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Henri Pierre Roché tenía casi ochenta años cuando publicó esta novela, la segunda de su escueta y tardía carrera literaria.
En sus páginas recrea un episodio de juventud que dejaría en la vida del autor una huella indeleble: la historia de amor y amistad que compartió con dos hermanas inglesas.
A través de los diarios íntimos de cada uno de los protagonistas y las cartas que intercambiaron a lo largo de los años, nos lanzamos de cabeza al precipicio de la vida. Somos testigos de su amistad, de su amor, de sus encuentros y desencuentros, de un peregrinaje por unos años inmortales impregnados de literatura, arte, pasión y descubrimiento, tanto individual como conjunto.
Está escrita con un lenguaje directo, carente de florituras pero que deja sin aliento al lector a través de frases aparentemente inofensivas.
"La vida está hecha de piezas que no encajan", le dice Muriel a Claude.
"Aprende a vivir por doquier", le aconseja su profesor.
Porque aquí la vida, la de verdad, se siente cada vez que te cuentan que se arriesgan, que aceptan el desafío o que tienen miedo o que, simplemente, no saben qué hacer.
Se siente incluso en las anotaciones que en sus respectivos diarios hacen de las actividades cotidianas: "Hago esgrima, equitación, juego a la pelota. En la escuela asisto a otras clases, además de las de mi curso. Voy al teatro y al baile. Leo con pasión. Padezco insomnio: las ideas se arremolinan en mi cabeza sin que pueda detenerlas. Vuelvo a jugar con el pensamiento mi última partida de ajedrez, me recito textos que me gustan, anoto todo lo que he de decir a Muriel y a Anne."
Un libro cuya lectura supuso un inmenso placer, que es de lo que se trata al fin y al cabo.
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