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Al final de El molinero aullador, Gunnar Huttunen, una especie de Obelix cuyos romanos
son sus vecinos, conversa con un Cristo en la iglesia del pueblo: "Todos tenemos una cruz con la que cargar, Huttunen, yo también tengo la mía —le dice Jesús a
Gunnar."
La cruz de Gunnar es la imposibilidad de reprimir sus aullidos de auténtico lobo en
los momentos de tristeza. Gunnar posee un don especial que le permite imitar tanto a
los animales, especialmente la garza o el oso, como a sus vecinos, los granjeros de Suukoski:
a aquéllos, de modo estremecedor; a éstos, de modo festivo y chistoso.
Pero ese aullar y esa mímesis son las pistas falsas, el contrapunto de una vida alegre y
sencilla dedicada al trabajo y en constante lucha contra las imposiciones, contra las apariencias,
contra las constricciones sociales de los que piensan que son cuerdos.
Con sus aullidos e imitaciones, Gunnar divide al pueblo: unos (el policía Portimo o el cartero Piittisjärvi)
se convertirán en sus compañeros y amigos; otros, en cambio (como Huhtamoinen, director de la
Caja, o la familia Siponen, o como Tervola, el tendero), lo acosan y persiguen: son los que se
consideran juiciosos, pero al final acabarán siendo los auténticos desequilibrados.
Arto Paasilinna (Kittila, Finlandia, 1942), un autor que crea adicción, es maestro en el arte de
narrar el eterno motivo de la persecución del hombre por el hombre. Con un notable dominio
de la técnica del suspense, crea entre los perseguidores y el perseguido un espacio que se
contrae y se dilata continuamente. Guardabosques además de escritor, conoce como la
palma de su mano los bosques de Laponia, que transporta al papel con la precisión y la ternura
de un artista de almas que es a la vez trágico y humorista. Escenas de una vitalidad contagiosa
se suceden a lo largo de la historia tanto en verdes y espaciosos exteriores como en oscuros y
fríos interiores.
Con un estilo un poco excéntrico, inimitable, Arto Paasilinna entona un canto a la grandeza que
existe en todo ser humano, a la irrenunciable posibilidad de volver a empezar. Paasilinna, como
un dios de sus personajes, premia a los buenos y castiga a los malos, y además regala a
algunos (significativamente mujeres: a la asesora Sanelma Käyrämö, o a la esposa de Portimo
el policía) la posibilidad de ayudar a Gunnar a cargar con su cruz en el desempeño de un papel
que parece de resignación pero que es de sustento, sustancial.
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