
“No soy tonto, no soy tonto”, resollaba el gigante a cada golpe de azadón contra el suelo, “no soy tonto, no soy tonto, ellos creen que lo soy pero no lo soy, no lo soy, no soy tonto”, cada vez que se hincaba el acero en la tierra negra, “piensan que no sé hacerlo porque soy tonto, pero yo no soy tonto, no soy tonto y lo voy a hacer”, arrancaba terrones con la codicia que otros comen pipas de girasol tostadas y saladas, una tras otra, una tras otra, “no soy tonto y lo voy a hacer, van a ver esos idiotas, ellos sí son tontos, no yo, yo no, yo no soy tonto”, y retumbaba el suelo a cada mordida del incisivo de metal afilado como si una estampida de toros furiosos estuviese pasando, “no soy tonto, no...”.
– Buenas tardes, señor, ¿qué está haciendo?- le preguntó Alicia la Nitriska, que observaba una procesión de palitos rojos subiendo por un árbol.
El gigante detuvo su arma-herramienta por encima de su cabeza sin herir la tierra después de haberle clavado novecientas setenta y una mil novecientas setenta y una puñaladas; volvió la vista atrás, al quilométrico surco que había labrado, miró después a la niña y le dijo:
– Hm, no lo sé.
– Pues es muy bonito su nolosé – sonrió Alicia antes de volver a su ocio favorito.
5º clasificado del III Concurso de Relato Fotográfico
Inspirado en la fotografía número 3 de la exposición de Javier Vallhonrat: