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Tara, por Carlos Van Oosterzee
 
 
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Publicado el Lunes, 16 agosto a las 15:30:00
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Desde aquel día ya nada es igual, pero si me acuerdo de cuando montaba en Tara me vuelvo a sentir viva. La había comprado mi padre para que yo pudiera ir a Kabasa. Era una motocicleta italiana y entre el hierro oxidado podían leerse con dificultad algunas letras del nombre. Tenía golpes y estaba abollada por todas partes, pero lo importante era que andaba y nunca se rompía.

Era la mejor del mundo. La puse de nombre Tara. Tenía muy alto el manillar; como los antílopes de cuernos largos.

Cuando montaba en ella por la ciudad iba despacio, sentada muy derecha, con los hombros hacia arriba y la cabeza bien levantada notando que todos me miraban. En cambio si nadie me veía, me agachaba, cogía con fuerza el manillar y corría todo lo que podía Tara.

Todos los días iba al hospital de Kabasa para ayudarle en los partos al médico. Así aprendía, pero lo que me gustaba era ir y venir montando en Tara; sintiendo el aire y el sol en la cara mientras el ruido del motor hacía callar a todos los animales.

A Kabasa iba siempre por la carretera de tierra, por que mi padre no quería que fuera por el camino de los muertos, aunque se llegaba antes. Atravesaba el lugar donde hacía años hubo combates y murieron muchos soldados. A mí no me daba miedo, pero mi padre siempre decía que no fuera por allí.

Me preguntaba si Tara sería capaz de pasar por el camino. Casi seguro que sí. Siempre me había llevado a todos sitios. A veces estaba a punto de meterme en él pero no me atrevía. Mi padre decía que era muy peligroso, que el ejército disparó muchas granadas de mortero durante los últimos días de los combates y que había costado mucho enterrar a los muertos por lo peligroso que era andar por la arena. Por eso nunca iba por ese camino.

Nunca hasta aquel día.

Habíamos salido tarde para Kabasa, pero si cogíamos el camino de los muertos tardaríamos menos. Llegamos al desvío, paramos un instante y le dije a Tara:

-¿Vamos?

Y nos metimos por el camino de los muertos.

Al principio era estrecho, pasaba entre árboles muy juntos y con las ramas muy bajas que nos iban rozando al pasar hasta que salimos a un llano arenoso. Era una gran mancha amarilla con arbustos verdes y espinosos.

Las ruedas de Tara se hundían en la arena y avanzábamos despacio. Nos paramos y mire hacia atrás. No se oía ningún ruido, sólo el motor de Tara.

Parecía como si no hubiera nada, como si no hubiera vida.

A veces los arbustos estaban en el camino y teníamos que rodearlos saliéndonos de él. De pronto apareció una piedra grande. Tara la rozó con la rueda delantera y nos faltó poco para caer, nos fuimos hacia la derecha. Mi padre no quería que fuéramos por allí, me lo había dicho muchas veces.

Entonces vi algo semienterrado en la arena. Intenté pasar por un lado pero no pude evitar que la rueda de Tara pisara encima. Grité: "¡Cuidado Tara!". En ese momento el suelo reventó debajo de nosotras rompiéndonos a las dos y lanzándonos por el aire con un ruido que aún recuerdo; un ruido que jamás podré olvidar.

Nota: Relato ganador del I Concurso de Relato Fotográfico
 
 
 
   

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