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Eloy Tizón publicó su primer libro de poemas, La página amenazada, en 1984. Ocho años después, en 1992, apareció una recopilación de relatos breves (Velocidad de los jardines). Pasaron tres años hasta la edición en 1995 de su primera novela, Seda salvaje. Sus lectores hemos tenido que esperar otros seis años para lanzarnos sobre su siguiente novela, Labia.
En los tiempos que corren -o que vuelan- resulta extraño encontrar a un escritor que se tome el suyo para escribir, que no se venda a los lectores de palabra fácil a corto plazo. El resultado es una novela escrita con mimo y pausa, con dolor y delectación. Y es que no es de las que se miden por páginas, de aquéllas en que comparamos el tiempo de lectura con el precio y decidimos que nos han estafado.
En Labia el tiempo arde de otra manera. Se le oye crepitar, y nos envuelve describiendo aros de niebla. El adulto que narra la historia señala e interroga sin compasión al niño que fue: a ratos lo zarandea con su voz implacable y a veces lo abraza con palabras de miel; le hace remontarse a épocas lejanas, lo acerca al presente y lo estira hasta el futuro. En el recorrido nuestra vida cambia, como la del narrador, y pasa de ser una línea recta de extremos inalcanzables a convertirse en un círculo donde pasean de la mano ?mirando al porvenir? los recuerdos y las vivencias más recientes. La sensación es de vértigo.
Encaramadas ágilmente sobre esas ondas temporales, vienen multitud de historias que nos hacen olvidar la textura del papel.
Hay un barrio en un extremo de Madrid en cuyos muros se intuyen, bajo las sucesivas capas de cal, consignas políticas (VIVA LA LIBERTAD, MUERA FRANCO). Es el barrio de los cuarteles y las torres de alta tensión, y en él lo que más le gusta a la muerte es «mirar los anuncios, de detergentes y bragas». Allí «la gente, pese a todo, vive».
En el centro de ese desierto urbano, como un oasis de luz, está la papelería de las hermanas Gallardo. La hermana Gallardo de en medio es adorable, lleva calcetines gordos y cuando le elogian su buena caligrafía responde: «Se intenta». «Un buen día la hermana Gallardo de en medio te propuso mitad en serio mitad en broma darte clases de escritura a precio módico».
Y así, de letra en letra, se nos arriman Carlomagno con su reino insostenible a las espaldas y la princesa Mármara, que está acatarrada, como lo están todas las princesas. «¿Te he dicho ya que se amaban? ¿No? Hay que ver cómo soy.»
«Como te gusta tanto dibujar, tus padres ese otoño te matricularon en un cursillo de dibujo.» Nos introducimos de esta forma en la misteriosa casa del profesor Linaza y Maracaiba, su ama de llaves («Esssta casssa cada día essstá peor. Parece un drama de Sssessspir»). Peleamos con los pinceles y la soledad mientras un perro disecado dormita a nuestros pies, escuchamos toses en la habitación contigua y descubrimos el secreto del profesor.
Huimos temerosos hasta París, la ciudad donde el arte se mastica, de la mano del escultor Montesinos, que odia la torre Eiffel y se muere de hambre. Y nosotros con él. «Había allí escultores reconvertidos en guitarristas callejeros que interpretaban música folk enchufados a un amplificador, escultores malabaristas, escultores tragasables, escultores con la cara empolvada de tiza y el peto de rayas azul y blanco del mimo.» Sólo nos queda pensar en los rinofaltes, unos bichitos microscópicos de agua dulce que «son tan pequeños, tan poca cosa, tan insignificantes, que prácticamente no existen».
Pero la hermana Gallardo de en medio sigue ahí, aquí, con su melena y sus calcetines gordos. Y el cine Doria, en el que aprendimos a decir: «Aeloviu». Y la señorita Lidia Tortone, con la que aprendimos a bostezar. Carlomagno y Mármara tampoco se han ido; continúan aquí, ahora, con nosotros. Y hay un café en el que los siglos se sientan en mesas vecinas y se pasan la sal.
Todo confluye en el mismo círculo de tiza. Merece la pena saltar al centro. Produce vértigo, como cuando nos ponemos las gafas tras mucho tiempo sin usarlas. Pero merece la pena. Como decía Kafka: «Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? [...] Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro».
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