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Desde Santurce a Bilbao, de Ignacio Jaúregui
 
 
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Publicado el Jueves, 16 noviembre a las 20:30:00
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No ha amanecido del todo, pero a través del ventanuco ya se adivina el mal tiempo ahí fuera: la bandada de gaviotas levita a media altura, detenida en una ráfaga de viento, y Fabián sabe, como sabe todo el mundo, que cuando las gaviotas aparecen ría adentro es que amenaza temporal fuera del Abra.

Levantarse o no levantarse todavía a encender el fogón, se pregunta hecho un ovillo entre las mantas. Gorostiaga y Goitisolo, dice el calendario en la pared frente a la cama, noviembre, mil novecientos veintiocho; y una botella de vino quinado grabada sobre la fotografía del Athletic en alineación: Lafuente, Chirri, Unamuno, Gorostiza, Iraragorri… Fabián nota una sacudida familiar: Tiembla la cama al paso del primer ferrocarril de la mañana hacia Sestao, cargado de mineral de hierro de Carranza. Deben de haber dado ya las seis de la mañana, aunque no recuerda las campanadas en Santa María.

Se vuelve hacia Amparo, acurrucada junto a él bajo las sábanas. Siente sus pantorrillas enredarse entre las suyas, los muslos desnudos de veinteañera, que recuerda ligeramente manchados de azul mahón. Fabián se ríe en alto. La falda de sardinera, que pierde el tinte con los remojones. Y anda que no hubo remojón anoche.

Se levanta con cuidado de no despertarla, y se pone el chaquetón sobre el cuerpo desnudo, aterido, tanteando con los pies las baldosas en busca de sus alpargatas. Se asoma al ventanuco, entrecerrando los ojos para intentar distinguir, entre la cortina de nubes bajas, la dársena y los cargueros que rebasan el Puente Colgante, las gabarras cargadas de carbón que remontan la ría a la sirga. Chillan las gaviotas, revueltas, asustadas del cielo plomizo o de vaya uno a saber qué. Qué asco de mañana.

Hoy no voy.

Se lo ha dicho muchas veces, muchas mañanas como ésta. Pero es que hoy está completamente seguro.

Hoy va a ir a la fundición su puta madre.

* * *


Desde Santurce a Bilbao, canta Amparo en un susurro ceñida a Fabián en la mañana helada, vengo por toda la orilla, con la falda remangada, luciendo la pantorrilla. A estas horas, en la parroquia sólo se oye bisbisear avemarías a varias docenas de viudas de luto riguroso: viudas del chiquiteo, del grisú de la mina y de los altos hornos, de la tuberculosis, de la guerra del Rif, de la dictadura de Primo de Rivera. Lo que no se ve en la parroquia a las ocho de la mañana es a la gente joven en edad de trabajar.

-Fuera la boina, chaval, que estamos en la iglesia.

El padre Iturmendi tuerce el gesto y Fabián le mira con hastío los zapatones bajo la sotana, el pelo blanco, el escapulario, la cojera.

-¿Qué queréis vosotros?
-Queremos casarnos.
Lo han dicho los dos casi a la vez, así que se miran y les da la risa. El párroco no se ríe.

-¿Tú no eres Fabián? ¿El hijo de Mari Ochoa?
-Sí. Y ésta es Amparo. Somos novios. Queremos casarnos.
-Ya.
Hay distancia, y problemas, en el tono del cura. Fabián nota otra vez ese cansancio infinito que siente desde hace semanas.

-¿Tú te quieres casar? ¿Por la Iglesia de Roma?

Fabián hace un gesto vago con la cabeza.

-¿Por qué no estás en el trabajo? ¿Es que han cerrado la fundición? ¿O es que ya te han puesto en la calle de una vez?
-No, nada de eso…
-Ya veo. Es que ahora los de la CNT vais a venir los lunes a misa de ocho, y a casaros por la Iglesia.

Fabián siente la sangre agolpársele en la cara. A ver si los de la Confederación van a estar en lo cierto cuando hablan del clero cómplice del Directorio Militar, tocando siempre los cojones.

-Mire, padre… tengamos la fiesta en paz. Sólo queremos casarnos.

Mira a Amparo, que tiene puesta en la cara la sonrisa más limpia e inocente del mundo. Amparo carraspea, con tímido orgullo.

-Esperamos un niño, padre.

No hay sorpresa visible detrás de las gafas del padre Iturmendi. Hay apenas, por encima de cualquier otro matiz apreciable, un brillo de victoria.

-Ya. Con prisas, encima -abre la puerta lateral del altar, y su voz se pierde en la escolanía-. Hala a tu trabajo, chaval. Y tú, niña, a lo tuyo. Mira lo que pasa por andar con anarquistas. Estas cosas se piensan antes.

Fabián se siente explotar y vocifera al interior de la sacristía.

-¡Cágüendios! ¡Ya dará la vuelta a la tortilla! ¡Os vais a enterar!
-Largo de aquí. A blasfemar a Rusia, y que os case José Stalin. Y no me hagas llamar a la Guardia de Asalto. A ver si el que te vas a enterar vas a ser tú.

Fabián se cala otra vez la boina, ignora los gestos apaciguadores de Amparo, la agarra del brazo y sale por el pórtico lateral de la iglesia, intentando un portazo imposible por el freno del portón.

* * *


Desde Santurce a Bilbao, vuelve a entonarle Amparo al oído un rato después como a Fabián le tranquiliza, cuando emprenden de nuevo el largo camino por la dársena hasta los muelles. Fabián pregunta en tres cargueros.

-¿Y vosotros qué sabeis hacer?
-Nosotros cocinamos. Marmitako. Patatas en salsa verde.

El buque Sopelana, con tripulación gallega, que zarpa esa misma mañana hacia el Río de la Plata, los acepta. Casados o no.

* * *


Desde Santurce a Bilbao, sigue cantando Amparo en la popa del buque, como el piar de un mirlo recién salido del nido, mientras se va alejando la villa de Portugalete. Fabián le ciñe el talle de sardinera y sueña con América y con el hijo en camino. Y a medida que ve empequeñecerse sin nostalgia la silueta de Santa María, se le va poniendo en la cara una sonrisa de domingo.

Hoy va a ir a la fundición su puta madre.

Nota: Ganador del I Concurso de relato con banda sonora
 
 
 
   

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