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Azul, de Paula Coll Lapido
 
 
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Publicado el Lunes, 15 enero a las 10:15:00
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Antes del dieciocho de octubre, justo tres meses después de que te marcharas, mi vida se reducía a trabajar, comer y dormir. De vez en cuando me encontraba con algún libro tuyo en sitios tan raros como el armario del papel higiénico, o un CD metido en la carpeta de las facturas. Entonces cerraba los ojos para no mirarlo y lo guardaba en una caja con los demás.

A veces no podía evitar pasarme la tarde dándole vueltas a una frase de alguna novela que dejaste a medias, preguntándome si habría sido la última que leíste o la primera que dejaste sin leer. Así que acababa regresando a la caja y leyendo la página, el capítulo, el libro entero. También me quedé sin saber por qué no tirabas tu vieja pluma estilográfica, siempre te dejaba los dedos manchados de tinta. Justo como los tengo yo ahora mientras te escribo, Natalia. Pero entonces llegó el dieciocho de octubre.

¿Te acuerdas de aquel espantoso jarrón rojo que nos regaló tu tía Mónica cuando nos casamos? El día que lo desenvolvimos estábamos sentados en el suelo del salón. No le encontrábamos sitio. En la cocina se daba de bofetadas con los muebles y en el dormitorio parecía una mancha de sangre encima de la cómoda blanca. Hicimos el amor sobre el plástico de burbujas del envoltorio. Te dejó el cuerpo lleno de marcas redondas que yo luego quise eliminar con besos y mordiscos. El jarrón se nos olvidó en el último sitio en que lo dejamos.

Todavía está allí, encima del aparador, pero ahora es azul. Es lo que quería decirte, Natalia. El jarrón se ha vuelto azul. Sigue siendo feo, pero destaca menos. Lo vi cuando me senté a cenar, el dieciocho de octubre. Es de un azul tirando a eléctrico, como las plumas de un guacamayo, como el fondo de un cuadro de la época azul de Picasso, como aquellos vaqueros que compraste en Londres y que hacían que todo el mundo se volviese para mirarte cuando los llevabas puestos.

El día veinte fui a la cocina a desayunar. Tenía el pan de molde en la mano cuando me di cuenta de que el tostador amarillo se había vuelto azul. Igual que las toallas de aquel hotelito rural donde fuimos a pasar nuestro primer fin de semana juntos. Me acordé de la vergüenza que nos dio vernos desnudos el uno frente al otro por primera vez y de cómo crujía la cama, tanto que acabamos tirando el colchón al suelo. En la calle nevaba y nosotros echábamos vaho por la boca. Queríamos dibujar aros como los que fuman en pipa pero no lo conseguíamos.

No era el mismo frío que sentí en la cocina esa mañana mientras miraba el tostador azul. No se le parecía. Pero había dormido muy poco y pensé que lo del jarrón me había obsesionado. Guardé el tostador en una alacena y me fui sin desayunar. En el trabajo me olvidé del azul en medio de trajes grises, corbatas rojas y mesas de madera lacadas en negro.

Ahora tengo que saltar al tres de noviembre. Me había acostumbrado al jarrón y el tostador seguía guardado a buen recaudo. Ese día me dormí viendo una película japonesa subtitulada, no recuerdo el título. Cuando me desperté, el reloj del vídeo marcaba las dos y media con sus números rojos. El único ruido era el de la televisión y el del camión de basura que rondaba el barrio. Decidí irme a la cama. Tal vez, si no se me hubiera ocurrido encender la luz del dormitorio, no habría pasado nada. Habría metido la cabeza entre el colchón y la almohada y habría imaginado que dormías conmigo. El día siguiente me habría devuelto a tu taza de desayunar vacía y sucia en el fregadero, a la última lavadora que pusiste y que todavía no he sido capaz de planchar. Pero encendí la luz y vi que el edredón de rayas se había vuelto azul, una mezcla entre túnica de virgen de Murillo y mar tropical.

Fui corriendo al baño. Vomité y después me lavé la cara. Me miré en el espejo. Seguía siendo yo, con mi pelo castaño lleno de canas, mis ojos marrones y mis tres lunares en la frente. Nada de otro color. Si hubieras sido tú quien me mirase en lugar del espejo, quizá me habrías encontrado más delgado, más ojeroso, y yo te habría dicho que estabas igual de guapa que siempre. Te habría hecho cosquillas en la tripa hasta hacerte reír y te habría dicho lo bien que hueles, Natalia. Que olías.

No quería volver al dormitorio. Cerré los ojos y caminé a tientas por el pasillo. Al rozar el gotelé de la pared me vino a la cabeza aquel guante de masaje con el que me frotabas la espalda cuando nos duchábamos juntos. Sigue en el baño, al lado de tu champú con olor a limón. Llegué al dormitorio y apagué la luz de un manotazo. Me metí en la cama y me tapé, pero no conseguí dejar de temblar. Parecía que ahora el edredón abrigase menos que antes. Recordé aquel enorme pijama de franela verde y marrón que compraste en un mercadillo y que me excitaba más que cualquier conjunto de encaje, solo porque lo llevabas tú.

Durante casi dos semanas, ningún otro objeto se volvió azul. Los que ya lo eran siguieron siéndolo y yo hice lo que pude por no mirarlos demasiado. Compré galletas para no tener que tostar pan. Pensé en empezar a ir a correr de nuevo y en ordenar la casa. Llegué a sacar tu ropa del armario y a amontonarla sobre la cama. Sí, sobre el edredón azul. Estaba allí aquel vestido de Nochevieja que se te enganchaba con cualquier cosa hasta que se rompió y tuvimos que irnos a casa corriendo para no montar un strip-tease. Y tus veinte camisetas, todas iguales, cada una de un color. La naranja, la última que compraste, aún tenía la etiqueta del precio. Lo dejé todo sobre la cama, un poco porque tapaba el azul del edredón y otro poco porque olía a ti. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien como esas noches que pasé debajo de tu ropa.

Pero un viernes por la tarde volví a casa y descubrí que todas las alfombras se habían vuelto azules. El felpudo de la puerta, la grande y peluda del salón, la alfombrilla del baño. Todas azules. La del salón parecía un nido de anémonas. Me senté sobre ella y acaricié los flecos con la mano. La compramos en color crema porque no había otra en la tienda, porque ninguna pegaba con el sofá naranja, porque tu madre se había empeñado en que lo elegante eran los colores pastel, no me acuerdo. Ahora ya no me preocupa nada, ahora todo combina.

Hoy es dieciocho de diciembre. Recuerdo pocos detalles de las últimas semanas, salvo que, cada vez que regresaba del trabajo, algo más se había vuelto azul. Un día las cortinas, al siguiente mi ropa interior y no hace mucho tu taza de desayuno, que sigue en el fregadero. Hasta los posos del café han tomado un tono índigo. Esta tarde he visto cómo poco a poco las paredes iban cediendo el crudo que elegimos cuando pintamos la casa y se volvían azul cielo.

El reloj del vídeo marca las once y cuarenta y dos con sus números azules. Estoy escribiéndote esta carta con tu vieja pluma de la universidad, aunque tú nunca me dejabas usarla, decías que estaba hecha a tu mano. Es de lo poco que queda que era azul cuando tú todavía estabas aquí, Natalia. El resto -el jarrón, la tostadora, la colcha, las paredes, la bañera, los libros, las alfombras-, es todo falso, teñido. Como mis dedos manchados de tinta. En las fotos de la boda tu vestido ha pasado del blanco al turquesa y a través de los cristales de las ventanas veo un mundo que parece el fondo del océano.

Esta noche me tumbaré en la cama, apagaré la luz y me quedaré mirando a la oscuridad hasta que me venza el sueño. Intentaré acordarme de tu pelo rubio y de tus ojos castaños. Pensaré en la última vez que te vi, en aquella blusa de flores que llevabas, en los lunares rojizos de tu espalda. Recordaré el olor a mandarina de tu perfume que quedó en el aire mientras te alejabas en busca del autobús y el sabor a fresa ácida de tu brillo de labios, que me dio ganas de perseguirte para robarte otro beso.

Mañana lavaré tu taza del desayuno y me haré unas tostadas. Luego guardaré esta carta en una caja con tu ropa, que ya no huele a nada, las fotos, el jarrón y la pluma. Casi no le queda tinta. Después iré a comprar pintura. En el catálogo hay un bonito color rojo inglés. Creo que quedará bien en las paredes.

Nota: Carta finalista del VI Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor
 
 
 
   

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