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En un último momento, mi tía cambió mi regalo de navidad. Tenía pensado regalarme un CD (de esos artistas nuevos que salen de debajo de las piedra), pero visto mi interés creciente por la buena literatura optó por cambiar el CD por algo innovador: los libros de carácter historico-social.
Y así fue como llegäo a mis manos El último catón, la noche del 5 de enero, mientras mis hermanos se regocijaban entre trastos y muñecas despampanantes.
Para ser sincera, el libro fue abandonado en mi estantería por algún tiempo, ya que el título no
me pareció muy sugerente y el comentario de la contraportada me aburrió bastante.
Sabía ya de la autora por libros de mi padre, como El origen perdido, pero nunca
me había encaprichado a primera vista por ningún libro suyo.
Así, un buen día, al no tener ningún libro a mano que leer, me decidí a abrir El último catón
y a dejarme llevar y abrazar por aquellas casi quinientas páginas, cautivadoras, fluyentes y
sobre todo significativas, de esas que te llenan a rebosar de información sobre una cultura
diferente o incluso de nuestra misma sociedad, que por lo menos yo desconocía.
El libro me tuvo aislada dos semanas, y en ese tiempo había viajado a Roma,
Antioquía, Rávena, Atenas, Jerusalén, Constantinopla y Alejandría. Había sentido, pensado
y actuado como una religiosa de la orden de la Ventuosa Virgen de Maria y había conocido
al Capitán Roïst y al Doctor Karab. Mi compañera de clase conoce en detalle toda la historia,
gracias a mis explicaciones día a día y el libro ya ha sido recomendado a todos mis amigos y
familiares.
Ahora te lo recomiendo a ti, no te conozco, no sé quien eres, probablemente no
nos veremos en la vida, sólo sé que si lees el libro tendremos algo en común:
la tristeza que se siente al leer la última página de un libro sabiendo que es el
último minuto de placer que te proporciona ese ambiente y esos personajes
que dejan que los sientas como si de personas reales se trataran.
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