoleño, de Angola.

-¿Y desde cuándo vives en España?

-Llegué hace cuatro meses aunque dejé mi país hace un año. Mi padre era portugués, por eso conseguí un visado para viajar a Portugal. Después de estar un tiempo por Lisboa decidí venirme a España y terminé aquí en Sevilla.

-Estás llorando... -se atrevió a decir Ángela.

-Sí, esta tarde me robaron mi mochila. Era la único que tenía. En ella estaba mi pasaporte, mis documentos... Mis cosas.

-¿Lo has denunciado a la policía?

-Sí, pero... -con voz temblona- ¿qué voy a hacer esta noche? Yo dormía ahí al lado, en los soportales de la Caja El Monte, en una cama hecha de cartones. Me tapaba con un abrigo pero ahora no tengo nada con qué cubrirme.

Ángela, por un instante, pensó darle cobijo en casa. Después se acordó de que no vivía sola, de que sus tres compañeras de piso, menos ingenuas y más precavidas que ella, no aceptarían aquel arrebato de caridad.

-Yo podría darte una manta, vivo muy cerca -propuso la chica-. Si me esperas, voy rápido a casa y te la traigo.

Lulo, con el gesto confundido, asintió. Ángela echó a correr. Llegó a casa, sin apenas cruzar unas palabras con sus compañeras, agarró la manta verde que ponía sobre el edredón de su cama los días más húmedos y salió disparada por la puerta. Antes de llegar al lugar donde había dejado a Lulo, paró en la siempre abarrotada tienda de comestibles enfrente del museo -donde los jóvenes se abastecen de líquidos para el popular botellón de los fines de semana- y compró unos bocadillos. Al regresar al lugar de la inusual cita, el mino ya no estaba. Las calles se mostraban más solitarias, el ambiente resultaba amenazante. Ángela no se desesperó. Rastreó todas las calles adyacentes pero no lo halló. De pronto, se le vino una idea: ¡los soportales de la Caja El Monte! -exclamó-. Se trataba de una plaza rectangular porticada que de día servía de corredor a banqueros, estudiantes y transeúntes; y de noche se convertía en el lecho de los desamparados. Nada más llegar, entre las distintas moradas, reconoció la menuda silueta del mimo, sumergida en una duna de cartones.

-Lulo, soy yo -susurró ella.

En el encuentro anterior, Ángela no tuvo hueco para presentarse.

-¿Has venido? -gritó el angoleño con voz emocionada.

-¡Pues claro! ¿Por qué no me has esperado? Yo te prometí que volvería.

-Sí, ya... Como tardabas tanto, pensé...

-Yo te di mi palabra. Bueno, menos mal que te he encontrado. Aquí tienes la manta, lo siento, sólo tenía una; unos bocadillos; y un bote con leche, que ya estará fría.

-De verdad, muchas gracias. No sé que decir...

-Que pases buena noche. Y... ¡hasta otro día!, si llegamos a cruzarnos de nuevo.

Después de aquella noche, no hubo ninguna conversación más. A ella le habría gustado preguntarle cómo se sentía, si había encontrado el pasaporte, si tenía suficiente abrigo... pero su estúpida timidez se lo impidió. Aún así, siguió protegiéndole: le dejaba comida, ropa, incluso a veces dinero, junto al pedestal desde donde Lulo entretenía a los peatones. Los obsequios iban siempre acompañados de un mensaje: "Palmeras silenciosas que comunicáis con el movimiento, no dejéis de gesticular."

Ángela, además, continuó contemplando los despertares de Lulo desde la distancia. Cada día, mientras ella iba camino de la facultad, presenciaba a través de las robustas rejas negras de la plaza porticada, cómo Lulo se levantaba, envuelto en la manta verde; cómo recogía su improvisada cama y cómo se arreglaba para ir a trabajar. Al poco tiempo, el traje de mimo cambió de color: la túnica blanca pasó a ser naranja, las hojas de palmera se pintaron de amarillo y el rostro adquirió un maquillaje alegre.

La cara de Ángela también se tiñó de una tonalidad más viva. Cada mañana, al divisar a Lulo en su escondite de cartón, un estremecimiento de ternura le iluminaba la expresión. Se sentía feliz al comprobar cómo el envoltorio verde continuaba acariciando al "Mimo Manospalmeras".
 
 
 
   

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