
- Nahuk, deja de dar manotazos. No ves que se sale el agua del cubo. Tienes que bañarte o si no los chicos del colegio volverán a llamarte pequeño cerdo.
- Yo no soy ningún cerdo. Sólo quiero una bañera. Todo el mundo tiene una bañera. Papá, prometiste que traerías una bañera.
- Sí, sí, sí. Te lo dije. Es cierto. Y pienso cumplir la promesa, pero tienes que tener paciencia… No es fácil encontrar una bañera en el vertedero. La gente no se deshace así como así de las bañeras. Te prometí una silla y la he conseguido. Mírala, está casi nueva. Sólo necesito un poco más de tiempo…
- Entonces, llévame al Mekong. Cualquier cosa menos esta mierda de cubo… Además ni siquiera es un cubo. No es más que una lata apestosa.
- No quiero que hables así. Mamá se enfadará mucho contigo. Seguro que ahora te está mirando.
Nahuk mira un instante al cielo y a su alrededor aguzando la vista y se encoge de hombros. Acto seguido retoma su chapoteo rabioso de manos.
- Quiero una bañera. Quiero una bañera. Quiero una bañera…
- Cálmate, hijo - revolviéndole el cabello- . Tendrás tu bañera en unos pocos días. Ahora mismo voy a hablar con el viejo Khamtay. Quiere que le ayude con la cosecha de arroz. Me dará dos sacos por el trabajo y tendrás tu bañera. Toma tu barco - le tiende una escudilla verde de plástico- y pórtate bien. Volveré enseguida - dice alejándose calle abajo en una bicicleta blanca oxidada que chirría sobre el asfalto, cuyo manillar está sujeto por un entramado de hilachos y cuerdas.
- No es un barco, papá… - grita, aunque su padre no alcanza a oírle- ¡Es un submarino!
Nahuk hunde con sus manos la escudilla verde en el fondo del cubo - en realidad es una lata con un asidero de alambre donde puede leerse: GPM (en letras gruesas y rojas sobre fondo blanco) y una línea por debajo, al pie de unas pirámides, Emulsión interior- . Luego suelta aprisa la escudilla y esta emerge con fuerza a la superficie, salpicándole la cara. En esto se detiene frente al chico una pareja joven que pasea de la mano. Él es espigado, huesudo, de piel blanca y fina, oculta su cabeza bajo una visera grana de los Yankees de Nueva York. Ella es menuda, algo rechoncha, su rostro es amable y está enrojecido por el rigor del sol de Vientiane y salpicado de pecas diminutas, igual que sus brazos y pantorrillas. Las alianzas de oro de ambos emiten destellos que refulgen en el charco de agua que rodea la lata. Miran divertidos, con cierta ternura, a Nahuk mientras sumerge de nuevo su escudilla.
-
Hello, my love! Are you enjoying? - pregunta dulce y sonriente la mujer- .
We’ve a green boat too. It’s exciting, isn´t it?
Nahuk ase las manos a ambos extremos del borde de la lata y alza a pulso su cuerpo. Las sonrisas de la pareja se descomponen de repente. El hombre rebusca nervioso en sus pantalones y, antes de retomar cabizbajo el paseo del brazo de la mujer, deja un billete de quinientos kips sobre la escudilla flotante.
La pareja se cruza a lo lejos con seis o siete chicos despeinados y descalzos. Mascan chicle, vociferan y se empujan unos a otros. Al verlos Nahuk pliega aprisa el billete y se lo mete dentro de la boca. Cuando llegan a su altura los chicos rodean la lata.
- Nahuk está plantado. Nahuk está plantado. Nahuk está plantado -corean-.
Nahuk cierra los ojos y se tapa los oídos.
- Nahuk está plantado. Nahuk está plantado. Su papá lo ha confundido con una planta de arroz - grita el más alto. El resto ríen- . Nahuk está plantado. Nahuk está plantado. Nahuk está planta… ¡Vámonos, rápido, que viene su padre!
Nahuk abre los ojos y destapa los oídos. Su padre está en cuclillas, sudoroso y sin aliento frente a él. Ha dejado la bicicleta tendida sobre el bordillo de la acera opuesta, unos metros más allá.
- ¿Te han hecho daño, hijo? - dice estrechándolo entre su brazos para sacarlo del agua.
Nahuk niega con la cabeza y escupe el billete dentro de la escudilla.
- Quiero mi bañera - murmura.
Entre 8.000 y 10.000 niños al año mueren o son mutilados por minas. (UNICEF)
Nota: Relato finalista del II Concurso de Relato Fotográfico (2003).