
Antonio coloca una tabla, y otra, y otra. Ve su reflejo en el agua y pone una tabla encima. Ve el vuelo de una gaviota y quiere detenerlo con una tabla más. Los dientes apretados, los ojos enrojecidos.
Nunca le había gustado el Festival. Prefería el pueblo silencioso y lejano, visto desde el muelle, al que solo se acercan algunas mujeres, para reparar las redes o recoger los peces que sus hombres les traen y muchos hombres, que salen a la mar, con sus barcas vacías, ateridos y huraños y vuelven con ellas rebosando peces y la alegría en los ojos.
A Antonio le gustaba verlos subir, muelle arriba, bromeando y riendo, y atravesar su puerta con las últimas luces de la tarde. Sobre las mesas les esperaban las barajas, las fichas de dominó y las tazas para el vino.
La taberna tiene un rótulo sobre la puerta, un grueso tablón en el que se lee un nombre grabado a fuego: “Yacaré”. Su padre le contó que aquel era el nombre de su madre, pero nadie en el pueblo lo pronuncia. Cuando él era pequeño, la gente decía, la taberna de Anselmo, el venezolano; después dijeron la taberna del hijo del venezolano, hasta que, con el tiempo, se quedó en la casa de Antonio.
En el terreno lleno de hortensias que compró para Silvia, Antonio conserva los tableros con los que pensó construir una casa para ella, con ventanales que recogieran el sol, balcones donde cubrirla de besos y suelos brillantes donde jugaran sus hijos.
Antonio, en su taberna, vendía también fruta, verduras, café, azúcar o harina, pero, cuando ocurrió lo de Silvia, las mujeres dejaron de entrar en la tienda y él se limitó a servir tazas de vino a los hombres, que continuaron llegando al atardecer, con un guiño malicioso en los ojos, para cerrar el día con una taza en la mano y un reniego en los labios.
Y, desde lo de Silvia, Antonio, con las manos huérfanas de quehaceres, espera la anochecida cortando las tablas, puliéndolas y barnizándolas, como si fueran escaleras para subir a un cielo imaginado.
El Festival, que había empezado como un juego de adolescentes, creció pronto y al pueblo no le gustó, como no le había gustado que Anselmo emigrara en busca de fortuna, ni que volviera de Venezuela con una mujer morena de largas trenzas y unos pesos fuertemente apretados en un calcetín. Pocos pesos para los proyectos que habían realizado ambos en la cubierta del barco.
Tuvieron que conformarse con un terreno pedregoso al borde de la ría, y trabajar sin horas hasta que la tienda y un pequeño cuarto fueron tomando forma y el vientre de Yacaré se redondeó, mientras sus ojos se suavizaban con luces de ternura.
A Anselmo no le importó el esfuerzo, ni la hostilidad del pueblo, pero renegó contra ambos cuando cogió en sus brazos al niño que lloraba y miró los ojos sin vida de Yacaré.
Antonio creció solo, sin entender la mirada hosca de su padre, ni las caricias compasivas de las mujeres del pueblo que, después de la desgracia, acudieron a la casa, pensando que el descarriado ya había tenido bastante castigo con aquella muerte y que su decisión de colocar a la mujer cubierta de flores en una parihuela y dejarla sobre las olas fue acertada, como acertada había sido la decisión del cura de no querer enterrarla en sagrado.
Antonio dormía bajo el mostrador, sin importarle las voces de su padre, ni las de los hombres que golpeaban las mesas. Tampoco le importaba el olor a brea, a algas y a pescado que despedían los marineros, ni el del tabaco fuerte que liaban con dedos tan amarillos como sus dientes, ni el del vino, el aguardiente, las verduras y el café que llenaban el recinto.
Y se crió, lo suficiente para que, al morir su padre, pudiera hacerse cargo de la tienda.
Nunca fue al pueblo. Ni siquiera cuando las mujeres insistieron en que se pusiera una camisa gris y un brazalete negro en la chaqueta para el entierro. No lo acompañó. Lo vio partir a hombros de cuatro marineros, sus amigos, y no quiso saber en que hoyo lo habían depositado.
Su padre no había conocido el Festival, porque éste llegó mucho después, con el pueblo cambiado, porque hubo más hombres que emigraron, y las casas de piedra, con escudos en la fachada, tuvieron que aceptar como vecinas a las casitas de materiales baratos y a los edificios que, ventana sobre ventana, ocultaban los suaves verdes y los azules infinitos de la ría y los verdes intensos, los ocres y los dorados de la montaña.
El Festival nació la noche en que unos chicos extraños llegaron con sus mochilas y se tendieron en la playa para contemplar las estrellas.
Cuando sus risas, sus voces y el sonido de las guitarras llenaron la playa, los hombres dejaron las fichas de dominó y los naipes sobre las mesas y se asomaron a la puerta de la taberna. Antonio también se asomó. Y les pareció bien, porque la hoguera ponía luz a la noche y los muchachos la llenaban de alegría.
Al año siguiente, aquellos chicos trajeron otros y al siguiente vinieron más, con guitarras y canciones nuevas. Y hubo peleas, y suciedad en la playa, y en las calles. Vinieron periodistas que husmearon través de las ventanas. Y el Festival salió en los periódicos de la capital. Y el nombre del pueblo fue pronunciado por muchas voces.
Pero a ellos no querían que gentes extrañas invadieran sus calles y rompieran su quietud. Por eso, no les gustaba el Festival. Dejaba algún dinero, sí, pero también desperfectos, suciedad y la imagen de costumbres licenciosas, tan lejanas del sentir de sus gentes.
Antonio ni entraba ni salía en las discusiones de sus parroquianos, pero a él le gustaban los chicos de la playa y se alegraba de que en la semana del Festival sus ganancias fueran mayores, aunque, mientras no conoció a Silvia, nunca supo que podía hacer con ellas.
Antonio pule una o dos tablas diarias, por eso cada jornada le cuesta más colocar el camino. Y la angustia y la rabia enturbian sus ojos, al sentir sobre su cuerpo cansado la mirada inquieta de los hombres que le observan, desde la puerta de “Yacaré” y cuchichean que el Festival es el culpable de su locura.
Lo hombres fueron los primeros en hablar de la chica que bailaba descalza en la playa. “Está drogada”, dijeron unos. “Borracha”, señalaron otros. “Quizás se trata de una subnormal”, apuntaron otros.
Las mujeres lo hicieron después, cuando el Festival terminó y ella se quedó entre los restos de la fiesta. “Es una libertina, una depravada”, apuntillaron. Antonio no dijo nada, pero la vio brillar entre el grupo anodino que colocó su tienda en la zona cercada a “Yacaré”. Admiró sus manos largas que acariciaban las cuerdas de la guitarra, su voz, como de brisa, que modulaba canciones que le hacían soñar. Compartió su risa cuando en el fondo de los grandes bolsillos de su falda de colores buscaba monedas para pagar los cartones de leche y las botellas de vino con que el grupo parecía alimentarse. Y la vio correr, descalza, cuando la bajamar permitía el paso de la ría hasta la otra orilla. Imaginó la tibieza de su piel blanca y el fuego de sus ojos del color de las castañas maduras, se enamoró de su boca y supo que la amaría siempre cuando ella le dijo que se llamaba Silvia.
Las mujeres dijeron que había que recluirla, que no podía quedarse tirada por las calles durante el día y durmiendo en la playa por las noches.
Los hombres soñaron con la tibieza de su cuerpo y el tacto suave del pelo rubio que cubría los hombros desnudos.
Antonio la llevó a la taberna, le hizo un hueco bajo el mostrador, le dijo que llenara el local de canciones y esperó a que ella aprendiera a quererlo, mientras compraba un terreno donde florecían las hortensias y lo llenaba de maderas para construir una casa. Una tarde la llevó a verlos y la besó por primera vez. Pero, al decirle que todo aquello le pertenecía y que él era también suyo para toda la vida, Silvia enrojeció, su cuerpo empezó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Las mujeres del pueblo lo sabían. Los hombres bajaban la voz cuando lo comentaban y los niños miraban a la chica extranjera sin disimulo, buscando en la levedad de su cuerpo las huellas de las manos de sus padres.
Por eso, a nadie le extrañó su desaparición.
Antonio no quiso escuchar. Tampoco habló. Se dedicó a esperar que el mar o el viento se la devolvieran. Pero no lo hicieron, ni el Festival tampoco. Y cada tarde va en su busca, en bajamar, por el camino de sueños que hace con los tableros que ya no le servirán para la casa
3º clasificado del III Concurso de Relato Fotográfico
Inspirado en la fotografía número 7 de la exposición de Javier Vallhonrat: