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Reseñas literarias: La voz cantante, de Eloy Tizón
 
 
Reseña escrita por: Berna Wang
Editado por: Anagrama (Narrativas hispánicas)
Fecha: 2004-07-07

Un baile con el diablo
La voz cantante, de Eloy Tizón

Hace tres años, cuando se publicó Labia, la anterior novela de Eloy Tizón, pensé que la delicada e inmensa catedral de árboles y ramas que el autor había alzado con los relatos de Velocidad de los jardines se había convertido en algo más sólido, en una catedral gótica donde la delicadeza persistía en hojas y flores, esta vez musculosamente talladas en la piedra.

Con La voz cantante Eloy da otro paso más allá: como si esa catedral se abriera a los pies del lector, se fuera hacia lo hondo. Como si las palabras abrieran una sima. Pero una sima que no es ni vegetal ni mineral, sino espacio. Y movimiento.

Empecé a leer el libro mientras hacía cola en la estafeta de Correos. Y el libro me engulló desde las primeras líneas: tan absorta estaba que cuando levanté la vista, vi a una chica embarazada de pie a mi lado, a la que ofrecí corriendo mi asiento, muerta de vergüenza. Y seguí leyendo de pie. La sensación predominante desde el principio fue la de movimiento: los túneles del metro, el viento en el páramo, la carrera alocada de la gallina, el paseo tembloroso por la cornisa (y esa paloma, ay, posada en la cabeza). Movimiento de danza, un baile con el diablo en el que los pasos acercan y alejan alternativamente a Lucifer y a Gabriel (el ángel caído y el arcángel), tan juntos a veces que son o parecen uno solo, ambos girando sin cesar en un espacio inmenso (esa sima) y generando, con sus pasos y sus giros, toda la historia que Gabriel va desgranando poco a poco para sí mismo y para el lector. Igual que un torrente de agua genera electricidad.

Yo me bebí los cinco primeros capítulos del torrente sin apenas respirar, en la cola de Correos y después en la del médico, en un hospital, rodeada de otras voces, otros ruidos y otros movimientos que, al lado del espacio construido por Eloy (ese abismo), parecían irreales. Así pasa con la buena literatura: el autor crea un mundo propio, con sus reglas internas, y el lector es arrastrado por la fuerza de ese mundo hasta su centro, perdidas momentáneamente las referencias y la conciencia de lo que calificamos de "mundo real". Bebiendo del texto y embebido en él al mismo tiempo.

La historia de Mónica Friser, la parte central de la narración, surge como una luz en medio de ese espacio generado por el baile de Gabriel con el diablo. Es la más importante para el narrador protagonista, la que tiene más peso en su vida y también, paradójicamente, la que está contada de forma más etérea. Me recordó a Los viajes de Anatalia y a algún otro relato de Velocidad de los jardines. Y me gustó mucho esa cualidad semionírica; qué menos, siendo como es producto de un baile. El movimiento, el torrente, se ralentizan por unos instantes, pero no se detienen: hay unos visillos que danzan, y un largo viaje de ida y vuelta; ¿cómo va a detenerse la vida mientras siga siendo vida? El diablo desaparece, aunque no del todo: se sigue adivinando su sombra y se le espera a la vuelta de cualquier página, de cualquier esquina.

A unas páginas de terminar la novela, interrumpí la lectura. Me estaba gustando tanto que de pronto tuve miedo de que el final me decepcionara. Dejé pasar una noche (una noche llena, por cierto, de movimiento, de risas, juegos y bailes) y no volví a abrir el libro hasta el día siguiente. No me decepcionó. No es un final previsible y "simétrico" en relación con el principio (y eso me gustó: hace tiempo que sostengo que armonía y equilibrio no tienen nada que ver con simetría; véanse los móviles de Calder). No hay un cierre, una detención del movimiento, del baile (¿cómo va a detenerse la vida mientras siga siendo vida?). ¿Quién es realmente Lucifer? Queda abierta la posibilidad de que el diablo vuelva a aparecer una última vez, de que Gabriel tenga que luchar (bailar) contra él sentado en la bañera, con el agua hasta el cuello. Y queda abierta la posibilidad (como abierta queda la sima) de que Lucifer y Gabriel sean uno; de que sea el mal y la muerte, pero también la vida, la aventura, la pasión. Esa vida cotidiana y rutinaria que describe Gabriel al final puede romperse aún, de nuevo; el agua de la bañera puede convertirse aún en un mar embravecido.

«El argumento de la obra ha sido, o ha pretendido serlo, una especulación sobre el amor y el tiempo. Sobre el amor en el tiempo», dice el narrador a modo de conclusión. Cuando leí eso sentí una inmensa ternura hacia Gabriel Endel. Tan cerca de Lucifer en ese baile que no puede ver que el argumento es, en realidad (o tal vez la pauta sobre la que ha escrito el argumento), el mismo baile: el de la vida y la muerte, el bien y el mal, la pasión y el miedo; y que el amor y el tiempo no son ni más (ni menos) que el fuego que genera ese roce constante, esa energía que crea el movimiento del baile en el espacio inmenso, vertiginoso, de la sima creada, a su vez, por las hábiles y sabias palabras de Eloy.

Nota: También puedes leer la reseña enviada por Isabel Cañelles sobre este mismo libro.


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