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Toque de queda, por Eloy Serrano
 
 
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Publicado el Lunes, 03 noviembre a las 15:29:09
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Prudencio Alba despertó sobresaltado en mitad de la noche, y miró a su alrededor tratando de buscar la causa que le había arrancado del sueño. Por un momento pensó en las patrullas de vigilancia que por las noches, desde que en agosto los militares tomaran la Presidencia del Gobierno, pateaban las calles del pueblo con zancadas insolentes de autoridad.

Y aguzó el oído, pero el silencio en la habitación era definitivo, y hasta el gemido del viento y el ladrar de los perros se habían dejado amansar por el toque de queda. Sólo encontró un nido de congoja en su pecho y el olor remoto a goma de borrar y lápices mordidos. Y como creía en las virtudes premonitorias de los sueños, se dijo que lo mismo era que en su cuerpo ardían aún los rescoldos de alguno. De modo que para avivarlo abandonó la cama, encendió la luz triste de la bombilla que colgaba del techo y fue a sentarse en el sillón de orejeras, donde en las noches de insomnio acostumbraba a reflexionar acerca de los enigmas de la vida, casi siempre sin éxito.

Y allí, en la penumbra del dormitorio, sentado en el sillón de cuero marrón ya percudido, dejó Prudencio que sus ojos desvelados se pasearan por la decoración austera y destartalada de solterón sin remedio: por la mesa coja con el hule a cuadros verdes desvaídos, por las tres sillas disparejas en forma y color, por el armario de puertas desencajadas; y luego los cerró para concentrarse y buscar un resquicio que le condujera al sueño que había perdido. Pero es el olor a sudor infantil y madera antigua el que viene en su ayuda, y se ve chiquito, sentado en el pupitre de la escuela, con su mandilón a rayas verdes y blancas del parvulario, siguiendo con el dedo diminuto las primeras líneas de El Quijote, mientras don Augusto, más conocido entre los alumnos como el tuerto por su ojo de cristal, le mira desde la tarima con el ceño pensativo, afilándose el bigote de mosquetero, para alzar luego su mano de esqueleto y decirle alto ahí Prudencio y explícame qué es lo que acabas de leer. Y Prudencio se queda sin saber qué decir, con la cara boba mirándole el ojo de cristal, que es no obstante el más enfático, sin saber cómo decirle a don Augusto que no sabe lo que es un hidalgo, ni una adarga, ni un rocín, que el texto entero, todo él, carece de sentido. Y Prudencio se encoge en su silencio culpable para que don Augusto le imponga la penitencia de copiar veinte veces aquellas palabras que aún, como un enjambre de abejas asustadas, zumban en sus oídos de niño. "No te castigo por no saber, sino por no preguntar, pues no hay peor ignorante que el que no quiere aprender" sentencia el maestro con su voz de barítono decadente.

Para darse tiempo, bebió Prudencio de la taza de café ya frío que, por la noche antes de acostarse, había dejado a medias sobre la mesa, y luego miró el calendario que colgaba de la pared entre dos estampas enmarcadas, del Che Guevara la una y de la Virgen de los Remedios la otra, y no le extrañó comprobar que aún no había arrancado la hoja del mes de agosto con el número trece encerrado en un rabioso círculo rojo. Y tampoco le extrañó que le llegaran aquellas imágenes de su infancia, porque era un hombre tan sin dobleces que sus sueños no tenían esa cualidad fantástica y alucinatoria que suelen tener los sueños, sino que eran una réplica exacta de la realidad que le había tocado vivir, sin añadidos ni extrañas metamorfosis, aunque no por ello libres de interpretación. Y se dijo que quizá esas imágenes le mostraban su deseo de regresar a la niñez, al tiempo feliz de la inocencia, donde los hombres malvados no gobernaban los destinos reales de las personas, sino que vivían en los cuentos infantiles, instalados en su modélica y ejemplar maldad. Aunque también podrían estar hablándole de la culpa y del castigo, tal vez de la venganza. Estas explicaciones le parecieron las más sencillas, y por tanto, las más convincentes. Pero en seguida recordó que desde que don Augusto le descubriera su ignorancia, había empezado a buscar las palabras en el diccionario, al principio sólo para evitar el castigo, luego atraído por las palabras mismas, que eran como cofres que había que abrir para extraer el tesoro de su significado. Y así descubrió que, como las personas, las palabras tenían también su personalidad: duras, irritantes, tristes, suaves como una caricia... Pero aun así, siguió sin gustarle la lectura, hasta que fue el mismo don Augusto quien, sacudido por un temblor recóndito y con voz de profeta iluminado, comenzó a leerles cada día un capítulo del libro prestigioso, y el Quijote le pareció entonces a Prudencio un libro mágico. "No sé cómo puede leer tan bien con un solo ojo", había pensado él con ingenuidad infantil.

Sí, quizá de eso le advertían los recuerdos: de las palabras, ahora que estaban amordazadas, enjauladas también ellas en las cárceles del poder, sometidas a la disciplina de las armas, vestidas con la uniformidad pautada de los delincuentes. Y pensó Prudencio en lo que había perdido: el derecho a decirse a sí mismo libremente; en lo que todos habían perdido, incluso esos poetas inversos que eran los censores del gobierno canalla, que torturaban a las palabras hasta extenuarlas de significado. En efecto, eso podría ser, pero no entendía por qué le alteraba tanto, por qué sentía que el corazón se le desesperaba, como si viniera de un lugar de espanto, y los dedos de las manos le temblaban, fríos igual que un coro de niños ateridos. Intentó tranquilizarse, pero entonces cayó en la cuenta de que algunas palabras suyas circulaban en pasquines, anónimas y a la deriva por entre el pueblo sometido, clavadas en la puerta de la iglesia y de la fábrica, en el mercado y la plaza, arrumbadas y retorcidas por esos remolinos de olvido que formaba el viento de otoño en los rincones de las calles. Y de nuevo, sin saber por qué, recordó a su maestro, tan parecido al mismísimo Alonso Quijano, los dos enjutos de rostro, con la barba rala en forma de ciprés invertido los dos, y esa misma expresión de estar más allá de las cosas; y pensó en cómo día a día se aventuraba don Augusto en una conducta cada vez más errática, ya definitivamente don Quijote. Y comprendió entonces de dónde le venía al maestro aquel lenguaje insólito cuando, agotada la paciencia infinita, se dirigía a sus alumnos como bausanes, bojigangas, trastulos, echacuervos. Maravillosas palabras que luego los niños, en el patio de la escuela, se lanzaban como piedras exóticas los unos a los otros. Y creyó Prudencio que empezaba ahora a entender, a desvelar el mensaje del recuerdo, porque también como piedras eran las palabras que él, ridículo e inútil quijote, había arrojado en los pasquines a los golpistas exitosos y sanguinarios.

Y fue entonces, coincidiendo con esta reflexión, cuando el frenazo de un auto rasgó la noche, y un estruendo de voces, que aletearon como murciélagos funestos, se apoderó del silencio y voló hasta la misma puerta de la casa para golpearla con ciega rabia. Se levantó entonces Prudencio con una tranquilidad repentina, como si la certidumbre del destino intuido le diera un coraje nuevo, y mientras atravesaba el espacio que le conducía a la puerta de entrada, le alcanzaron las imágenes de aquella tarde en que don Augusto, en mitad de un examen, y después de llevarse las manos a la cara, de espaldas a la pizarra, se vuelve con un parche negro en el ojo izquierdo y, como un prestidigitador mediocre, descubre entre el índice y el pulgar de su mano derecha el huevo de su ojo de cristal, y lo pone sobre la mesa, dejando con el aliento retenido a los alumnos, que no saben qué hacer o decir mientras el ojo les observa. Y le parece a Prudencio que es ese ojo de Dios que representan inscrito en un triángulo los libros de religión. "Y no se atrevan a copiar, que estoy vigilando, porque este ojo todo lo ve, hasta los más íntimos pensamientos" dice don Augusto señalando con su índice escuálido al ojo inquisidor, al tiempo que, para dar mayor veracidad a sus palabras, abandona el aula.

...Al tiempo que Prudencio, golpeándole en la cabeza el significado definitivo de su recuerdo, abre por última vez la puerta de su casa, y el azote de un viento repentino desbarata su sueño, todos sus sueños.

Nota: Cuento finalista del I Concurso de Plagio Creativo organizado por la EscueladeEscritores.com.
 
 
 
   

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