
Comencé a escribir como forma de rebelión ante muchas cosas con las que tenía que convivir. En el mundo de la literatura uno no tiene que soportar al gordo del jefe, ni convivir con el trepa que te siega la hierba debajo de las sandalias de Acosta.
Uno puede hacer que parezcan pobres hombres los que salen de un
restaurante de comida rápida hablando de la subida salarial
o que el protagonista no sea un triunfador ni juegue al golf pero
que sea un tipo genial y feliz. Además, en el mundo de la
literatura uno puede sentirse un día un millonario inglés
y otro como el cocainómano que pide en la puerta del Supercor
que, por cierto, tiene un perro. Todo esto con la ventaja o, a veces
terrible desventaja, de ser uno mismo y no resolver las propias
contradicciones. Aunque en el fondo uno espere que, mágicamente,
sea el cocainómano o el millonario el que le diga lo que
debe hacer con su trabajo o con algún problema más
serio que ahora no os voy a contar.
La manía de escribir creo que tiene que ver con la necesidad
de descubrir por qué la gente hace las cosas o qué
es lo que piensan o sienten los demás. Hay alguna razón
por la que me tengo que empapar de la vida de una sombrerera que
está abandonada en un asilo y si voy a verla le pregunto
y le pregunto, o de la forma de sentir de mi peluquero que me larga
muchas cosas porque sabe que me interesan, y si Olga está
anoréxica y tiene depresión trato de entenderla. Pero
si lo que me cuentan no me satisface o no lo entiendo invento el
resto. Por qué la sombrerera no se casó, si mi peluquero
cree en algo que no sean las pelas -que dicho sea de paso creo que
sí- o si Olga no soporta a su marido y, por esa razón,
no le basta con ser guapa y rica. Y esto, que me importa, es lo
que luego escribo. Y me molesta mucho cuando no he comprendido a
la sombrerera o a Olga y, encima, se nota en el cuento. Y vuelvo
a pensar en Olga o en la sombrerera y en por qué no las comprendo.
Y después de unos meses, con suerte y cuando ya he perdido
la esperanza, escribo sobre una tal María que está
anoréxica y tiene una crisis fatal y a esa sí la entiendo
porque a lo mejor su crisis es como la mía aunque yo, por
tragona, nunca sería una anoréxica sino más
bien bulímica. Y, como entiendo a María, quizá
logre que se vea en el cuento y eso casi me compensa de las penas
que me produjo la propia crisis. Entonces me doy cuenta que algo
parecido le pasaba a Olga y quizá le pasa a Sofía,
a Begoña y a la madre de Nacho, que tiene pinta de no haber
pegado ojo esta noche. Y veo a la María de mi cuento pasear
por un centro comercial o por el comedor de casa de mis padres y
comprendo que ha actuado de catalizador.
Por otro lado, a la hora de escribir hay una necesidad de transmitir
una forma de ver la vida, una forma de relacionarnos con lo que
nos ha tocado vivir y muchas veces con aquello que nos gustaría
vivir pero que no nos ha tocado. Son vidas que hubiéramos
querido tener o situaciones que nosotros mismos inventamos pero
que nos hacen estremecer unas veces por su dureza, por su ingenuidad
o por la pureza de un sentimiento que queda simplemente reflejado
en ese gesto del protagonista con el que concluye el relato. Y es
este extraño estremecimiento lo que nos engancha. Esas risas
que hacemos cuando nuestro protagonista se pone chuleta para ligarse
a la chica o la congoja que nos entra cuando el niño ve cómo
la madre -que hemos inventado- abandona el hogar o el cariño
que cogemos a un gitanazo macarra que acabamos de crear es lo que
hace que compensen las horas ante el ordenador. Es como si esa madre
o ese gitanazo nos acompañaran en el coche y nos hicieran
a ratos sonreír y a ratos poner cara de disgusto haciéndonos,
desde luego, permanecer completamente ajenos al semáforo
,al tío que te pita por la izquierda, al locutor de la radio
y quizá a cosas más desagradables con las que a veces
no tenemos otro remedio que convivir.
Y ahora que reviso mis razones para escribir, sé que casi
no puedo convivir con esta obsesión que me persigue en las
cenas, en los viajes, en el cuarto de estar de mi casa cuando me
levanto, si una conversación tiene doble sentido, si le puedo
buscar una doble vida al portero, si no duermo y recuerdo a mis
muertos, si un día veo de lejos y en moto a un antiguo amor
o me gusta la forma de sonreír del aparca de un restaurante.
Y me obsesiona no tener qué escribir, pensar que no me quede
nada que contar. Sentir que mis personajes se suben a mi coche y
me dicen, con sinceridad, que lo que me queda es más de lo
mismo. Que no están dispuestos a aguantar relatos de mujeres
desqueridas, que les aburren mis historias de amor y desamor, que
hay muchos personajes más plenos que ellos, que les invente
vidas más interesantes, que quieren conocer otra gente, que
quieren cambiar de trabajo, que buscan un amor más vital.
Y subo la radio y canto fuerte y les ignoro pero gritan aún
más y me dicen que su vida se vuelve gris si yo no evoluciono.
Dejo el coche en un parking y les encierro apretando el mando a
distancia con gesto de victoria. Pero en cuanto subo las escaleras
me los encuentro en el puesto de flores y en el quiosco, en el coche
de policía o me llaman al móvil con insistencia.
Viendo que no me deshago de ellos les pregunto que cómo tengo
que evolucionar. No se ponen de acuerdo. Les pido que me respeten
pero siguen quitándose la palabra unos a otros. Me echo a
llorar y se hace un profundo silencio. Entonces les miro: María
pequeña y pelirroja, el mirón de la playa, el escultor,
el escritor desconocido que no me recuerda, la paletilla, Charlie
el barman y otros más lejanos como una monjita vieja , el
hombre que se hizo pájaro o el chuleta de Salaverri. Me miran
desconcertados como el niño que hace llorar a su madre. Les
miro uno a uno y siento que les conozco y que les quiero. Siguen
callados y yo dejo de llorar; no sé qué decirles,
sé que si no me enriquezco como persona no les puedo dar
lo que me piden. Les voy a decir que no sé cómo evolucionar,
que tengo miedo de no poderles enriquecer, que incluso he pensado
en abandonarles pero no quiero hacerles daño.
Viendo sus caras de estupor les sonrío, les pido que me den
un respiro y les prometo una vida mejor. Les pongo una sola condición:
que me dejen vivir.
Charlie el barman me comprende y me guiña el ojo, le devuelvo
el guiño y sigo mi paseo sola, de momento sola.
Aranzazu de Isusi
Junio ´03