
MADRID, FINALES DE LOS 70.
Crecimos jugando al fútbol frente a la estatua del Ángel Caído de Bellver en el Retiro. Días de cromos y chapas.
Éramos niños de clases populares que vivían en barriadas del sur de la ciudad. En casa los mayores hablaban a todas horas de transición y política y en la calle nosotros hacíamos nuestra propia transición hacia la adolescencia. Cambiábamos tebeos por unas pocas pesetas; estábamos orgullosos de nuestros tres cines de barrio: Capri, Sevilla y Granada; sufríamos, y respetábamos, a los viejos maestros de toda la vida, que por entonces empezaban a tener cara de cansados, maestros del capón, la regla y la campanilla en el oído, que te ponían a dibujar banderas o basílicas o te enseñaban disciplina en el patio del colegio; soñábamos con ser los piratas de la Malasia o los tigres de Mompracem, del veronés Salgari, en mares y tierras tan lejanas como desconocidas, y nos pasábamos el día jugando al fútbol, en los tiempos de Krankl, Leivinha y Breitner. El barrio, del que raramente salíamos era todo nuestro universo. La calle, el colegio y la casa nuestras fronteras infranqueables.
Entonces tener un balón de reglamento era un lujo reservado a unos pocos privilegiados. Al Ángel Caído debías llevar más de uno porque, al jugar entre los árboles, más de una vez las ramas podían dar por terminado el partido antes de tiempo. Si se te enganchaba tenías varias opciones: tirar piedras, con el riesgo de descalabrar a alguien; lanzar otro balón, con el riesgo de que también te quedaras sin él; o que algún osado trepara al árbol, con el riesgo de que el partido se quedara con uno menos. La gran diferencia con los niños de nuestras antípodas es que casi siempre terminábamos recuperando el balón.
Con los primeros vellos, las primeras pajas y las primeras persecuciones a las lolitas de turno, tan bellas como inalcanzables, empezamos a dejar atrás los cromos y las chapas, el bote bolero y el burro; los balones enganchados en las ramas de los árboles pasaron a un segundo plano; los viejos maestros se volvieron más blandos; empezaron a cerrar los cines y las tiendas de cambio de tebeos e incluso salíamos más a menudo de nuestro barrio. Sin darnos cuenta estábamos dejando de ser niños.
SINGAPUR 2003.
Alauk, Rupmul y Rupagnis son amigos, vecinos en el mismo bloque de pisos y residentes en Singapur: la ciudad del león. Viven en un populoso barrio del suroeste de la ciudad, en el que conviven y se entremezclan chinos, malayos e hindúes. Son compañeros inseparables de correrías, a pesar de que van a escuelas distintas y a que pertenecen a religiones diferentes: uno es taoísta, el otro budista y el tercero islámico. Todas las tardes cuando salen de clase se reúnen en el barrio y se acercan a los jardines del distrito colonial, junto al cuartel del Almirante, a jugar al fútbol.
A uno de ellos le gustaría ser de mayor artesano del zapato, como toda su familia, al otro maestro, como su padre, y al tercero futbolista, como Ronaldo, su ídolo desde el mundial de Japón y Corea. Algunos domingos suelen ir a pescar al acantilado del Cocodrilo Rojo, a los maestros más mayores los llaman sabios, y todos ellos están orgullosos de sus familias y de los colores de su barriada.
El más pequeño de los tres es un apasionado de las cometas, el del medio de las marionetas y el tercero sabe de plantas más que nadie a su edad. Si bien en su país es ilegal comer chicle, el de las plantas lo consigue a hurtadillas, su padre es viajante, y luego lo comparte con sus amigos después de cada partido. El hermano mayor del mediano tiene autorización de su padre para fumar y a escondidas le ha prestado unos cigarrillos a su hermano menor. El de las cometas tiene una hermana mayor de unos doce años, de tez morena, ojos negros como cuevas, de esos que cuando te miran se siente observado hasta el alma, y dientes blancos como nubes. Cuando sus amigos le van a buscar a casa, la mirada de la morena les cosquillea las tripas y lo que no son las tripas.
Todos ellos tienen en común que hablan un buen inglés, que a ninguno de ellos le gustan los militares, es más les tienen algo de miedo, y que su mayor sueño sería ver juntos un partido de fútbol, pero de los de verdad, en un desconocido y lejano país europeo que conocen por Madrid, en el estadio donde suelen jugar Ronaldo, Raúl y Zidane.
Hoy terminaron antes de tiempo el partido. El balón se quedó colgado en la alambrada. No tienen uno de repuesto y si tiran piedras se irá para siempre al otro lado de valla. Evidentemente no se puede trepar, y lo más probable es que se pinche y termine desinflado, además los inquilinos del otro lado no son precisamente amables. Así que, resignados, han decidido irse bajo la sequoia gigante de los jardines, a mascar chicle y fumarse sus primeros cigarrillos. Mientras el pequeño les cuenta los detalles de la cometa que está fabricando, los otros dos, en silencio, cierran los ojos y piensan en su hermana.
Nota: Relato finalista del II Concurso de Relato Fotográfico (2003).