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Equipo de la Escuela: Ana Muñoz de la Torre
 
 
Cursos a distancia: Escritura y blogs, Iniciación al relato breve, Iniciación a la escritura creativa, Redacción y estilo
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Ana Muñoz de la Torre es escritora. Lleva una década ejerciendo de periodista, correctora de textos y asesora literaria.

Comenzó su andadura profesional en el campo de las letras en el semanario La Calle de Córdoba, primero como escritora de relatos por encargo y más tarde como redactora de la sección de Cultura.

Alumna de diversos talleres literarios, ha sido artífice del primer curso de escritura de blogs en España -que imparte en esta escuela-, y es autora de La orgía perpetua, una de las bitácoras literarias más visitadas y enlazadas de la blogosfera, génesis de Ella y La orgía perpetua, novela publicada por Gens ediciones.

Desde hace años, trabaja como freelance, desempeñando fundamentalmente labores de corrección de estilo y asesoramiento literario para distintas editoriales, entre las que se encuentran Oxford University Press o Santillana. Asimismo, colabora con el servicio de corrección de textos de la Escuela de Escritores.

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Entrevista a Ana

Entrevista realizada a Ana Muñoz de la Torre en septiembre, 2007
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
Me parece una afirmación un tanto extrema. No entiendo por qué se puede aprender (y enseñar) a pintar, a modelar, a tocar un instrumento o a bailar danza clásica, por ejemplo, y sin embargo a escribir no. Quienes dicen eso están colocando a los escritores en un olimpo absurdo (seguro que superpoblado de musas) donde supongo que serán innecesarios los recursos narrativos, las técnicas literarias y, por supuesto, el trabajo duro. Una cuestión aparte, que no creo que haga falta que yo descubra aquí y ahora, es el hecho de que existen personas dotadas para la escritura (al igual que para la pintura o la música), poseedoras del famoso don (y del pertinente látigo autoflagelador), al que hace referencia Truman Capote en el prólogo de Música para camaleones.

¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
Para mí ser profesora de escritura constituye un privilegio. Me considero tremendamente afortunada por tener la posibilidad de dedicarme a iniciar a otras personas en la que, a fecha de hoy, ha sido, es, e imagino seguirá siendo la gran pasión de mi vida.

Empecé a impartir clases en la Escuela después de presentar a su director, Javier Sagarna, un proyecto de curso de escritura de bitácoras literarias. Él se paseó por mi blog, La orgía perpetua, y después de leer mi obra y estudiar mi propuesta consideró que estaba capacitada para formar parte de su equipo. Al poco tiempo me preguntó si me gustaría hacerme cargo de un taller de Iniciación a la Escritura Creativa, y acepté gustosa el reto.


¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
Somos un equipo grande repartido por el mundo entero, que, por lo tanto, se ve menos de lo que desearía en presentaciones, cenas o eventos similares. Aunque nos lo propusiéramos, resultaría imposible que todos fuésemos íntimos. Yo mantengo una relación afable con todos mis compañeros, y a lo largo del año que acabo de cumplir como profesora me ha dado tiempo a tomarle verdadero aprecio a algunos de ellos. Nunca olvidaré los rostros (ni los abrazos, ni los besos, ni las palabras) de los que tuvieron a bien acompañarme en la presentación de mi libro, un día importantísimo en la existencia de cualquiera que celebre el bautizo civil de su primera obra.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
Pues nunca me he planteado cuál es mi metodología. Ni siquiera me consta que tenga una. Si me detengo a reflexionar, imagino que sí, y puede que ya la siguiera de forma inconsciente cuando elaboré el temario del curso Escritura y blogs.

Como profesora de taller literario, he de confesar que no soy nada dogmática. Yo creo que las teorías están hechas para desembocar cuanto antes en la práctica. En los cursos que imparto me interesa mucho, por ejemplo, dar tanta importancia a la lectura como a la escritura. No creo que exista un solo escritor que valga la pena que no haya sido un buen lector. En los talleres podemos proporcionar a nuestros alumnos una serie de herramientas y recursos, pero si luego no quieren aprender comprobando cómo los grandes emplearon dichos instrumentos antes que ellos, si no se esfuerzan en afrontar los textos que leen con cierta mirada crítica, si no se detienen a analizar los puntos fuertes y débiles de una obra concreta, jamás podrán soñar con parir un solo escrito que valga la pena.

Lo que quiero decir con todo esto es que disfruto recomendando lecturas a mis alumnos e ilustrando mis comentarios a sus trabajos con ejemplos.

En cuanto a la aplicación de mi criterio pedagógico, siempre he sentido absoluta libertad. Me gusta desmenuzar los ejercicios, llenarlos de marcas, anotaciones, y alguna que otra sonrisa. En ese sentido, me ha sucedido algo muy curioso: jamás había utilizado los famosos emoticonos hasta que empecé a dar clases virtuales.


¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
A los alumnos de mis diferentes grupos les pido, indistintamente, que crucen la puerta del curso desnudos de vergüenza, ansiosos de conocimiento y, por encima de todo, libres. Cualquier tipo de encorsetamiento es contrario a la esencia del arte. Asimismo, les ruego que sean participativos, que no se limiten a estar pendientes en exclusiva de los comentarios que la profesora hace de sus ejercicios, sino que tengan muy en cuenta los trabajos de los compañeros. Me parece esencial que aprendan de los fallos y aciertos ajenos tanto como de los propios.

Cuando el curso finaliza únicamente los invito a no dejar de escribir y leer, a perseverar, a no dar pábulo al desánimo y a perseguir con entusiasmo su sueño literario, en caso de que lo tengan.

En cuanto a mi nivel de exigencia, imagino que cada uno de mis alumnos tendrá una opinión bien formada y distinta al respecto. Lo único que puedo decir sobre este particular es que no les pido imposibles, nada que no me hayan solicitado a mí con anterioridad mis profesores de escritura. Quizá más que de exigir se trate de mostrar, mostrar la luz en un camino oscuro para quienes se colocan por vez primera en el punto de partida creativo.


¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
Me gusta, sobre todo, que los chicos se conozcan en la medida de lo posible y que, como acabo de comentar, sean participativos. Me parece fundamental que se acostumbren a comentar los ejercicios de sus compañeros con sinceridad, pero siempre desde el respeto. En ese sentido, desde un primer momento les recalco la necesidad de aprender a criticar y, por supuesto, a encajar las críticas.

Por lo demás, intento que el ambiente sea lo más distendido posible, incluso cómplice, y que junto con un intercambio continuo de conocimientos exista otro paralelo de sensaciones y emociones.

En lo que a mí respecta, apuesto por la cercanía. El ejercicio de la escritura conlleva mucha soledad, y por momentos se puede volver algo insoportable, sobre todo cuando estás comenzando, y te sientes perdido, y crees que no llegarás a ninguna parte. Por eso, disfruto arropando a cada alumno, convirtiéndome para él o para ella en una especie de entrenadora personal que corre a su lado y que, ante los primeros síntomas de una soberana pájara, está ahí para decirle: "Venga, no desfallezcas. Sólo un kilómetro más por hoy. Tú puedes".


¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Absolutamente. La enseñanza es uno de los campos profesionales más enriquecedores. No puedo percibirla de una forma diferente a un toma y daca. Mis alumnos me enseñan cada día a ser un poco más paciente, tolerante, a aplacarme la vehemencia, a recibir grandes dosis de bondad, e incluso de ingenuidad, y eso es impagable.

¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller?
Pues no me atrevería a establecer el canon del buen profesor de taller literario. Imagino que cada uno tendrá su propia lista de cualidades necesarias.

Yo, por mi parte, considero fundamental la posesión de cierto bagaje que únicamente se adquiere después de haber leído mucho (y de seguir leyendo, claro). Eso siempre sirve para saber orientar a cada alumno de forma personalizada en las lecturas más recomendables, en aquéllas que más pueden ayudarle a no dejar de avanzar en su recorrido creativo.

Asimismo, estimo imprescindible saber dar una de cal y otra de arena, o lo que es lo mismo: aplaudir todo lo destacable y subrayar todo lo erróneo de cada texto escrito en el taller.

Por otro lado, en cualquier tipo de enseñanza, me resultan imprescindibles la paciencia, la empatía y el cariño.


Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
En la forma más que en el fondo (lo que no significa que deje este último de lado). Me gusta hacer hincapié en la creación de imágenes únicas, de comparaciones originales, en lo indispensable de contemplar el mundo de una manera distinta, de pasar cualquier anécdota por nuestra propia criba, de jugar con el lenguaje hasta que nos hartemos, descansemos, recobremos fuerzas y volvamos a empezar. También suelo destacar la necesidad de que la narración posea ritmo, de no olvidarnos nunca de su estilo.

Pero lo que me interesa por encima de todo es que cada alumno descubra su mirada literaria, y que desde ese objetivo único, detrás de esa lente especial, llegue a ser capaz de mostrar su particular visión de las cosas.

Desde hace siglos todo está contado, de ahí que a fecha de hoy resulte complicadísimo escribir una historia original que aborde alguno de los considerados grandes temas. En cambio, sí es posible contar algo de tal forma que cualquier lector lo estime novedoso, algo que le haga pensar que, de la mano de ese autor, se está adentrando en un universo que ningún otro mortal podría haberle descubierto.

Me sentiría feliz si mis alumnos lograsen que alguno de sus lectores tuviera la sensación, después de haber leído un texto suyo, de haber deshojado una margarita por primera vez o de que los besos recibidos hasta ese preciso instante no han sido más que un sucedáneo de lo que acaban de encontrar en una página concreta.


¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
Los concursos son un hecho. Están ahí, y sirven para alentar nuevas voces. A quienes presentan una obra a un certamen literario les reconozco todo el mérito que tiene su tesón, su capacidad para perseverar y no arrojar la toalla. Yo soy vaguísima en ese sentido. A mí me hablan de folios por quintuplicado, plicas y demás gaitas y salgo corriendo. Además, no me gusta escribir con imposiciones de ningún tipo. No soporto que alguien me diga que tengo que confeccionar un relato en el que un tren pasa por Soria y descarrila a los diez minutos de trayecto, y eso, encima, con una extensión de entre cinco y diez folios. ¡Qué estrés!

Tal vez simplemente no crea demasiado en mis posibilidades como concursante. No lo sé. Hace algo más de dos años, alentada por un amigo, tuve la brillante idea de presentar La orgía perpetua a un concurso de bitácoras, y casi acabo en comisaría denunciando las amenazas de muerte recibidas en mi propio blog y en mi cuenta de correo por uno de los participantes. La competitividad me agota.

Con respecto al afán de publicar, lo veo absolutamente comprensible. Uno escribe para que lo lean, y quien afirme lo contrario está manteniendo una pose bastante hipócrita al respecto. Escriben para ellas las personas que elaboran diarios personales. Los escritores aspiramos a llegar al público, a conectar con el lector. Y, pese a ello, tengo la certeza de que no vale la pena publicar a cualquier precio o en un momento en el que todavía no se posea el grado óptimo de madurez creativa.


¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
Para la respuesta que voy a dar prefiero autoformularme la misma cuestión al revés: "¿Cómo compaginas tus propias creaciones con la labor de profesora?". Pues bastante mal, la verdad. Para qué vamos a engañarnos, aunque se hace lo que se puede. Tengo clarísimo que debo entregarme a mis cursos y a mis alumnos al cien por cien. El día que considere que no puedo darlo todo o que no estoy dispuesta a prestar a mis chicos la atención y la dedicación que se merecen, me apartaré y dejaré paso a otros profesores que sí puedan hacerlo.

¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
Hay muchos autores que me resultan fascinantes: Cortázar, Flaubert, Capote, Nabokov, Márai, Carver, Tizón... Si he de elegir a uno, me quedo con Salinger.

En la actualidad estoy leyendo El último encuentro, de Sándor Márai. Me parece uno de los grandes, un escritor mayúsculo, un cartógrafo del alma humana. Hace casi un año me acerqué a él a través de la lectura de La mujer justa, una de las mejores novelas que he leído en años.

Cuando descubro un autor que me deslumbra, no puedo evitar irme a una librería y hacerme con toda su obra. He de reconocer que, en ese sentido, actúo de una forma bastante compulsiva.


Eres una destacada escritora de bitácoras y hace un par de meses has publicado tu primera novela basada precisamente en tu blog "La orgía perpetua". ¿Crees que al género bitácora le queda aún mucho por desarrollarse en el mundo literario? ¿Se terminará convirtiendo en un género literario más o seguirá siendo un cajón de sastre en el que se mezclan distintos géneros?
Yo no consideraría las bitácoras un género literario en sí mismo (de hecho, existen blogs de todos los colores y para todos los gustos: personales, periodísticos, videoblogs...). Desde el punto de vista de la creación literaria, representan un instrumento fabuloso para dar salida a la expresión artística, y ello con el atractivo añadido de poner en contacto al autor con sus lectores. El diálogo instantáneo entre escritor y lector promovido por las bitácoras representa un hecho sin precedentes, un verdadero lujo.

Aunque existen blogs literarios centrados en un solo género (poesía, relato, novela...) que están muy bien, yo confío en que el cajón de sastre mencionado, una suerte de bitácora ecléctica, se siga reproduciendo y no llegue a agotarse. El mestizaje siempre resulta positivo. ¿Por qué acotar parcelas en ningún terreno artístico?

Mi blog es un ejemplo de dicha mezcla de géneros, donde lo mismo cuelgo un post con forma de guión cinematográfico, que un tanka, que una reflexión, que una historia por entregas o un simple pie de foto. Esa libertad me parece fabulosa. Acercarme a mi bitácora cada día en los casi tres últimos años me ha servido para crecer como escritora e ir soltando mucho lastre, pues en los primeros tiempos incluso me daba pudor escribir en primera persona. No soportaba la idea de que los lectores confundieran a la autora con el personaje. En definitiva, lo más hermoso de un blog radica en esa posibilidad de crecimiento personal y creativo, provocado, en gran medida, por la existencia de unos visitantes que, al segundo de ver editado tu último texto, empiezan a pulular por tu rincón virtual para opinar sobre lo humano y lo divino, a contarte lo que les ha provocado lo que acaban de leer.


Háblanos de Ella y La Orgía Perpetua. ¿Fue difícil convertir en un libro tu blog?
Trasladar al papel La orgía perpetua ha sido algo hermosísimo, un proceso muy pensado, muy elaborado, hecho con cariño y mucha dedicación, y creo que eso se nota cuando te adentras en sus páginas.

El trabajo fue titánico, porque desde que mi editor me comunicara su deseo de publicar un libro a partir de mi bitácora hasta la entrega del original transcurrieron apenas tres o cuatro meses.

En ese sentido, me considero una privilegiada, porque llevo años y años dejándome la piel en esto de la literatura, y soy consciente de que en pocas ocasiones el príncipe azul llama a tu puerta con el zapatito de cristal sobre un cojín.

Volviendo al grado de dificultad del trasvase de formatos, debo reconocer que en mi caso resultó elevado, ya que no me interesaba elaborar un simple diario de Ella (la protagonista de La orgía perpetua), que es lo que se tiende a hacer en estos casos (los llamados blooks), sino que quise concebir el libro como algo independiente del blog en la medida de lo posible, en absoluto un apéndice del mismo, y advertí que para ello, por ejemplo, tendría que saltarme la cronología de los textos colgados en la Red, e incluso suprimir las fechas.

Durante semanas, le di vueltas y más vueltas al asunto de la estructura (ya me he referido a la importancia que otorgo al aspecto formal de una obra), hasta que vi claro que lo que debía realizar era algo parecido al montaje de una película. A partir de esa certeza comencé a disfrutar muchísimo del proceso.

Cuando me puse a armar Ella y La orgía perpetua mi intención era la de colocar a los lectores como frente a un cuadro capaz de producir una descarga de sensaciones, teniendo muy en cuenta que muchos de los que se adentrasen en la orgía de papel tal vez no hubieran pasado antes por la virtual. Por eso mismo, el libro no recoge todos los posts del blog, pues no me pareció oportuno meter textos con calzador. En cambio, sí introduje algunos inéditos que, en su momento, por distintas razones, no vieron la luz, y escribí otros nuevos que me resultaban indispensables para evitar lagunas en torno al personaje y su universo.

Lo más apasionante fue darle un final al libro, sobre todo porque siempre tuve claro que, tras la edición en papel, Ella debía continuar regentando su bacanal blogosferil.




 
 
 
   

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