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Cuentos:
33 revoluciones, de Ernesto Ortega Garrido
 
 
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Publicado el Jueves, 16 noviembre a las 20:30:00
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Cara A

Durante todo el curso estuve haciendo los deberes pegado al radiocasete, escuchando Radio Planeta, más atento al locutor que a la revolución francesa o a la generación del 98. Cuando anunciaba una de mis canciones favoritas, soltaba el boli, estiraba la mano y, en décimas de segundo, pulsaba el Rec.

Entonces la vida giraba a 33 revoluciones por minuto en el tocadiscos de mi hermano y no existían los CD, ni los mp3 ni podías bajarte canciones en Internet. Fue el curso en el que conocí a Cris, perdí la virginidad y repetí COU, todo por ese orden, y fue el curso en el que I still haven’t found what I' m looking for, el mejor tema del LP de U2, The Joshua Tree, consiguió permanecer durante 25 semanas consecutivas en el Nº1.

Como apenas tenía dinero para regalárselo a Cris, estuve tres días intentando grabarlo de la radio. El locutor nunca dejaba que terminase la canción y su voz se superponía a la de Bono. Yo esperaba a que la volviesen a poner de nuevo, mientras revisaba los apuntes, pero la historia se repetía y tuve que optar por borrar las últimas notas, lo que hacía que la canción se cortara bruscamente. Completé la cinta con otras canciones de U2, The Police y los Dire Straits. Pero al final logré la pasta y le regalé el LP y la cinta acabó en el coche de mi hermano. Y es que en aquel curso la música se había convertido, junto con el sexo y los coches, en nuestro leif motiv.

Si no tenías lo último de Bruce Springsteen eras tan pringao como si no te hubieras enrollado con una tía. Todos queríamos tocar la guitarra como The Edge y pensábamos en sacarnos el carnet de conducir antes que en ir a la universidad. Nos prestábamos y nos grabábamos discos y cintas, y soñábamos con tener nuestra propia banda de rock. Dejarme la virginidad en el asiento trasero de un coche era toda una obsesión y ninguna chica permanecía más de tres semanas en lo más alto de mi lista, hasta que apareció Cris.

Cris había llegado aquel año de otro instituto. Se sentaba al lado de la ventana justo dos filas delante de mí, de forma que, desde mi sitio, en la fila del centro, cada vez que miraba al patio para ver a los que estaban haciendo gimnasia, me encontraba con ella. Pronto dejé de mirar al patio y sólo la miraba a ella y sentí que, de alguna manera, sí había encontrado lo que estaba buscando. Cambié el camino por el que iba al colegio para cruzármela y me apunté a las mismas actividades extraescolares, le pedía los apuntes y se los devolvía con declaraciones de amor, pero ella parecía que no quería nada conmigo. La primera vez que le pedí que saliésemos simplemente me dijo que no. La segunda vez, que nunca salía con chicos más bajos que ella. Yo seguí insistiendo.

Cara B

No le dije que sí hasta que me lo pidió por tercera vez, después de dedicarme I still haven’t found what I' m looking for siete veces en Radio Planeta y regalarme el último disco de U2. En clase le había pillado infinitas veces mirándome. Jugaba con el boli y daba golpecitos sobre la mesa, como si estuviese tocando la batería. Por esos extraños efectos que producen las aulas en nuestros cuerpos, cada vez que me miraba, mi pie derecho comenzaba a moverse sobre la tarima, como si los dos estuviésemos siguiendo el ritmo de una misma canción y, aunque me parecía que Carlos era demasiado bajo para mí, antes de la segunda revolución industrial ya estábamos saliendo. Las letras de nuestras canciones sólo se torcieron cuando se empeñó en que lo hiciésemos y le dije que no estaba preparada. Ese detalle, y no el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, fue el desencadenante de la Primera Guerra Mundial. Mientras el profesor firmaba el Tratado de Versalles en la pizarra, llegamos a un acuerdo: si íbamos en serio y a final de curso seguíamos juntos, lo haríamos. Las noches se fueron haciendo más cortas. Como ya no teníamos clase, me pasaba los tardes repasando para selectividad. Un viernes por la noche se presentó en la puerta de casa dando bocinazos con el coche de su hermano. Carlos había aprobado el carnet de conducir. Estuvimos dando vueltas, escuchando música, hasta que nos detuvimos en una amplia explanada que estaba llena de coches. Fumamos y tarareamos canciones, y entre el humo y los besos, nos acariciamos como cualquier otro día. De repente, me soltó, alargó el brazo y sacó un preservativo de la guantera. -Son de mi hermano -me dijo-. El curso ya ha acabado.

Pensé en decirle que todavía faltaban los exámenes de selectividad, que todavía teníamos tiempo pero me quedé callada, sin atreverme a mirarle, revolviendo entre las cintas. Cogí una que tenía los títulos anotados a boli en la carátula, la primera canción de la cara A era I still haven’t found what I'm looking for. En realidad, el curso ya se había acabado.

Puse la cinta y pasamos al asiento de atrás. Me temblaban hasta las pestañas. Sus manos, que tantas veces me habían tocado, me parecían enormes. Ni siquiera nos desnudamos. Sentí dolor. Me abrazó. La canción seguía sonando. Terminó con un corte brusco, como si le faltasen las últimas notas. Luego, el silencio. Los exámenes. Antes de que saliesen las notas de selectividad I still haven’t found what I'm looking for había dejado de ser el número 1. Carlos suspendió. Yo me pasé el verano en Londres. Después, la universidad. Apenas volvimos a vernos. Hubo otras canciones, hubo otros chicos, pero la vida ya nunca giraría a 33 revoluciones por minuto.

Nota: Finalista del I Concurso de relato con banda sonora
 
 
 
   

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