|
"No se puede bajar la guardia... tengo que recuperarme y coger el toro por las astas". Ese es el mensaje de Pedro Juan Gutiérrez en este libro. Es la epopeya del hombre cotidiano que cae y se levanta cada vez. Está en un submundo sórdido, maloliente y marginal, pero no pierde la esperanza. Comprende que el pasado quedó detrás y el futuro aún no existe, por lo que saborea el presente con todos los sentidos. Paladea la vida, el tabaco, el ron y el sexo; con su “lengua áspera, sucia y experta”, pero ante todo viva. Es la inmortalidad de lo cotidiano de la Habana de los noventa. La lucha por devorarlo todo, por subsistir, por asegurar estar vivo la mañana siguiente. Un estilo directo, brutal, de la calle, donde no se dice nada de más, porque habla de un mundo donde sólo existe lo indispensable.
La lectura de Pedro Juan Gutiérrez es ante todo el encuentro doloroso con un testimonio de sus propias vivencias. Es bien sabido que la imaginación de los hombres es infinita, pero la prosa de Pedro Juan es demasiado lacerante para ser ficticia. Es la expresión de una vida intensa, difícil, desarraigada y de un extraordinario optimismo. Habla de su propio ser atrapado por los tenues hilos que los desprotegidos del mundo mantienen y renuevan cada día, de los seres que no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, pero que no cesan nunca de luchar por su utopía.
|