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Llevo una temporada, demasiado larga creo yo, de poca lectura. Los libros que caen en mis manos terminan por aburrirme, no soy capaz de mantener la atención y acabo escudándome en la falta de tiempo para dejarlos morir sobre alguna mesa, con el marcador de página no más allá de las cien primeras. Mi madre y mi hermana se empeñan en regalarme libros que a ellas les han encantado y eso ya hace que los tome con cierta precaución. Marc Levy, Paulo Coelho, Ken Follet. Definitivamente, no tenemos los mismos gustos. Pero ellas leen, disfrutan de la lectura, y yo pierdo las horas mirando la televisión envuelta en una pereza que asusta.
La semana pasada mi madre, en otro nuevo intento, me prestó su ejemplar de ‘Los aires difíciles’, de Almudena Grandes. Hace unos diez años leí ‘Malena es nombre de tango’ y me enganchó. Lo leí de un tirón, robando horas al sueño, a las tareas de la casa y a los exámenes de la facultad. Y acertó mi madre. El libro volvió a engancharme como entonces. Cierto es que ahora veo cosas que antes no veía, que me duelen párrafos extensos y farragosos, repeticiones y lugares comunes. Pero, qué coño, la historia me ha enganchado, la he leído de un tirón robando, esta vez, tiempo a los míos en una reunión familiar de tres días.
No sé si después de confesar esto tendré que confesar también que tengo, y he leído, la bibliografía completa de Pérez Reverte. Pero hay una cosa que me ha quedado clara. Al margen de críticas expertas, Almudena Grandes ha conseguido reconciliarme con la lectura de novelas y se lo agradezco más de lo que ella llegará a saber nunca.
La historia es creíble. Es fácil identificarse con alguno de sus personajes y buscar parecidos. Casi intentar adivinar el futuro, como si lo que le ha pasado a la protagonista tuviera que pasarme a mí. Pero sobre todo me impresiona cómo insiste una y otra vez, a través de todos los personajes que aparecen en la novela, en demostrar que el sexo es un arma de mujer. Todas las mujeres lo utilizan para conseguir sus propósitos y todos los hombres se rinden ante unas piernas abiertas. Da igual la clase social, la edad, el tipo de educación. Para todas es moneda de cambio y todas lo utilizan con al inteligencia suficiente para que nadie lo note.
A aquellos de vosotros que aún podáis leer dejando los prejuicios y parte de los conocimientos lingüístico-literarios en la mesita de noche, os lo recomiendo.
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