
Hoy, he vuelto a recordar esa frase que leí en un libro, esa frase que dice que el amor en Andalucía se puede comparar a un relicario por su intensidad, su pudor y su gran intimidad. Y hoy, como cada día desde hace casi dos años, he vuelto a escuchar Sur. Es como un ritual. Mi ritual secreto. Si cierro los ojos, unos minutos a tu lado. La escucho porque me sabe a ti.
Me sabe a esa tierra llena de luz que te ve amanecer cada mañana. Me sabe a tu piel, suave, morena, aterciopelada. Piel que cubre lo que me gustaría tocar con los dedos: el cuerpo desnudo de tu alma. Me sabe a tus ojos, oscuros, vivos, risueños. Ojos que me miran cuando yo no me doy cuenta. Y que me envuelven en caricias silenciosas. Me sabe a tu boca, cálida, sensual. Esa boca que recorre mi cuello dejando una guirnalda de tiernos besos hasta llegar a mi oído para decirme Te amo. Me sabe a tu voz, acariciadora, melosa, ronca, como el sonido de un saxo en una noche de secretas confesiones al calor de una chimenea, acariciados por el terciopelo de una manta extendida en el suelo, mientras utilizas mi boca para apurar la ultima copa de cava que el preludio del amor nos ha dejado. Me sabe a tus manos, firmes, tranquilas, meticulosas, capaces de hacer que el cristal adquiera vida, que el cuero se retuerza en sensuales movimientos, que la madera consiga una delicada textura cuando se la acaricia, pero manos temblorosas, tímidas, asustadas cuando tienen que deshacer un nudo en mi pelo. Me sabe a tu cuerpo, fuerte, candente, masculino. Me sabe al voluptuoso movimiento de tus músculos bajo la piel, mientras miro como cincelas un trozo de arcilla entre tus manos, que se contrae de placer por tu contacto y por el que me cambiaría sin pensármelo un minuto. Me sabe a tu sexo, juguetón, impaciente, ansioso de caricias y de besos, que intuyo imponente tras la absurda cárcel de tu ropa. Me sabe al amor. Al antes del amor. Al después del amor. Me sabe a tu cuerpo temblando sin control sobre mi cuerpo. Me sabe a la ardiente respiración que compartimos tras el amor. Me sabe a tus sueños que podrían ser mis sueños. Me sabe a tí mi amor. Dejaste tu huella. Marcaste con amor lo que era tuyo pero que yo no supe como darte. Los últimos acordes de Sur están sonando. Mis ojos se abren. Mi cuerpo se relaja por fin. Aún siento calor bajo las palmas de mis manos. Mi piel todavía tiembla. Mañana te podré tocar de nuevo. Mañana, mi amor, será para los dos. Como cada día desde hace casi dos años. Hoy solo te tendré que soñar. Tan solo recuerda que cuando sientas un escalofrío, como una suave brisa que roza alguna parte de tu cuerpo, piensa que probablemente sea una caricia que se me escapó de un sueño. Porque sigues estando en mi corazón. Desde siempre. Para siempre.
Padawan
Nota: Finalista del II Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor (2003)