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Me ha encantado redescubrir a Borges veinticinco años después. Leí Artificios, Ficciones, El Aleph e Historia universal de la infamia cuando tenía dieciocho o diecinueve años y no sabía aún si de verdad quería ser médico, o escritor, o periodista, o director de cine, o locutor de radio o director de casting para Penthouse.
Borges siempre me interesó y me entretuvo, pero nunca entendí en realidad la fascinación que, decían, despertaba. Pero, como con otros autores releídos (desde García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa a Truman Capote, Anthony Burguess o Graham Greene), me ha ocurrido que la perspectiva actual es completamente distinta, aunque lo que estés leyendo sea lo mismo. Ahora Borges sí me ha fascinado con sus cuentos-pesadilla de los años 40, con la angustia omnisciente de Funes el memorioso, el minuto detenido en el tiempo de Hladík en el momento que lo fusilan, la lógica perversa del teólogo Runeberg cuando cree entender que Dios se encarnó en Judas, los crímenes cabalísticos del Tetragrámaton, el punto de vista del traidor y teórico de izquierdas Moon o el descubrimiento del biógrafo Ryan de que la historia de su heroico bisabuelo es una gran mentira adornada con pasajes de Shakespeare.
Creo que es necesario leer a Borges, aunque sea con un diccionario al lado, aunque su nivel de erudición pueda resultar a veces desesperante; al menos, es breve, lo que siempre se agradece. Y resulta grato, y extraño, que sesenta años después de haber escrito estos relatos tan mínimos, haya conseguido llenar de nuevo de inquietos recuerdos mis noches de insomnio, como las del pobre Ireneo Funes.
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